Arte

Alessandro Taiana y su diálogo con la Sierra de Guadarrama

El pintor italiano presenta su libro «La Sierra de Guadarrama. Pinturas 2009-2016», tras más de quince años subiendo con su caballete a las cumbres madrileñas

Alessandro Taiana pintando en las Guarramillas en agosto de 2011
Alessandro Taiana pintando en las Guarramillas en agosto de 2011Cedida

El horizonte de Madrid tiene un perfil reconocible. En los días claros, la silueta de las cumbres se recorta nítida y recuerda que, a pocos kilómetros del asfalto y el ruido, comienza otro ritmo. Para el pintor italiano Alessandro Taiana (Como, 1967), ese perfil no es solo paisaje: es tema, obsesión y destino pictórico desde 2009. El pasado sábado, en el espacio Montnature de Rascafría, Taiana presentó su libro «La Sierra de Guadarrama. Pinturas 2009-2016», editado por la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara y la Galería Gurriarán, con el patrocinio del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama y la Comunidad de Madrid.

La publicación, que mañana llega a los lectores, recoge no solo sus óleos, sino también cuadernos, mapas y fotografías que documentan una manera de trabajar a contracorriente: subir con el caballete a la montaña y pintar del natural. «Una cosa muy importante para un pintor es encontrar un tema. Hoy el tema constituye parte de la identidad del pintor. Hay que estar obsesionado», explica a este periódico. En su caso, esa obsesión tiene nombre propio. Nacido en el norte de Italia, entre montañas alpinas, Taiana encontró en Guadarrama un arquetipo. «Es la roca, la cumbre, el aire del puerto, el arroyo, la laguna, el pinar profundo… pero también la quietud, el aislamiento y la solemnidad. Tiene un carácter austero y grave, típicamente castellano, que me ha fascinado». Su relación con España comenzó en 1998, cuando viajó a Madrid atraído por el realismo español y con la intención de conocer a Antonio López. Aquel encuentro marcó un giro en su trayectoria. Formado en la Academia de Bellas Artes de Milán con el maestro Beppe Devalle, Taiana encontró en Madrid una tradición que le animó a mirar lo cercano con intensidad. En 2001 se instaló definitivamente en la capital y desde 2008 expone en la Galería Gurriarán. Pero fue en 2009, tras pasar cuatro meses pintando el lago de Como, cuando comenzó su particular reexploración de la sierra madrileña. Desde entonces, ha pintado y seguirá pintando al óleo muchas de sus cumbres en distintas estaciones del año. Peñalara, los puertos, las laderas y los pinares han sido escenario de largas jornadas de trabajo, a menudo en condiciones cambiantes de luz y meteorología.

En una época dominada por la imagen digital, su apuesta por el «plein air» —pintar al aire libre— tiene algo de resistencia. «La pintura se hace con todo el cuerpo. Es una experiencia que nace de la singularidad del individuo. Se hace con el ojo, la mente y la mano del hombre», dice. Para él, el esfuerzo físico de subir a 1.800 metros con los materiales no es un gesto romántico, sino una necesidad: «Solo así puedo considerar el verdadero tamaño de las cosas, percibir la sutileza del color y de la luz. Sentir el frío, el calor, la altitud. Eso no me lo puede dar una fotografía». La tradición que respalda su trabajo es larga. La Sierra de Guadarrama ha sido una de las montañas más representadas de la historia del arte español. Desde los fondos serranos en retratos de Diego Velázquez hasta el naturalismo de Carlos de Haes. Taiana reconoce la influencia de pintores como Aureliano de Beruete, Jaime Morera o Joaquín Sorolla, pero insiste en que su objetivo no es repetir una tradición, sino atravesarla con su propia mirada. «He intentado representar mi sierra, dar una imagen que pase por mi manera de sentir». En sus cuadernos, que ahora se publican junto a los cuadros, cita a los escritores del 98 y el célebre artículo «Paisaje» de Francisco Giner de los Ríos, considerado punto de partida del movimiento guadarramista. Aquel espíritu, vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, defendía una contemplación estética unida al conocimiento científico y al respeto por la naturaleza. «Esa actitud es hoy más necesaria que nunca. Nos ayuda a no caer en un consumo frívolo del paisaje y a entender su capacidad educadora», sostiene el pintor.

Cuadro del deshielo de la Laguna Grande de Peñalara, 2014. Alessandro Taiana
Cuadro del deshielo de la Laguna Grande de Peñalara, 2014. Alessandro TaianaCedida

El libro permite asomarse al proceso. Mapas con anotaciones, fotografías de los lugares elegidos, diarios en los que describe la experiencia de enfrentarse al lienzo en blanco. En uno de ellos escribe: «Guadarrama es el horizonte de Madrid y de Segovia. Tal vez es aún el viejo amigo. Salgo de la ciudad y recorro la autopista hasta las montañas. Con el lienzo blanco, a 1.800 metros de altitud, contemplo la cumbre de Peñalara. El aire es sutil, el silencio paradójico». Esa mezcla de contemplación y combate define su método. «La emoción es el primer motor del cuadro, pero hay que llegar a la forma. En la montaña a menudo el pintor tiene todo en contra. Pintar el paisaje es pintar el aire y la luz en el aire. Es una lucha», explica. Frente a la fugacidad de la nube o el cambio repentino de viento, Taiana responde con paciencia y sesiones reiteradas en el mismo punto.

En los últimos años, además, ha vuelto a pintar lugares que ya había trabajado antes. «Me interesa acompañar el paisaje, no abandonarlo. Los lugares vuelven a llamarnos». Esa fidelidad ha generado una relación íntima con la sierra. «La montaña me ha obligado a situarme, a encontrar un lugar donde ponerme con respecto a la naturaleza». No es solo una cuestión de encuadre, sino de actitud. Para él, el pintor de paisaje debe pisar el terreno, exponerse, aceptar que la naturaleza es la gran maestra. La pintura, defiende, puede desempeñar un papel en la comprensión y defensa del entorno natural madrileño. «Es a partir del conocimiento y la cultura como surge el amor a los paisajes y la voluntad de defenderlos». En tiempos de prisas y pantallas, su propuesta invita a detenerse. A salir de la ciudad y entender que ese horizonte no es solo un decorado, sino un espacio de aprendizaje.