Tribuna
Summa supplicia
Desde la mirada conjunta de la medicina y la historia, la crucifixión se revela no sólo como un modo de ejecución, sino como una arquitectura del dolor
«Era ya casi la hora sexta y las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora nona.
El sol se oscureció y el velo del templo se rasgó por medio.
Entonces Jesús, clamando con una voz potente, dijo: Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y, dicho esto, expiró» (Lucas 23.44-46).
Pero, más allá del relato evangélico, la pregunta sobre cómo se produjo la muerte en la cruz ha sido objeto de análisis desde la medicina y la historia. Lejos de interpretaciones exclusivamente teológicas, la crucifixión revela, desde una perspectiva fisiopatológica, un mecanismo de muerte tan preciso como estremecedor.
La causa principal del fallecimiento era la asfixia por agotamiento. Suspendido el cuerpo por los brazos, estos soportaban una tracción continua que fijaba la caja torácica en una posición de inspiración forzada. En tales condiciones, el aire pedía entrar en los pulmones, pero no ser expulsado con eficacia. Se instauraba así una insuficiencia respiratoria progresiva.
Para poder exhalar, el crucificado debía incorporarse apoyándose sobre el clavo de los pies, extendiendo las piernas y elevando el cuerpo en un esfuerzo extremo. Ese movimiento permitía liberar parcialmente el tórax y expulsar el aire viciado. Sin embargo, el dolor causado por el apoyo sobre las heridas perforantes obligaba a dejarse caer de nuevo. Este ciclo –elevarse para respirar y desplomarse por el dolor– se repetía de forma inexorable hasta el agotamiento absoluto.
Cuando la autoridad deseaba acelerar la ejecución recurría al crurifragium, mediante la fractura de las piernas por golpes contundentes sobre las tibias. Sin ese punto de apoyo, el condenado quedaba incapaz de elevarse, precipitando la asfixia en pocos minutos.
A este cuadro se sumaba un dolor de intensidad extrema. La fijación de las muñecas a nivel del carpo afectaba a estructuras nerviosas como los nervios mediano y cubital, generando un dolor irradiado y lancinante que podía desencadenar síncopes. La hipoxia progresiva favorecía, además, la aparición de calambres musculares que se extendían por todo el cuerpo, configurando un estado de tetania dolorosa.
Aunque la crucifixión no producía habitualmente hemorragias masivas en las muñecas, en los pies podía lesionarse la estructura del arco plantar y con ello afectar a músculos, nervios y vasos sanguíneos contribuyendo al deterioro circulatorio.
La situación se vio agravada por la tortura de una flagelación previa. El flagrum taxilatum, provisto de elementos metálicos o huesos de animal, desgarraba la piel y los tejidos subyacentes, provocando una pérdida sanguínea significativa y un estado de shock hipovolémico incipiente.
Desde el punto de vista biomecánico, el peso del cuerpo, suspendido por los brazos en abducción, generaba una expansión torácica constante que dificultaba la espiración. Cada intento de respirar implicaba un esfuerzo consciente y doloroso. Sin ese esfuerzo, la muerte sobrevenía en pocos minutos; con él, se prolongaba una agonía que podía extenderse durante horas.
Los movimientos repetidos del cuerpo sobre el madero, áspero y rugoso, agravaban las heridas de la espalda, previamente lacerada. La corona o casquete de espinas añadía múltiples focos de dolor en el cuero cabelludo, intensificando el sufrimiento global.
En definitiva, la muerte en la cruz era un proceso lento, constante y profundamente angustioso. El condenado, en muchos momentos plenamente consciente, asistía a su propio deterioro, atrapado en un círculo inexorable en el que cada respiración exigía un sacrificio renovado.
No es extraño que Flavio Josefo describiera esta pena de muerte como la summa supplicia, la culminación del sufrimiento humano.
Así, desde la mirada conjunta de la medicina y la historia, la crucifixión se revela no sólo como un modo de ejecución, sino como una arquitectura del dolor, diseñada para prolongar la vida en su límite más insoportable y en la que se obligaba al condenado a evitar su muerte a costa de un dolor de auténtica locura. En plena lucidez de pensamiento, veía cómo se le escapaba la vida lentamente en cada aliento.
José Raúl Calderón, es magistrado y escritor. Autor de la obra «Proceso a un inocente. ¿Fue legal el juicio a Jesús?».