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Opinión
Lo que da vida al mundo
Vivimos rodeados de situaciones que huelen a muerte: guerras y soledad

El amanecer del Domingo de Resurrección no es simplemente un símbolo dentro del calendario cristiano. Es, para millones de creyentes, el corazón mismo de la historia. La resurrección del Señor no pertenece al terreno de los mitos ni a la poesía religiosa: es un acontecimiento que marcó la vida de los primeros cristianos y continúa marcando la nuestra dos mil años después. Aquellos hombres y mujeres, temerosos y escondidos tras la muerte de Jesús, se transformaron en testigos valientes porque algo real había sucedido. No fue una idea lo que los impulsó, sino un encuentro.
Los evangelios narran que las mujeres fueron las primeras en descubrir el sepulcro vacío. María Magdalena, desconcertada, escucha su nombre pronunciado por una voz que conoce demasiado bien. Pedro y Juan corren, ven y creen. Los discípulos de Emaús sienten arder su corazón mientras un caminante misterioso les explica las Escrituras. Y en el cenáculo, Jesús se presenta en medio de ellos con un saludo que desde entonces resuena como un bálsamo para toda humanidad herida: «La paz con vosotros».
La resurrección del Amigo fue para ellos una irrupción inesperada, un vuelco radical de la realidad. No se trató de un consuelo interior ni de un recuerdo idealizado del Maestro. Fue un hecho que cambió sus vidas y, a través de ellos, cambió el mundo. Como escribió san Juan Crisóstomo: «La muerte fue vencida, el infierno destruido, el hombre libre. Hoy la alegría llena el cielo y la tierra». Esa certeza fue la fuerza que los llevó a anunciar a Cristo vivo hasta los confines del Imperio, aun a costa de persecuciones y martirios. Hoy, dos milenios después, la humanidad sigue necesitando esa misma luz. Vivimos rodeados de situaciones que huelen a muerte: guerras que desgarran pueblos enteros, soledades que se vuelven insoportables, injusticias que parecen inamovibles, heridas personales que no terminan de cicatrizar. El mundo moderno, tan lleno de avances, continúa buscando un sentido que no se agote, una esperanza que no decepcione. Y la Iglesia, con humildad y firmeza, vuelve a proponer lo esencial: Cristo muerto y resucitado es la respuesta que da vida al mundo.
No se trata de una fórmula mágica ni de un optimismo ingenuo. La resurrección no borra el sufrimiento, pero lo ilumina. No elimina la muerte, pero la despoja de su poder definitivo. El cristiano no vive de espaldas a la realidad; al contrario, la mira de frente porque sabe que la última palabra no la tiene la oscuridad. Como afirma san Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe». Pero Cristo ha resucitado, y por eso la fe se convierte en una fuerza transformadora.
La propuesta de la Iglesia no es otra que esta: hacer actual la resurrección en medio de las realidades concretas de cada día. ¿Cómo? Con corazones transformados. Con gestos que siembren vida donde otros solo ven desierto. Con palabras que consuelen, con manos que acompañen, con decisiones que construyan justicia. Cada vez que alguien perdona, cada vez que un enfermo es acompañado, cada vez que un pobre es dignificado, cada vez que un joven descubre que su vida tiene valor, la luz del sepulcro vacío vuelve a abrirse paso.
El mundo necesita testigos, no solo discursos. Necesita hombres y mujeres que, como los primeros cristianos, puedan decir: «Lo hemos visto, lo hemos experimentado, Él vive». La fe no se impone; se contagia. Y se contagia cuando encuentra vidas que, aun en medio de fragilidades, reflejan una alegría que no se explica solo con razones humanas.
En este Domingo de Resurrección, la Iglesia invita a mirar más allá de lo inmediato. Estamos ciertos que la historia no está condenada al absurdo, porque descubrimos cada día que Dios sigue actuando, silencioso pero firme, en los pliegues de nuestra existencia. Tenemos que dejarnos sorprender por la misma fuerza que transformó a aquellos discípulos temerosos en anunciadores intrépidos.
La resurrección del Señor es lo que da vida al mundo. No una vida cualquiera, sino una vida plena, capaz de atravesar la noche y abrirse al día.
Hoy, como entonces, Cristo resucitado pone luz en las tinieblas y nos llama a ser portadores de esa luz. Porque el mundo, más que nunca, necesita que la esperanza vuelva a tener rostro.
*Mons. Ginés García Beltrán, obispo de la Diócesis de Getafe
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