Opinión

A la búsqueda de la longevidad

Evolución científica en ciernes para añadir salud a los años

La longevidad es objeto de numerosos estudios
La longevidad es objeto de numerosos estudiosJesús G. FeriaJesús G. Feria

Hay una gran diferencia entre una sociedad longeva y una sociedad envejecida. Podríamos decir que la sociedad española es una sociedad longeva, sí. Pero lamentablemente, también envejecida. Es decir, que los años ganados a la vida no son todos años de vida saludable, sino, en la mayoría de los casos, años que se pasan con enfermedades e importantes limitaciones para una vida plena.

Como todos sabemos, el envejecimiento es un proceso gradual, continuo y de momento inevitable, de cambios biológicos, que comienza en la edad adulta temprana y se extiende a lo largo de la vida, culminando con la muerte. Esto implica la declinación progresiva de las funciones físicas y mentales y un aumento de la vulnerabilidad a las enfermedades. Sin embargo, la longevidad se refiere al tiempo que dura la vida de las personas, es decir, los años de vida.

Hoy en día, estamos ante las puertas de un gran avance para evitar el envejecimiento o promover el rejuvenecimiento del cuerpo humano. Estos avances se basan en el conocimiento de los mecanismos fundamentales del deterioro celular y molecular, gracias al desarrollo de las ciencias ómicas, a la medicina molecular y a la biotecnología. Estas disciplinas, aplicadas a luchar contra el envejecimiento, no solo prometen extender la vida máxima, sino también reducir drásticamente la morbilidad, aumentando la longevidad de las personas.

La investigación para aumentar la longevidad y evitar la ancianidad busca comprender los procesos de envejecimiento para desarrollar estrategias que permitan prolongar la vida y mejorar la calidad de la misma en la vejez. Las ciencias ómicas nos proporcionan una visión sin precedentes del estado biológico individual y de cómo el envejecimiento afecta a cada persona de manera única, permitiendo intervenciones personalizadas. Mediante la genómica podemos identificar variantes genéticas que predisponen a la longevidad excepcional o a enfermedades específicas. Esto facilita el desarrollo de terapias génicas personalizadas y recomendaciones de estilo de vida de alta precisión.

Existe un amplio consenso científico en que los campos de la biotecnología, la medicina molecular y las ciencias ómicas (genómica, proteómica, metabolómica, etc.) son las claves para lograr no solo una mayor longevidad (extender la vida), sino, más importante aún, un menor envejecimiento (ralentizar el deterioro biológico).

La lógica detrás de esta promesa se basa en que, por primera vez, estamos abordando el envejecimiento no como un proceso inevitable, sino como un proceso biológico modificable que puede ser regulado a nivel celular y molecular. La biología molecular ha identificado los principales mecanismos que impulsan el envejecimiento. Como he comentado en numerosas ocasiones, la terapia génica y edición de genes (Crispr) permiten corregir o modificar genes relacionados con enfermedades asociadas a la edad o que controlan la reparación del ADN. En el futuro, podríamos optimizar genéticamente células para que resistan mejor el daño oxidativo y la senescencia. Uno de los avances más revolucionarios son los llamados relojes epigenéticos o relojes biológicos, como el de Horvath, que miden la edad biológica real de una persona basándose en patrones de metilación del ADN, a diferencia de la edad cronológica. Esto proporciona una métrica objetiva para medir la eficacia de las intervenciones contra el envejecimiento, permitiéndonos saber si un tratamiento o estilo de vida realmente está rejuveneciendo o ralentizando el reloj biológico.

En el ámbito farmacológico, medicamentos ya conocidos como la rapamicina, los fármacos GLP-1 y los inhibidores SGLT2 están demostrando efectos geroprotectores al mejorar la salud metabólica y reducir el estrés oxidativo. Además, el desarrollo de relojes epigenéticos más precisos permite medir ahora la edad biológica de órganos individuales, lo que facilita intervenciones personalizadas basadas en el estado real del cuerpo y no solo en la edad cronológica. También están cobrando fuerza terapias emergentes como el azul de metileno (nombrado anteriormente) para la función mitocondrial; el uso de exosomas para la regeneración de tejidos; y un enfoque renovado en el microbioma oral como clave para prevenir problemas cardiovasculares y neurodegenerativos. Por otro lado, están los senolíticos, que son fármacos biotecnológicos diseñados para eliminar selectivamente las células senescentes, que se conocen como células «zombis», ya que dejan de dividirse y liberan sustancias tóxicas que provocan inflamación y daño tisular. La eliminación de estas células ha demostrado no solo aumentar la esperanza de vida, sino también mejorar la salud de órganos como el corazón, el riñón y los pulmones.

Otros compuestos, como la rapamicina y la metformina, actúan sobre vías moleculares clave que regulan el crecimiento, el metabolismo y la autofagia (limpieza celular). Las investigaciones sugieren que la modulación de estas vías puede imitar los efectos beneficiosos de la restricción calórica, ralentizando el envejecimiento.

La suplementación con NMN eleva eficazmente los niveles de NAD+ en diversos tejidos, lo que se traduce en mejoras significativas en marcadores asociados al envejecimiento. Estos incluyen: mejor función mitocondrial, aumento de la sensibilidad a la insulina, reducción de la inflamación crónica, mejora de la cognición y de la salud vascular, y preservación de la masa muscular. El mecanismo central es la activación de enzimas dependientes de NAD+, como las sirtuinas y PARPs, proteínas (enzimas) esenciales en las células humanas encargadas de reparar el daño en el ADN, que regulan el estrés celular y el metabolismo. Finalmente, gracias a la proteómica y la metabolómica, se analizan todas las proteínas y metabolitos presentes en un organismo, permitiendo detectar biomarcadores tempranos de disfunción o enfermedad, mucho antes de que aparezcan los síntomas y facilitando así una intervención temprana y muy dirigida.

En resumen, ya no se trata solo de añadir años a la vida. Ahora se trata, principalmente, de añadir salud a esos años que se ganan, reduciendo el envejecimiento e interviniendo de manera directa en los mecanismos que lo provocan. No hablamos ya de un ideal futurista, sino de una realidad en construcción que redefine lo que significa vivir y envejecer. Tal como dice mi amigo el doctor Francisco Mera, si somos capaces de integrar estos avances en políticas de salud pública, en modelos preventivos y en una cultura que valore el bienestar a lo largo de toda la vida, podremos transformar una sociedad envejecida en una sociedad verdaderamente longeva, donde la edad deje de ser sinónimo de deterioro y se convierta en una etapa plena, activa y saludable.