Mirando la calle

El infierno

«No fue un atentado sino pura negligencia. De los dueños del bar y de los asistentes»

Ni de niña creí en las llamas del infierno y siempre pensé que, de algún modo, como decía Sartre, el infierno eran los otros, al definirnos y juzgarnos; sin embargo, siempre me resulto aterrador imaginar esas llamas en las que debían arder los pecadores. El fuego que salvó a nuestra especie, también es capaz de destruirla en segundos. Este 2026 ha comenzado con unas imágenes estremecedoras en las que el fuego no aparece como salvador sino como asesino de adolescentes y jóvenes, en el bar Le Constellation, de la estación suiza de Crans-Montana. Con el fuego no se juega. No lo aprendemos ni con las catástrofes esculpidas en nuestra memoria. En esta ocasión, como en tantas otras, la euforia y la irresponsabilidad llevaron a que una bengala en una botella de champán penetrara en el local, como si fuera un festejante más, y prendiera la cubierta del techo, de una espuma aislante altamente inflamable, que en apenas diez segundos lo convirtió en el infierno. Ninguno de los asistentes, elegidos de la fortuna, privilegiados que habían escogido celebrar el inicio del año en un lugar tan bello como exclusivo, podía sospechar que le alcanzaría una tragedia de tal magnitud. Menos aún los padres de esos cuarenta chicos que encontraron la muerte en el establecimiento o de los ciento quince heridos que sufrieron quemaduras aún sin pronosticar. Las retinas de los que consiguieron escapar o de los viandantes que asistieron a la expansión casi instantánea del fuego, desde el que emergían gritos de fantasmas asustados que lograban huir y muchos más de los que no fueron capaces de abandonar el local y se vieron abocados al peor de los castigos, continúan repletas de un horror indescriptible. No fue un atentado sino pura negligencia. De los dueños del bar y de los asistentes. Buena parte de ellos no tendrá posibilidad siquiera de arrepentirse. Mientras el ambiente lúgubre se ha apoderado de un pueblo que hace balance de la desgracia, sin poder creerlo, muchos familiares y amigos tratan de encontrar a los suyos o sus restos (tantos difícilmente identificables por los estragos del fuego), rogando al mismo Dios, tanto si creen como si no, lo imposible: que los que ya no están, al menos no sufrieran en ese infierno en la tierra, que es el que ahora queda reservado a sus seres queridos, que jamás podrán olvidar lo que pasó.

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