Estreno
Cuando el asesinato es una obra de arte surrealista
Filmin estrena «Esto no es un maldito asesinato», la increíble mezcla entre el «whodunit» y personajes como Dalí o Magritte

«En el surrealismo se juega siempre con una pregunta: ¿es un sueño o es real? ¿Un juego o una tragedia? ¿Es el objeto solo un objeto u otra cosa con significado?». Estas palabras en boca del mayordomo de West Dean definen a la perfección lo que el espectador podrá encontrar en la interesantísima y alocada «Esto no es un maldito asesinato», serie que mezcla sin complejos a los artistas más representativos del surrealismo mundial con un asesinato al más puro estilo de Agatha Christie que acaba de aterrizar en Filmin.
Los guionistas Matthias Lebeer y Christophe Dirickx mantuvieron una conversación sobre la combinación que supondría mezclar una casa de campo, Christie y el surrealismo. Así, «Esto no es un maldito asesinato» usa el recurso del «whodunit» clásico —un misterio en el que hay que descubrir «quién lo hizo»— al tiempo que incorpora en pequeñas cucharadas retazos del imaginario surrealista. Pongámonos en situación. Año 1936, Lord James (Aoibhinn McGinnity), una de las personas más acaudaladas de Reino Unido, invita a un grupo de promesas del arte a su finca West Dean, en West Sussex, para una exhibición de arte surrealista. La lista de artistas ya nos da una pista de lo que podremos encontrarnos y que se avisa: «Inspirado en hechos verídicos, pero no crea todo lo que vea». En flamantes coches van desfilando Salvador Dalí (Iñaki Mur) y su pareja, Gala (Regina Bikkinina), Man Ray (Frank Bourke), Max Ernst (Mike Hoffman), Lee Miller (Florence Hall), Sheila Legge (Lauren Versnick) y Nash Lesley (Oscar Louis Högström). El servicial mayordomo, Archibald Jukes (Jonathan Delaney Tynan), será el anfitrión hasta la llegada de la dueña de la finca, en la que ya se hospeda el joven artista belga René Magritte (Pierre Gervais), alejado de su esposa Georgette (Mathilde Warnier).
Con este maremágnum de personajes alocados, tímidos, extrovertidos, voraces y jóvenes, se mezcla el primer día una fiesta desenfrenada por la noche, con drogas y alcohol. A la mañana siguiente comienza la cuenta atrás para la gran exposición llena de mecenas y donde supuestamente correrán ríos de dinero. Pero también se halla un cadáver con una puesta en escena que recuerda al cuadro inédito de Magritte, «Los amantes». Cuando las primeras sospechas de los encargados del caso de Scotland Yard, el detective inspector John Thistletwaite (Stephen Tompkinson), y la agente Mary Quant (Donna Banya), apuntan hacia el belga, este se convierte en un Hercule Poirot que cree firmemente que hace falta una visión artística para resolver el caso. Los acontecimientos de la trama irán enredando la investigación policial con nuevos hallazgos, dinero, excentricidades, poder, traiciones y mucho arte y guiños a los artistas y sus obras. El propio título, «Esto no es un misterioso asesinato», alude directamente a «La traición de las imágenes» pintada por René Magritte, popularmente conocida como «Esto no es una pipa», por el texto al pie.
El espectador tendrá que ver entera la serie, los seis episodios, si quiere descubrir una aventura muy curiosa. La ficción, dirigida por Hans Berbots («La serpiente»), mezcla una disección del surrealismo a través de sus máximos exponentes con un estudio sobre las relaciones humanas, amorosas o fraternales, al tiempo que monta un caso que es el centro al principio, se diluye ligeramente durante la mitad de la temporada, pero que los personajes recuperan hacia el final para un desenlace apoteósico. La idea de que Magritte actúe como sabueso permite que veamos en primera persona cómo la investigación va acusando y descartando sospechosos, mientras acumula cadáveres en la fresquera. Hay que destacar el papel del inspector y la agente de Scotland Yard, así como el de algunos personajes, ya que el doblaje puede saturar de acento catalán. Los episodios que bucean en las difíciles relaciones interconectadas entre los artistas pueden resultar confusos al principio, salpicados por flashbacks de tragedia y mentiras. El entorno, que también incluye un antiguo secreto olvidado, fue rodado en la verdadera West Dean House, propiedad del mecenas Edward James, que inspiró al personaje e incluso tuvo entre sus paredes muchos cuadros surrealistas. Por lo tanto, los guionistas desarrollan la trama en todas las estancias de la casa, así como en las propiedades colindantes, con muros, vallas, varias casas misteriosas y abandonadas, y un coqueto campo de opio para uso y disfrute. «Esto no es un maldito asesinato» no miente en el título y será el espectador el que tendrá que descubrir si la muerte puede convertirse, gracias al surrealismo, en una inquietante y definitiva obra de arte.