domingo, 25 septiembre 2016
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Cultura

«Boyhood», una hazaña que tardó doce años de rodaje

  • Acaricia el Oso de Oro con esta obra maestra

  • Es lo que Linklater tardó en hacer el filme con los mismos actores para registrar la evolución de un niño

Cuesta pensar que a nadie no se le hubiera ocurrido antes, aunque hay que tener las narices y la paciencia de construir una catedral sin amarres. Richard Linklater ha rodado «Boyhood» a lo largo de doce años. Convocaba a los actores durante unos días por año para verlos crecer y madurar, centrándose en el paso de la infancia a la adolescencia de un chico con padres divorciados, interpretado por el debutante Ellar Coltrane. Asumiendo los riesgos de un proyecto de tal envergadura –¿cómo habrían cambiado los actores? ¿serían capaces de adaptar sus personajes a sus propios descubrimientos y fracasos?–, Linklater corrobora, por si no lo sabían a estas alturas, que es uno de los grandes cineastas en activo. «Boyhood» es, por tanto, la más firme candidata a ganar el Oso de Oro de esta gris Berlinale. La ovación cerrada de la Prensa al terminar las casi tres horas de proyección así lo demuestran. En las fases iniciales de la concepción de «Inteligencia Artificial», Kubrick se planteó hacer algo parecido a lo que ha conseguido Linklater. Si buscamos referentes, sólo podemos acudir a la magnífica serie «The 7up», que Michael Apted lleva realizando, cada siete años, desde 1964. La diferencia sustancial es que aquella es una saga documental con intenciones socioantropológicas, nada más lejos de lo que es «Boyhood».

El «momento sagrado»

Lo que le interesa a Linklater es la vida hecha ficción y la ficción hecha vida. Por mucho que al fondo del plano se oigan los disparos de la guerra de Irak o la campaña a favor de Obama en 2008 o el republicanismo recalcitrante de la mayoría de los nativos del estado de Texas. El armazón filosófico que sustenta el filme –que, por otra parte, no puede resultar más prosaico, no puede tener más los pies en el suelo– estaba en «Waking Life» y su teoría, que tomaba prestada de André Bazin, del «momento sagrado». La trilogía, con visos de continuación, que arrancaba con «Antes del amanecer», y que ha visto envejecer el amor entre Ethan Hawke y Julie Delpy, podría ser, también, un ensayo de este feliz, magnífico experimento. Se trata de vivir el momento presente, de filmar el aquí y ahora, la magia de lo banal transformado, por obra y gracia del tiempo, en sublime.

Richard Linklater empezó a rodar «Boy-hood» en julio de 2002. Antes de arrancar tenía diseñada la arquitectura global de la película, y cada año hacía lo mismo con el segmento que le tocaba filmar. «Mi intención era mostrar cómo es una familia normal», explicó Linklater en rueda de Prensa. «Quería evitar los grandes momentos. Por eso no incluyo el primer beso, ni el día en que Mason perdió la virginidad. Cada uno de los momentos es trivial en sí mismo, pero el efecto acumulativo del tiempo hace que seamos testigos de algo muy singular. Es la vida desplegándose y rehuyendo el drama, o limitándolo a instantes muy concretos». Es por ello que «Boyhood» es a la vez una película humilde y una hazaña épica. Ofrecernos la suma de instantes que se llama vida es lo que la hace tan conmovedora. Siempre, eso sí, sin alzar la voz, con una modestia extraña en estos tiempos de grandes gestos y palabras vacuas. Volviendo a Bazin, habrá que recordar que el crítico francés, primer gran teórico del Neorrealismo, creía que respetar la duración del plano era la mejor manera de captar la realidad en el cine. Por eso adoraba la secuencia del despertar de la criada en «Umberto D»: porque la suma de sus actos cotidianos al levantarse de la cama y prepararse un café en la cocina era la síntesis de toda una vida. En «Boyhood» pasa un poco lo mismo, pero a gran escala: «Toda película es una construcción, un artificio, pero mi objetivo era conseguir un tono lo más realista posible».

El filme está centrado en la vida de Mason (Ellar Coltrane), el hijo menor de una familia de padres divorciados, durante «el periodo de la escuela pública, de los 5 a los 17 años», puntualiza Linklater. La historia arranca «in media res»: Olivia (felizmente recuperada Patricia Arquette) es la madre que siempre se enamora del hombre equivocado, su ex marido (Ethan Hawke) está desaparecido en Alaska, su nuevo novio no es precisamente comprensivo con su situación familiar, y Mason y Samantha (Lorelei Linklater, hija del director), la hermana mayor, parecen acostumbrados a mudarse.

El director de «Fast Food Nation» no hace ninguna distinción formal para que sepamos cuándo hay una elipsis, no hay separadores entre los distintos segmentos. Somos conscientes de que ha transcurrido el tiempo porque suena una canción, o ha desaparecido un personaje, o un nuevo videojuego sustituye a uno caduco, y porque los rostros y la altura de los chicos cambian, y porque Arquette luce unos kilos de más. El tiempo fluye, y no hay por qué dar explicaciones: pasa por encima de nosotros como una ráfaga de viento.

