Con las manos vendadas

Vengo con las manos vendadas. Para hablar de boxeo. Y de la vida.

Porque el boxeo es vida... vive duro.

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Y Urtain llamó a mi puerta

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Sobre el autor

Jero García

Entrenador de boxeo. Ex boxeador profesional. Enamorado del cine, de los libros, de la vida, del Atleti. Y por supuesto, del boxeo. Eterno aprendiz. Zurdo cerrado. Carabanchelero, de corazón isleño, el ring es mi casa, y este... mi patio de recreo.

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Estaba acabando el invierno de 2008 cuando recibo una llamada al móvil. Toques de teléfono tempranos que siempre me saben mal, que yo no soy persona normal, mínimo hasta la una de la tarde – es lo que tiene currar hasta las once de la noche, que las mañanas se me dan fatal-.

Lógicamente la llamada era de mañana medio temprana y una voz ronca me pregunta si soy Jero García. Otra voz carraspeada, la mía, contesta: Que sí corcho, que soy yo, Jero García.

Mala época esta... me fumaba un paquete diario y mi vida de soltería desbocada estaba llegando a topes preocupantes.

Me comenta la voz que se llamaba Joseba y que es el productor de Animalario. Bonito nombre, pero no me sonaba de nada, nada. Me relata que son una compañía de teatro y que llevan... ¡coño! Estos son los de ¡No a la Guerra! Ahora sí que me sonaban, la que liaron fue pequeña...

Me cuenta que están preparando un nuevo espectáculo, y que es una especie de biopic de Urtain. La verdad que del Tigre de Cestona no tenía muchas referencias, lo más cercano fue el haber pasado una semana con su hijo Eduardo, en unos Campeonatos de España allá por 1997... ya ha llovido.

Este afamado productor me dice que debemos de preparar al actor protagonista, que había hablado con Daniel Guzmán y me había recomendado (este Dani siempre cuidándome). El actor en cuestión era un tal Roberto Álamo... la verdad tampoco me sonaba de nada.

No nos rasguemos las vestiduras, soy más de cine americano, y de teatro hasta esos tiempos era bastante limitado, pero no hay nada que no solucione una pasadita por Google. ¡Tela! Si es el de Días de fútbol ¡este tipo es un cachondo!

Recapitulemos... En esta época andaba un poco quemado, no solo con la vida - que la falta de cariño me arropaba en las noches - , sino también bastante tostado con el mundo de la interpretación.

Expliquemos esta cuestión: unos años antes tuve la suerte o desgracia de participar en varias películas. Suerte por el dinerete que entró en mis bolsillos y desgracia por conocer de verdad lo que se mueve en las bambalinas cinematográficas.

Malas sensaciones me quedaron de mis incursiones fílmicas: expulsión de un director venido a más del gimnasio, que el “método” estará muy bien con los actores pero con los boxeadores, se te puede dar la vuelta y acabar recibiendo una “colleja dirigida” a la puerta. A esto se sumó la nominación y expulsión de un actor muerto de hambre que al que abrí las puertas de mi casa y a la que me descuidé estaba dando manoplazos a los demás actores, quitándome galones... ¡Ah no! ¡eso no! ¡vete a tomar por culo tú y tu método!

Conclusión: que andaba más quemado que una falla con el mundillo y con la idea clara de que el valor en manos embrutecidas pierde el color, vamos que Dios no hizo la miel para la boca del asno. Que yo con el tiempo he conocido el método y a nivel interpretativo es la bomba, pero como todo en la vida, no depende del arma, depende del guerrero.

Volvamos a lo nuestro que me lío.

El caso que quedamos un día en el gimnasio para que me presenten al actor en cuestión y me comenten que quieren de mí.

Aparecen Joseba y Roberto por la puerta de La Escuela.

El productor en su papel de todo para adelante y el pobre actor mirando hacia los lados pensando donde me estoy metiendo.

Roberto, con esos ojos atentos desde su atalaya de más de metro ochenta, miraba a todos los sitios como para recoger toda la información posible, tan al loro estaba, que parecía querer aprenderse los nombres y motes de los boxeadores de todos los carteles.

De corpulencia arrebatada con más de noventa kilos en sus carnes, gorra en ristre y una curiosidad por bandera, surgió de su boca una voz tranquila, pausada, que nada tenía que ver con el nivel de intimidación rápido que exponían sus pintas.

