Canela fina
La II República como ideología
«Tras la victoria del Frente Popular, Largo Caballero aseguró: “Si no nos dejan hacer la revolución, iremos a la guerra civil declarada”»
Escuché en Estoril decir a Don Juan que la Monarquía no podía caer en el gran error de la II República. No podía ser excluyente. Debía ser la Monarquía de todos y devolver al pueblo español la soberanía nacional, secuestrada en 1939 por el Ejército vencedor de la guerra incivil. Si la II República hubiera sido un régimen de Estado y no una ideología, España continuaría con aquella República que se proclamó tal día como hoy hace 95 años.
Largo Caballero, el líder republicano, no quería una República parlamentaria. Aspiraba a instalar en España una República socialista soviética. Como en Rusia, que en aquella época incendió a buena parte de la intelectualidad europea. «La clase obrera -proclamó Largo Caballero- tiene que hacer la revolución. Si no nos dejan, iremos a la guerra civil declarada». El PSOE de Largo Caballero reaccionó ante la victoria del demócrata cristiano Gil-Robles con un golpe de Estado contra la República, en 1934, que dejó varias regiones españolas regadas por la sangre de muchos muertos… y fracasó.
El Frente Popular venció en las elecciones de 1936, aunque de forma fraudulenta, como ha demostrado de forma incontestable Álvarez Tardío. Tras la victoria, Largo Caballero declaró: «La clase obrera debe adueñarse de todo el poder político. Estoy convencido de que la democracia es incompatible con el socialismo». Ortega y Gasset, Pérez de Ayala y Marañón, los grandes impulsores de la II República contra Alfonso XIII, huyeron del Madrid republicano en 1936. Melquiades Álvarez decidió quedarse… y fue fusilado. A Ortega, por cierto, le salvó Besteiro, que alentó al filósofo para que «se refugiara en una embajada porque los milicianos habían decidido asesinarlo».
La II República, en fin, no fracasó como régimen de Estado, sino como ideología excluyente decidida a implantar el sistema comunista en España. El resultado fue una atroz guerra incivil y una dictadura de cuarenta años. La Monarquía de todos, la Monarquía parlamentaria, devolvió la soberanía nacional al pueblo y le dotó de libertad y prosperidad gracias a la política institucional de Juan III durante su largo exilio, a la generosidad de Juan Carlos I y a la sagacidad de Torcuato Fernández-Miranda.