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Estreno

"A Better Man": El misógino que se vistió de mujer

La premiada miniserie noruega que llega hoy a Filmin aborda acoso digital, cancelación y masculinidad desde un thriller incómodo con ironía, precisión y humor seco

"A Better Man": El misógino que se vistió de mujer Filmin

En un país que presume, con razón, de civismo y de igualdad, también existen sótanos. No siempre son físicos, aunque aquí lo sean: el de una casa en Oslo donde Tom pasa las noches escribiendo veneno con la tranquilidad del que se cree invisible. De día atiende en la tienda de ropa de su madre; de madrugada, ametralla internet con insultos misóginos, racistas y ese resentimiento que suele venir envuelto en falsa valentía. Y hasta que la pantalla deja de protegerle, todo le parece un juego.

"A Better Man", que se estrena hoy, martes 24 de febrero, en Filmin, arranca justo donde más duele ahora: la vida digital como plaza pública y como patíbulo. Tom decide que su enemigo natural son las feministas, y convierte a una monologuista popular, Live, en su diana preferida. La serie retrata con acierto de francotirador ese mecanismo triste y reconocible: no se odia a una persona, se odia lo que representa; se reduce al otro a una idea y así, mágicamente, ya no hay culpa. Hasta que Live expone en televisión uno de esos mensajes, se activa una cacería colaborativa y unos hackers lo dejan al descubierto con una eficiencia que, sinceramente, da más miedo que alivio.

El castigo llega sin misericordia ni retraso. Tom pasa de sentirse dueño del tablero a convertirse en el señalado oficial del país, el rostro al que se le grita por la calle y se le hostiga en redes. La escapatoria que encuentra es tan ocurrente y “sencilla”, como cargada de dinamita simbólica: lo más a mano en la tienda es ropa de mujer, así que se disfraza, adopta otra identidad y desaparece. No hay magia ni moraleja de manual; hay supervivencia. Y, de paso, un espejo incómodo: de repente, el mundo le devuelve miradas que antes ni registraba.

Anders Baasmo sostiene ese viaje con una interpretación que no busca caer bien, sino ser exacta. Su Tom es repulsivo en el punto de partida, pero también reconocible en lo peor: inteligente, resentido, convencido de que el progreso de otros es su derrota personal. Cuando se convierte en Berit, el actor maneja dos planos a la vez: la comicidad irónica e inevitable de la situación y la incomodidad real de habitar un cuerpo social distinto. A su lado, Ingrid Unnur Giæver compone una Live con nervio y conciencia, capaz de la denuncia y también de esa duda moral que aparece cuando el castigo público se descontrola; y Jonas Strand Gravli, como Audun, introduce un contrapunto muy eficaz (el vecino joven, aparentemente resuelto, padre implicado, pareja funcional) porque obliga a mirar el fenómeno “incel” sin el consuelo del estereotipo.

El guion de Thomas Seeberg Torjussen, dirigido junto a Gjyljeta Berisha, funciona como thriller psicológico de reloj ajustado: tensión, consecuencias y un ritmo que no se permite un descanso. Y, aun así, se cuela un humor seco, casi de reojo, que no trivializa lo que cuenta; más bien actúa como esa risa que sale cuando uno está naturalmente nervioso. A mí me hizo pensar en esas conversaciones que empiezan con una broma y terminan en una incomodidad útil, de las que se quedan dando vueltas.

Hay un detalle narrativo especialmente jugoso: mientras Tom intenta aprender a mirar desde el otro lado, Audun empieza a endurecerse por dentro, como si la rabia fuese contagiosa cuando encuentra respaldo, comunidad y excusas. Ese juego de espejos abre la serie, la saca del caso individual y la convierte en retrato social sin levantar el dedo.

Además, en su envoltorio, "A Better Man" apuesta por una puesta en escena sobria y muy funcional: calles frías, interiores corrientes, escaparates y rutinas que parecen normales hasta que uno se fija demasiado. Ese es el truco: no estetiza el horror, lo coloca en un entorno reconocible y deja que el espectador haga el resto. Si algún personaje secundario resulta más esquemático de lo deseable, el conjunto lo compensa con una virtud mayor: no simplifica el conflicto para hacerlo fácil de digerir. Incluso la propia Live carga con una preocupación delicada cuando Tom desaparece, y esa grieta —la responsabilidad compartida en tiempos de linchamiento— es, quizá, la más contemporánea de todas.

Con cuatro episodios de alrededor de cincuenta minutos, la temporada se ve con facilidad y deja una sensación rara: la de haber transitado por un recorrido que empieza en el rechazo, pasa por el asombro y termina en una zona más ambigua, casi incómodamente humana. Lo mejor que puede decirse de "A Better Man" no es que tenga razón, sino que sabe plantear preguntas sin disfrazarlas de sermón. Y eso, para una historia sobre odio, identidad y pantallas, ya es bastante.

El circuito de premios que encendió la mecha

El ruido no llega por casualidad. "A Better Man" salió de Noruega con dos sellos que pesan: Canneseries la eligió mejor serie y premió a Anders Baasmo, y el Serializados Fest sumó el galardón principal y el del público. Esa combinación explica su aterrizaje con aura de evento: no es solo un tema espinoso, también es un relato que engancha y se sostiene. Además, su recorrido fuera de Noruega es sólido: se ha visto en distintos mercados europeos y ha despertado interés internacional, algo que suele ocurrir cuando una ficción tiene una idea clara, un protagonista potente y una ejecución sin fisuras.