Este proyecto faraónico necesitaba del compromiso incondicional de los actores implicados, sobre todo, porque les obligó a estar disponibles, al menos durante unos días al año, durante más de una década (39 días en total, repartidos en 51 semanas de rodaje en doce años). ¿Cómo logró convencerles? Linklater escogió a Ellar Coltrane, hijo de artistas, «porque ya de pequeño parecía un niño sensato y considerado», y sus padres siempre le apoyaron mucho. Coltrane a su vez aseguró que «fue hacia los trece cuando me enamoré del proyecto, y me encantaba formar parte de esta familia que me criaba durante una semana al año». Ethan Hawke dijo que sí de inmediato, «mirándome como si me hubiera vuelto loco», recuerda Linklater. Patricia Arquette, que fue madre muy joven, se apuntó al carro confiando a ciegas en el director de «Slacker», que sólo lanzó una consigna: «Nada de reconstrucciones faciales». Y luego estaba la propia hija de Linklater: «De pequeña quería ser actriz, pero pocos años después le pedí a mi padre si podía matar a mi personaje», declaró entre risas. El resultado final demuestra que el cine puede ser el registro de la vida. No sólo de los personajes que se proyectan en la pantalla, sino de las personas que están delante y detrás de la cámara, y de los espectadores que están en la sala.

Entre el dolor y la catarsis

«Boyhood» propone así un bello triángulo amoroso dinamizado por la mezcla de tiempos del que mira y del que nos mira. No es casual que Linklater nunca les dejara ver a los actores nada de lo que rodaban. Coltrane, que con su sabia indolencia representa el punto de vista central de la película, reconoce que eso le ayudó a «evitar la autoconsciencia», y que cuando vio el montaje final, quedó muy impactado. «Fue una experiencia catártica, muy hermosa», confesó Coltrane. ¿Y para Arquette? «Bastante dolorosa, se me saltaban las lágrimas. La vida pasa muy deprisa», declaró conmovida una actriz que, en estos doce años, se ha casado, se ha divorciado, ha tenido una hija y se ha hecho famosa en televisión con la serie «Medium». En cierto modo, «Boyhood» tiene la fuerza emocional de una película doméstica: como si la memoria se hiciera carne y sí, como si viéramos a la muerte trabajando mientras celebramos el hecho de estar vivos.

«Boyhood» es, para rematar el pastel, la historia de la maduración de un cineasta. Linklater no es el mismo director que cuando empezó a rodar en 2002. Y, sin embargo, la consistencia de su mirada es admirable. No notamos el paso del tiempo sobre sus ojos, la sensibilidad sobre su material es idéntica de principio a fin. ¿Qué quiere decir esto? ¿No es cierto que el tiempo modifica nuestros retos, nuestro vínculo con el mundo? El tiempo es paradójico: es a la vez mutable e inmóvil, prosaico y abstracto, humano y universal. La madurez de Linklater es haber logrado alcanzar una transparencia cristalina, sin mácula, que filtra la realidad sin dar más importancia a una escena tensa –la comida con un padrastro alcohólico, por ejemplo– que a una escena aparentemente banal –un niño que mira revistas eróticas con sus amigos–, y que en esa falta de jerarquías, ha encontrado una sencillez expresiva que nos incluye en las experiencias de sus personajes, de sus actores y en las suyas propias. Ha camuflado una película experimental con los ropajes del relato de iniciación y nos ha regalado una sola idea: que el tiempo, para bien y para mal, nos pertenece.

Loach, por la independencia

La Berlinale decidió celebrar la carrera de Ken Loach, Oso de Oro honorífico que ayer noche le entregó el realizador checo Jiri Menzel, con la proyección de «Lloviendo piedras», una de las películas que mejor definen las virtudes del que, para bien y para mal, ha defendido, desde los años sesenta, el realismo social británico. En el encuentro previo con los medios el director dijo que «todo el mundo tiene derecho a la autodeterminación», a lo que añadió que «los escoceses pueden hacer un mejor país que la colectividad británica», dijo Loach y añadió: «Si fuera escocés votaría por la independencia».

El detalle

LEONE A LAS TRES DELICIAS

Concebida como una «road movie» que bascula entre el cómic apocalíptico y el homenaje a los «spaghetti western» de Sergio Leone, la china «Wu Ren Qu» (léase «Tierra de nadie») funciona como parábola, a la vez abstracta y granguiñolesca, de una China guiada por la avaricia. El viaje de regreso a la gran ciudad que emprende un abogado que se cree listo –acaba de salvar a un cazador de halcones de la ira de un montón de pueblerinos– estará jalonado de amenazas. Un poco al estilo «Deliverance», la película de Ning Hao es un pastiche de guiños no exento de mala leche. En una Berlinale estancada en el cine de corte social y con pretensiones, se agradece la aparición de una película de género con expansivas dosis de tiroteos, explosiones y persecuciones, que no se avergüenza de serlo y que, apostando por la parodia sangrante, dice dos o tres cosas serias sobre la China contemporánea. No tiene posibilidad de llevarse un premio, pero refrescó el ambiente enrarecido de una sección oficial de saldo.

El paso del tiempo. Linklater plasma  la evolución de un niño  en «Boyhood» (en la imagen)
El paso del tiempo. Linklater plasma la evolución de un niño en «Boyhood» (en la imagen)
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