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«El sacrificio de un ciervo sagrado», la maldición de los dioses *****

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Sergi Sánchez.  Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

30 de noviembre de 2017. 23:41h

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Sergi Sánchez.  Madrid. 30/11/2017

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Director: Yorgos Lanthimos. Guión: Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippo. Intérpretes: Colin Farrell, Nicole Kidman, Barry Keoghan, Alicia Silverstone. Irlanda-Gran Bretaña, 2017. Duración 121 min.

Cuando el ángel andrógino de «Teorema» ponía un pie en la sacrosanta tierra de la burguesía, la cubertería de plata se derretía a su paso. No es casual que la influyente alegoría pasoliniana se situara entre sus dos visitas oficiales a la tragedia griega, «Edipo Rey» y «Medea». Terence Stamp venía a encarnar la ira de los dioses, la fatalidad que se desnuda para provocar el temblor del mundo. Martin (excepcional Barry Keoghan), el adolescente que ronda sospechosamente a Steven (Colin Farrell), cirujano de prestigio, es más amenazante que el seductor Stamp, aunque, en los primeros minutos de la excelente «El sacrificio de un ciervo sagrado», Lanthimos parece sexualizar su relación con esa falsa figura paterna. Su perversión, descubriremos poco después, tiene más que ver con la venganza y la muerte que con el deseo. Él ocupa el lugar de la diosa Artemis en la tragedia de Eurípides en la que Agamenón tendrá que acallar la furia divina sacrificando a su hija Ifigenia. Daba la impresión de que, incluso en sus mejores trabajos Lanthimos acababa siendo víctima de la rigidez de sus premisas, surreales en su opaca hilaridad. Precisamente por eso «El sacrificio...» es su película más redonda: porque la gramática de la tragedia griega, esa que cuenta la historia de un destino que no puede reescribirse, encuentra su sentido en el determinismo programático tan típico del director de «Alps». Si no hay escapatoria para los personajes, es por exigencias de un guión que, en sus esencias, redactó el mismísimo Eurípides y que Lanthimos sabe convertir en un auténtico cuento de horror sobre la imposibilidad del libre albedrío. Así las cosas, el contenido alegórico del filme, que podría emparentarlo con el «Teorema» de Pasolini en su crítica a las hipocresías de la burguesía (esa clase social que piensa, como en el «Caché» de Haneke, que puede salir indemne del crimen más atroz) y su ataque contra la impotencia endémica del patriarcado, se adelgaza a medida que avanza el metraje para que gane terreno el cine de género puro y duro. Es inevitable que el rigor formal con que Lanthimos dispone los elementos de esta fábula cruel nos recuerde al Kubrick de «El resplandor» y «Eyes Wide Shut». Sin abandonar algunos de sus más reconocibles rasgos de estilo –sobre todo, en la dirección de actores y el automatismo, entre ausente y perturbador, con que recitan los diálogos–, la película despliega su maldición entre simetrías espaciales y movimientos de cámara siniestros, capaces de transformar cualquier gesto en un síntoma de que lo peor que está por llegar. Siendo fría, abrumadoramente clínica, severa como una institutriz consigue atrapar al espectador como si éste no supiera qué le espera al final del camino. Como si las lágrimas de sangre y las piernas paralizadas no fueran suficiente para que supiéramos que no hay salvación para el pecador, sobre todo cuando el oráculo ha dictado sentencia para cumplirla paso a paso, sin dejarse ni una sola coma que nos preserve de los misterios de la vida.

LO MEJOR

La escena en que un diabólico Barry Keoghan dicta sentencia de muerte

LO PEOR

Que su cruel planteamiento se interprete como un ejercicio de provocación

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