Tecnología militar
China presenta dos tipos de láser que derriban drones en segundos
Se trata de un sistema que reúne conectividad, bajo coste y precisión. Solo hay un pero.
Durante décadas, derribar un objeto (dron, misil, avión…) en el aire implicaba algo casi inevitable: disparar otro objeto. Misiles, proyectiles, metralla. Una física basada en el choque. Pero en los últimos años ha empezado a emerger otra lógica: destruir sin tocar. Eso es lo que representan los nuevos sistemas láser que China acaba de presentar. Y lo hacen en un momento en el que el problema ya no es derribar un avión… sino cientos de drones.
El punto de partida es sencillo. Los drones modernos son pequeños, baratos, difíciles de detectar y, sobre todo, abundantes. Pueden volar bajo (entre 50 y 80 metros), justo en zonas donde muchos radares tradicionales tienen puntos ciegos. Y eso cambia por completo la ecuación: usar un misil de millones de euros para destruir un dron de bajo coste deja de ser sostenible.
Aquí es donde entra el láser. China ha presentado dos sistemas distintos pero complementarios: Guangjian-11E y Guangjian-21A. Y lo interesante no es solo que usen energía dirigida, sino que representan dos formas distintas de entender el combate.
El primero, el Guangjian-11E, no destruye necesariamente. Interfiere. Ciega sensores, corta comunicaciones, desorienta. Es lo que en lenguaje militar se llama “soft kill”: neutralizar sin hacer explotar.
El segundo, el Guangjian-21A, sí apuesta por la destrucción directa. Un láser de alta energía que concentra potencia en un punto durante unos segundos hasta calentar, debilitar o literalmente quemar componentes clave del dron: su estructura, sus circuitos o su sistema de propulsión.
Y aquí aparece la primera idea importante: un láser no “impacta”. Entrega energía. A diferencia de un proyectil, que depende de su trayectoria y velocidad, un láser actúa acumulando calor en un punto concreto. Si esa energía supera la resistencia del material, el resultado es el fallo. No hay explosión necesariamente, sino colapso térmico. Eso permite algo nuevo: precisión extrema.
Pero también introduce una condición clave: tiempo. El láser necesita mantener el haz sobre el objetivo durante unos segundos. Y eso exige sistemas muy avanzados de seguimiento, estabilización y control. Por eso se habla de estos sistemas no solo como “armas”, sino redes.
Los dos tipos de láser desarrollados en China integran radares de barrido electrónico y sensores infrarrojos que permiten detectar, seguir y clasificar objetivos incluso cuando emiten poca señal o intentan ocultarse. Además, están conectados entre sí mediante redes de datos que comparten información en tiempo real, acortando al máximo el ciclo entre detección y respuesta.
A esto le suman otra ventaja que explica el interés global por este tipo de tecnología: el coste. Un láser, una vez desplegado, tiene un “precio por disparo” extremadamente bajo. No hay munición que reponer, solo energía. En un escenario donde los drones pueden aparecer en enjambres, esto cambia radicalmente la economía del combate y defenderse deja de ser prohibitivamente caro.
Pero no todo es tan limpio como parece. Los láseres tienen limitaciones físicas importantes. La atmósfera dispersa la energía, la lluvia o el polvo reducen su eficacia, y la distancia es un factor crítico. No es lo mismo concentrar energía a cien metros que a varios kilómetros. Por eso estos sistemas están pensados, sobre todo, para defensa de corto alcance.
Pese a ello, se trata de un cambio es profundo. El sistema Guangjian demuestra que ya no se depende de interceptar drones con medidas muy costosas: bastan sensores, redes de conectividad y una fuente de energía directa para responder.