
Estreno
"Paradise”: Oxígeno para un mundo bajo tierra
La segunda temporada de "Paradise" aterriza en Disney+ con un mundo más amplio donde cada paso fuera del refugio cuestiona lo que antes parecía seguro

Lo primero que notas es el aire. Ese aire que no existía cuando todo ocurría entre paredes grises, normas no escritas y sonrisas de urbanización perfecta. "Paradise" vuelve hoy, lunes 23 de febrero, con tres episodios en Disney+, y luego irá dosificando la temporada con un capítulo cada lunes hasta completar ocho. Y sí: se agradece ese formato, porque esta serie tiene algo de conversación larga, de esas que empiezan con una frase inocente y acaban hablando de lo que nadie quería mencionar.
La segunda temporada se mueve con dos pulsos a la vez. Uno es físico: Xavier Collins (Sterling K. Brown) sale al exterior a buscar a Teri (Enuka Okuma). El otro es social: dentro de Paradise, el búnker digiere lo ocurrido en la primera entrega con la elegancia torpe de quien finge que no pasa nada mientras el suelo se abre bajo la alfombra. La crispación crece, el poder cambia de manos con uñas cortas y sonrisas largas, y el origen de esa ciudad subterránea empieza a oler menos a salvación y más a factura pendiente.
Y entonces aparece Annie Clay (Shailene Woodley) y la serie hace algo que me gusta: no la usa como simple “cara nueva”, sino como una forma distinta de mirar el desastre. Su tramo en Graceland tiene una intimidad rara, casi doméstica, como si el apocalipsis no fuera un gran incendio, sino una suma de días iguales en los que aprendes a no hablar en voz alta por si el silencio se enfada. Woodley la interpreta con un filo muy terrenal, sin épica de catálogo. A su alrededor orbita Link (Thomas Doherty), que llega con ese carisma peligroso que en tiempos extremos funciona igual para repartir pan que para repartir miedo. Y esa ambigüedad le sienta bien a la historia, porque el afuera, en "Paradise", no es sólo paisaje: es prueba de carácter.
Sterling K. Brown, por su parte, sigue siendo el ancla emocional sin necesidad de ponerse solemne a martillazos. Xavier no está escrito como superhéroe ni como mártir; más bien como un hombre que camina con el cuerpo cansado y la cabeza en guerra, tratando de no perderse a sí mismo mientras busca a quien ama. La temporada le da acción cuando toca, pero sus mejores momentos son los silenciosos, esos en los que decide, observa y se equivoca con una humanidad que no se disfraza de virtud.
Y si afuera todo es supervivencia con barro en las botas, dentro del búnker el barro es moral. Samantha "Sinatra" Redmond (Julianne Nicholson) continúa siendo el imán más incómodo: cada vez que aparece, parece que la escena baja la voz por instinto, como si los demás personajes supieran que están compartiendo espacio con alguien que no sólo manda, sino que piensa varios capítulos por delante. A su alrededor, el ecosistema se vuelve más áspero: Jane Driscoll (Nicole Brydon Bloom) no es precisamente un bálsamo, Gabriela Torabi (Sarah Shahi) aporta esa mirada de conciencia profesional que duele cuando se rompe, y Nicole Robinson (Krys Marshall) funciona como recordatorio de que, incluso en el fin del mundo, la lealtad se negocia.
Hay una gracia visual en el contraste: la superficie no se presenta como un solar sin alma, sino como un mundo que, a ratos, puede ser bello de forma casi ofensiva, como si la naturaleza hubiese seguido adelante con su mejor versión. Y la serie monta sus tiempos como si estuviera contando un secreto a trompicones: saltos, regresos, escenas que se detienen en una cara el tiempo suficiente como para que entiendas lo que no se dice. A veces esa estructura se toma su tiempo, pero también tiene un efecto curioso: cuando vuelve al presente, lo hace con el peso exacto, como quien regresa a una habitación y se acuerda de por qué cerró la puerta.
Si algo sostiene esta temporada es que no se conforma con repetir su propia jaula. El mapa se abre, el reparto se expande y el relato se permite capítulos que miran de cerca a una persona, no sólo a una conspiración. Y, aun así, no se olvida de su truco favorito: esa idea de que una comunidad perfecta siempre esconde un peaje, y que el verdadero terror no es el exterior, sino la capacidad humana para llamar “normalidad” a lo inaceptable.
"Paradise" vuelve hoy con ganas de jugar, de tensar y de divertir sin caer en la grandilocuencia. Tiene melodrama, sí, pero del que sabe cuándo parar; tiene ciencia ficción, pero con vocación de conversación; y tiene un reparto que te hace mirar incluso cuando la situación roza lo inverosímil. Lo mejor es que, entre tanta catástrofe, se permite un gesto poco habitual: insinuar que la esperanza también puede ser un instinto. Y eso, en una serie sobre encierros, es casi una travesura.
Pop ochentero, un guiño sonoro de "Paradise"
En "Paradise" la música no llega para subrayar lo evidente, sino para pinchar el globo. Las versiones solemnes de clásicos ochenteros aparecen cuando el mundo se rompe y, de pronto, lo íntimo pesa más que la explosión. Es un contraste con mala leche: tarareas y, al mismo tiempo, sospechas. En esta temporada el recurso se usa con medida, como una brújula tonal que avisa si toca tensión, ternura o ironía, sin convertir la canción en truco. Funciona porque dialoga con la serie: recuerda el hogar, que ya no existe, ridiculiza la épica fácil y deja una pregunta incómoda flotando en cada estribillo.
✕
Accede a tu cuenta para comentar


