Tecnología militar

Así es el satélite chino TEE-01B que Irán ha comprado en secreto

Situado a más de 500 kilómetros de altura puede alcanzar una resolución de unos 0,5 metros.

Satélite
Puede detectar un objeto de hasta medio metro a 500 km de distanciaJS/Google

En los últimos meses, un satélite poco conocido ha saltado al centro del debate geopolítico internacional: el TEE-01B, un dispositivo de observación terrestre desarrollado por China que, según diversas informaciones, habría sido adquirido por Irán para mejorar sus capacidades de vigilancia. Y con ello han comenzado a surgir preguntas.

¿Qué es exactamente el TEE-01B? ¿Qué puede ver desde el espacio? ¿Y por qué está generando tanta preocupación? El TEE-01B forma parte de una nueva generación de satélites de observación terrestre diseñados para ofrecer imágenes de alta precisión desde órbita baja. Fue lanzado el 6 de junio de 2024 desde el centro espacial de Jiuquan, en China, y opera a una altitud aproximada de 545 kilómetros sobre la Tierra.

Esta órbita, conocida como órbita baja terrestre, es ideal para capturar imágenes detalladas de la superficie. A pesar de su tamaño relativamente reducido, en torno a los 112 kilogramos, el satélite incorpora una cámara óptica avanzada capaz de obtener imágenes con una resolución sorprendente.

Ese es, precisamente, el dato clave para entender sus capacidades. El TEE-01B puede alcanzar una resolución de unos 0,5 metros en modo pancromático y alrededor de 2 metros en modo multiespectral. Traducido a algo tangible, significa que puede distinguir objetos del tamaño de medio metro desde el espacio. En la práctica, esto permite identificar vehículos individuales, observar detalles de aviones en pistas, detectar cambios en infraestructuras o seguir la evolución de instalaciones concretas.

Para lograrlo, el satélite utiliza distintos tipos de sensores. Por un lado, una cámara pancromática que capta imágenes en blanco y negro con el máximo nivel de detalle. Por otro, sensores multiespectrales que registran información en varias longitudes de onda, incluyendo el infrarrojo cercano. Esto no solo permite “ver” la superficie terrestre, sino también analizarla: desde el estado de los cultivos hasta la humedad del suelo, pasando por cambios ambientales o actividad industrial.

Además, puede operar en distintos modos de captura, como el barrido continuo a lo largo de su órbita o la obtención de imágenes estereoscópicas que permiten reconstruir el relieve en tres dimensiones. A esto se suma otra de sus grandes ventajas: la capacidad de revisitar el mismo punto del planeta en intervalos muy cortos. Gracias a su integración en una constelación, puede ofrecer cobertura global y observar una misma zona prácticamente a diario, con tiempos de respuesta de apenas unas horas en situaciones urgentes.

Oficialmente, el TEE-01B es un satélite comercial diseñado para usos civiles. Entre ellos se incluyen la agricultura de precisión, la monitorización de océanos, la gestión de desastres naturales, la cartografía o la supervisión de infraestructuras. En ese sentido, no es una anomalía, sino parte de una tendencia cada vez más extendida: la proliferación de herramientas espaciales al servicio de la economía y la gestión del territorio.

Sin embargo, su verdadero impacto reside en lo que se conoce como tecnología de doble uso. Las mismas capacidades que permiten analizar cultivos o anticipar inundaciones pueden emplearse también para vigilar instalaciones militares, detectar movimientos logísticos o evaluar daños tras un ataque. Esa ambigüedad es la que ha situado al TEE-01B en el centro de la atención internacional. Algunas informaciones apuntan a que Irán habría utilizado este tipo de tecnología para observar bases militares y mejorar su capacidad de análisis estratégico, aunque estos extremos no han sido confirmados oficialmente y siguen siendo objeto de debate.

Más allá del caso concreto, el TEE-01B ilustra un cambio más profundo. Durante décadas, la observación detallada desde el espacio fue una capacidad reservada a un puñado de potencias. Hoy, sin embargo, satélites relativamente pequeños y accesibles pueden ofrecer un nivel de detalle que antes era impensable fuera de programas militares. Empresas privadas los lanzan, países sin grandes agencias espaciales pueden adquirirlos y los datos circulan casi en tiempo real a través de redes globales.

El TEE-01B no es el satélite más grande ni el más complejo jamás construido, pero representa algo más significativo: la normalización de una mirada precisa, constante y global desde el espacio. Y con ella, una pregunta inevitable que ya no pertenece solo a la ciencia o la ingeniería, sino también a la política y a la sociedad: ¿quién controla, en última instancia, lo que puede verse desde ahí arriba?