En cuatro palabras y un café donde Jose, teníamos un acuerdo: yo te enseño a boxear como Urtain y pongo mi mundo a tus pies, si tú eres capaz de entregarme tu alma durante los seis meses que quedan hasta el estreno.

No hubo apretones de manos ni nada parecido, solo una mirada que me dijo “soy tuyo”. Mi pequeño aprendiz de boxeador... no sabía lo que le acontecería.

Dos sesiones al día: por la mañana correr o pesas y por la tardes boxear, como si no hubiera un mañana.

Si fuera por las ganas que le ponía Roberto, nos merecíamos el cielo. Por su coordinación pugilística, que brillaba por su ausencia, nos estábamos ganando un paseíto por el infierno, de hecho, este profesor de box casi acaba con todos los pañuelos del supermercado ¡se me caían las lágrimas!

Aunque para lágrimas verdaderas, las que derramaba una mañana primaveral mi pequeño Jedi, al que en vez de piel, cubría su cuerpo, una agujeta constante.

- ¡No llego! ¡no llego! - me decía -

- ¿Cómo que no llegas? - Bramaba yo. –

Esas lágrimas y esos cafés matutinos a su lado, provocaron algo dentro de mi: no sé si su vulnerabilidad, su esfuerzo, sus ganas, pero algo me hizo click. Le miré a los ojos, y con la psicología de dieciséis cuerdas que me precede, le dije:

- Señor Álamo, no me toque los cojones. Usted ya no es un aprendiz de titiritero. Usted es un boxeador y como tal debe de comportarse. Usted no tiene una obra de teatro a estrenar ¡no! Usted tiene una pelea que debe de ganar, ¡y por mis muertos que la vas a ganar!

Mi implicación en todo es directamente proporcional al nivel de implicación de la persona que me acompaña en el camino y yo tenía a mi lado a un ser que se estaba dejando el alma.

No podía fallarle y como si de un púgil se tratara, emprendimos un sendero duro, árido, lleno de sudor, de lágrimas derramadas y de mucho dolor.

Entre madrugones sudorosos y tardes en un garaje fueron pasando los días y los meses, y lo que había sido un actor de más de noventa kilos, se fue convirtiendo en un David de Miguel Ángel, duro como el mármol, con veinte kilos menos y mirada de tigre.

Urtain iba surgiendo en las calles del barrio Lucero y una amistad se iba forjando. Los cafés y los cigarritos matinales nos fueron acercando poco a poco. Dos mundos tan distintos y dos mundos tan parecidos, el boxeo y la interpretación, se fueron haciendo uno: acción-reacción.

Roberto Álamo consiguió que en el gimnasio nadie supiera si era boxeador o actor. Se mimetizó tanto con La Escuela, que no se sabía si era el nuevo sparring del Guinea o el nuevo Marlon Brando de Villaverde.

Entre saludos en Euskera, golpes rocosos a los sacos y ensayos de boxeo en el teatro, se nos fueron cayendo las hojas del calendario. Entre cabeceos y guanteos se acercaba la fecha definitiva. El estreno o la pelea, porque de lo poco que conozco de las tablas, asumo que es una batalla contigo mismo, más que con el texto o con el público, la capacidad de controlar todo a tu alrededor en el escenario es solo comparable a la capacidad de dirigirte a ti mismo en el ring.

Y cuando recuerdo esa tarde de septiembre, en ese escenario de Lavapiés, todavía no soy capaz de saber lo que vi: un boxeador, un actor, una persona dejándose la vida, alguien apuñalándose el corazón a cada frase, un cuerpo esculpido a sufrimiento que demostraba a cada segundo que estaba para seguir sufriendo, una verdad traicionera de historia real, no sé lo que vi...

Pero se lo que sentí: sentí, que se me abrían las carnes, que me sangraban las heridas, que en el boxeo hay cosas buenas pero también hay cosas homicidas, que el teatro puede conseguir que te subas a un carrusel de emociones, que el boxeo y el teatro están tan cerca en esencia, que creo que se rozan.

Ya ven, uno nunca sabe lo que se va a encontrar al otro lado de la puerta...

Yo me encontré con Urtain y con él, traía todo lo que aquí les acabo de narrar.

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