Opinión
After de izquierdas sin DJ
El electorado que en 2015 llenaba plazas ahora deja desiertas las urnas moradas
Podemos, IU y Sumar ya no están invitados a la fiesta institucional. Un día hubo colas para entrar en su local; hoy sólo queda la máquina de tabaco encendida y un par de carteles ajados en la puerta. En el after de la izquierda ya no se oye la música.
Podemos llega a este amanecer con la misma alineación que prometía incendiar el mapa político hace una década y que se ha convertido en la empresa familiar de la que viven (no precisamente mal), Montero, Iglesias y Belarra, pese al fracaso de su propuesta política. Irene, la estrella del karaoke, probablemente la política más chamuscada del panorama nacional se postula a presidenta como quien se toma los culos de whisky abandonados sobre la barra; Belarra se fuma las colillas de la izquierda humeante, e Iglesias de portero no acepta que es hora de echar la persiana.
No ha pasado tanto tiempo y no han envejecido tanto los protagonistas como el relato. Se anuncia “nuevo ciclo” con los mismos tres rostros urticantes clavados en nuestras retinas.
¿Por qué nos resultan tan redomadamente repelentes? Hay muchas razones, la principal, su Ministerio de Moralidad. Logros: la criminalización del varón blanco heterosexual, la Ley Trans, la Ley solo sí es sí; y los cientos de carísimos encargos a dedo que han llevado a cabo entre su red de vasallos. Sola y borracha… ¡Esa idea genial!. Y la gran obra adanista de ingeniería social para educarnos a los españoles en materia de sexo de acuerdo a su chapucero estilo adultescente, pequeño-marxista y woke de tetrabrik.
Igualdad mató a Podemos, no cabe duda, pero estaba tocado de gravedad. Pero ¿Cómo y por qué comenzó a torcerse lo que nació teniendo sentido, propósito, carácter y la simpatía de casi todos? Incluida la mía, señores.
En efecto, su aparición en 2014 conectaba con una juventud (de joven voté a Podemos, amigues) inteligente, exigente y aburrida de bipartidismo corrupto y de la papilla verdosa de siempre. Podemos capitalizó eficientemente nuestra fantasía, nuestra energía hormonal y nuestra lícita necesidad de cambio, superando incluso a Ciudadanos, la otra alternativa lozana. Pero de eso hace mucho. Poco a poco, las apasionadas promesas de coleta piojosa, palestino y botas pisamierda de los primeros ardores devienen en los mismos privilegios de toda la clase política. Y verlos pasearse en coche oficial con escolta, y residir (eso no es vivir) en un chalet de 14 habitaciones y tres piscinas, era vergonzante, porque ellos mismos definieron de ese modo la casta.
Aparte de estos y otros bochornos maravillosos y de las múltiples contradicciones cabalgadas y cabalgantes ¿las promesas lisonjeras de bienestar general permanente y del advenimiento de una sociedad justa, por fin, hubiesen sido posibles? No. Y menos con ellos. En su compañía. Bajo su grosera tutela desinformada y soberbiona.
Prometer es fácil, pero la economía y la realidad, tristemente, los desmiente. El discurso de Podemos o era una psicopatada o era tan candoroso con sus promesas materialmente incumplibles que es para ponerles un cero y mandarlos a todos a su Kelly. Lo que ha ocurrido.
Además, no hay relevo, no hay cuerpo intermedio. No aparece una sola cara nueva que no sea becaria, ni una biografía que no huela a comité universitario. Es un partido que ha envejecido sin haber llegado a adulto. A esa izquierda le han faltado personajes secundarios, los amigos que aparecen a las tantas y se toman la última y te animan el pedo.
En ese contexto, Yolanda Día tiene un papel peculiar: no es la responsable del cierre, pero su despedida lo ilumina. Renuncia a encabezar el próximo experimento, anuncia que no será candidata en 2027 y, en lugar de quedarse a negociar la reconstrucción en las provincias, Oscar, viajes, discursos internacionales: el plano general es el de un dirigente que se retira del centro de la trama mientras el decorado se desmorona detrás. En Castilla y León, su “espacio” desaparece en la misma noche en que ella aparece en Los Ángeles
La fiesta ya ha terminado, las gentes del barrio desayunan, y bajan a los perros, los quiosqueros han abierto y los miran de reojo, pero no se dan por aludidos. Podemos insiste en que aún queda noche, Sumar sale del local con un tubo de plástico y baila haciendo eses, lo mejor está por llegar; IU orinando sobre una farola mientras el país recoge a los niños del colegio, paga hipotecas, encadena contratos temporales.
La imagen es casi tierna, el electorado que en 2015 llenaba plazas ahora deja desiertas las urnas moradas, los militantes se cuentan por grupos de WhatsApp y las listas se componen con los mismos apellidos que hace una década, solo que más cínicos, más necesitados del aplauso y del dinero. La gran promesa de abrir las ventanas de la política ha acabado degenerando en una pelea por quién se queda la llave del local vacía y los restos de la caja. El DJ se ha ido hace rato y, lo peor, nadie lo ha echado de menos.