
Tribuna
Estados Unidos y Europa: ¿la extraña pareja?
Me pregunto, ¿acaso no lleva Estados Unidos más de cien años interviniendo en Europa? ¿Qué es lo que realmente nos sorprende? ¿Que sea Trump?
En las últimas semanas la opinión pública ha mostrado su sorpresa ante las injerencias de Estados Unidos y de Trump en Europa. Estados Unidos lleva más de 100 años siendo uno de los actores principales de nuestra historia. ¿Qué es lo que realmente está cambiando?
La cacareada doctrina Monroe se aplicó en su sentido más original en el siglo XIX, durante la independencia de las colonias americanas. El presidente Monroe proclamó un lema que actualmente podría calificarse como trumpista: «América para los americanos». Reflejaba una voluntad de limitar la influencia europea en el continente americano. Esta fue la posición que Estados Unidos mantuvo el siglo XIX.
En el siglo XX la relación entre Estados Unidos y Europa experimentó un cambio evidente. Estados Unidos influyó la política europea. La implicación más evidente comenzó con la Gran Guerra. Durante los primeros años del conflicto, el país se mantuvo al margen, ya que los motivos que condujeron al estallido eran ajenos a la sociedad estadounidense. El debate sobre una posible intervención se intensificó tras el hundimiento del RMS Lusitania en 1915 por un submarino alemán. Finalmente, Estados Unidos entró en la guerra al lado de los aliados. El país se abrió al resto del mundo y entró de lleno en Europa. Tras la Gran Guerra, el país ocupó un lugar clave en la construcción de la paz en el continente. Papel que, desde entonces, ha mantenido. Cien años después, Trump se aprovecha de esa ventaja para promover sus intereses.
Después del conflicto, Estados Unidos concedió cuantiosos préstamos a Europa, que pasó a depender de la ayuda financiera estadounidense. La Gran Depresión puso de manifiesto esta estrecha relación entre la economía europea y la americana.
Más adelante, en los años cuarenta, tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Estados Unidos entró en la II Guerra Mundial. Cabe preguntarse cuál habría sido el destino de Europa sin la presencia militar estadounidense en el continente. Siguiendo el orden cronológico, en la conferencia de Yalta de 1945, EE. UU. se convirtió en uno de los protagonistas del diseño de la Europa de posguerra, decidiéndose también el futuro de los países de Europa del Este.
En la posguerra, Estados Unidos siguió influyendo en Europa. Con la doctrina Truman y su aplicación económica a través del Plan Marshall, EE. UU. buscó frenar el avance del comunismo mediante la intervención en varios países europeos. Ante la devastación del continente, los estadounidenses se consolidaron como la potencia que lideró la recuperación económica de Occidente.
Durante las siguientes décadas, Estados Unidos se convirtió en un defensor de la unificación europea como vía para consolidar el bloque occidental. Parte del apoyo económico y militar estadounidense pasó a depender del proceso de integración europea. También fue uno de los impulsores de la Comunidad Europea de Defensa, que no llegó a materializarse. La presencia militar americana fue constante en la Guerra Fría, incluida la instalación en 1981 de misiles nucleares de medio alcance en Alemania.
Tras la caída del Muro de Berlín, Bill Clinton fue uno de los principales promotores de la expansión de la OTAN hacia los países del antiguo Pacto de Varsovia y de su incorporación al proyecto europeo. Prometió mantener 100.000 soldados en Europa, conservando la presencia militar de Estados Unidos. Política semejante a los actuales intereses geoestratégicos de la administración Trump, que busca fortalecer el peso de la OTAN en el continente.
Con George W. Bush, la OTAN continuó su ampliación hacia el Este de Europa. No obstante, durante su presidencia las relaciones con varios países europeos se tensaron. Mientras algunos Estados, como España y Reino Unido, apoyaron la invasión de Irak, otros, como Alemania y Francia, se posicionaron en contra. La presidencia de Bush profundizó así una brecha entre las distintas concepciones de seguridad en Europa y Estados Unidos. Brecha que el presidente Obama no logró cerrar. Durante su mandato, Estados Unidos reorientó sus esfuerzos económicos, militares y políticos hacia Asia. Además, bajo su presidencia, Rusia invadió Crimea y varias regiones de Ucrania. A ello se sumaron las acusaciones de espionaje de la NSA a ciudadanos y dirigentes europeos (como Angela Merkel), lo que contribuyó a aumentar la tensión política.
Llegó Trump, quien acusó a Europa de una insuficiente inversión militar en el marco de la OTAN. Respaldó la salida del Reino Unido de la UE, apoyó a partidos euroescépticos y criticó la política europea de «puertas abiertas». Las críticas de Trump a la UE siguieron y fueron numerosas.
La influencia de Biden en Europa fue limitada. Se comprometió a reforzar la OTAN, a fortalecer la seguridad europea y a apoyar a Ucrania frente a Rusia. Más allá de una importante inversión económica y militar, su administración no alteró sustancialmente el panorama europeo.
Hoy, con una nueva administración Trump, Estados Unidos vuelve a aplicar la doctrina Monroe a su manera y a intervenir abiertamente en Europa. Tras hacerse pública la Estrategia de Seguridad Nacional, varios dirigentes europeos criticaron esta injerencia. Me pregunto, ¿acaso no lleva Estados Unidos más de cien años interviniendo en Europa? ¿Qué es lo que realmente nos sorprende? ¿Que sea Trump? La verdadera cuestión debería ser otra: ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué proyecto político ofrece hoy la UE?
João Maria Teixeira Duartees investigador de la Universidad de Navarra
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