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El olvidado pasado español de Alaska

  • A finales del siglo XVIII, España impulsó varias expediciones navales a las costas noroccidentales de América para frenar el avance ruso. Todavía hoy sobreviven en Alaska varios topónimos en español, los más septentrionales del planeta.

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El olvidado pasado español de Alaska

El mayor desastre ecológico de la historia de Estados Unidos dio una pista. El petrolero que en 1989 derramó al mar más de 40 millones de litros de crudo en las aguas del golfo de Alaska tenía apellido español: «Exxon Valdez». Merecidísimo, porque en Puerto Valdez mueren los 1.200 kilómetros de tubería del oleoducto TransAlaska, que abastece de crudo a estos gigantes de los mares.

Pero, ¿qué hace un topónimo en español en el lejano Gran Norte? No es el único. Basta echar una ojeada a los mapas para percatarse de que en Alaska sobreviven un puñado, los más septentrionales del mundo en nuestro idioma, testimonio de la olvidada presencia de navegantes y exploradores españoles hace más de dos siglos.

Alaska es, a finales del siglo XVIII, el canto del cisne de la exploración española de América. La efímera ocupación de este territorio hostil –amparada desde 1493 en la bula Inter Caetera de Alejandro VI, que arbitraba la expansión española y portuguesa en el Nuevo Mundo– es una de las páginas más desconocidas de nuestra historia. Un nombre descuella por encima de todos: el del leridano Salvador Fidalgo (nacido en Seo de Urgel en 1756), que fue quien, en junio de 1590, bautizó Puerto Valdez y Cordova por encima del paralelo 60º Norte.

El Virreinato de Nueva España extendió sus dominios desde México hasta el sur de los actuales Estados Unidos. En el último cuarto del siglo XVIII, una España menguante empezó a mirar hacia el Gran Norte acuciada por el expansionismo británico y ruso. Comisionado por el virrey Juan Antonio Bucareli, el mallorquín Juan Pérez abrió el camino en 1774, alcanzando los límites meridionales de la actual Alaska, descubriendo el puerto de San Lorenzo –rebautizado cuatro años después como Nootka por el capitán James Cook– y la isla de Vancouver, que creyó parte del continente, en lo que hoy es la Columbia británica.

Bodega y Cuadra, en sendos viajes en 1775 y 1779, llegó a alcanzar los 58º de latitud Norte, apuntalando las reclamaciones de soberanía española sobre las costas septentrionales del viejo continente. Pero fue el sevillano Esteban José Martínez quien, por orden del virrey de Nueva España, tomó posesión de Nutka (actual Nootka) en nombre de la Corona, fundando el fuerte de San Miguel, donde ondeó la bandera española hasta abril de 1795, un año después de que Carlos IV cediese ante Inglaterra y ordenase la definitiva retirada española de Alaska.

Por Nutka pasó, en agosto de 1791, el navegante italiano Alejandro Malaspina, en su célebre viaje de exploración alrededor del mundo al servicio de la Corona española. «Puede imaginarse –escribió– cuál sensación nos haría el ver poco después tremolar la bandera nacional en un altito inmediato a la punta sur».

Es entonces cuando entra en escena Fidalgo. El 3 de febrero de 1790 zarpa del puerto de San Blas –base de las expediciones españolas al Pacífico Noroccidental por obra y gracia del visitador de Nueva España José de Gálvez– una flota con tres embarcaciones comandada por el teniente de navío Francisco de Elisa con el objetivo de realizar el «escrupuloso reconocimiento del Príncipe Guillermo y la Rivera de Cook» para comprobar si en aquellos dominios «se hayan establecido los rusos».

Fidalgo, que estaba al mando del paquebote «San Carlos», escribió un diario de la expedición, único testimonio escrito de la misión, que se conserva en el Museo Naval de Madrid. La flotilla avistó el 24 de marzo la costa norte del puerto de Nutka que, tras superar un fuerte temporal, alcanzó «no habiendo encontrado embarcación en el puerto ni visto en la navegación».

Toma de posesión del territorio

Reforzada la bocana con una batería de artillería, Fidalgo continuó la travesía hasta desembarcar en la costa de las islas del Príncipe Guillermo el 24 de mayo. De los rusos seguía sin haber ni rastro. Tras explorar la costa, el 3 de junio tomó posesión del territorio en nombre de la Corona española y bautizó la ensenada como bahía de Córdova (a 60º de latitud Norte) en homenaje a Luis de Córdova, capitán general de la Armada. Cuatro días después, hizo lo propio en la ensenada de Menendes. Hoy en día, Puerto Cordova aún sobrevive en los mapas como uno de los topónimos en español más septentrionales del mundo.

Fidalgo prosiguió hacia el norte «deseoso de reconocer sus límites» y fue tomando posesión de la costa y dejando un reguero de topónimos españoles que ya se han perdido en los puertos de Gravina (capitán general de la Armada), Mazarredo (por José de Mazarredo, teniente general de la Armada) y Revilla Gigedo (en honor del virrey de Nueva España que ordenó la expedición).

Poco dado al egocentrismo (pese a que en su diario casi siempre usa la primera persona), se conformó con dar su nombre a «un volcán de nieve» situado a nivel del mar que despedía «con un ruido estrepitoso, como de truenos, pedazos de nieve del tamaño de una lancha». Pero, sin embargo, cuatro años después George Vancouver navegó por esas mismas aguas y rebautizó Puerto Mazarredo como Puerto Fidalgo, nombre que todavía subsiste en reconocimiento a los méritos del marino leridano.

También sobrevive el topónimo de Puerto Valdez, bautizado también por Fidalgo el 15 de junio de 1790 (en reconocimiento al ministro de Marina Antonio Valdés), y de cuyo municipio el petrolero del desastre ecológico adoptó el apellido. La vieja ciudad de Valdez fue arrasada por un terremoto en 1964 y el actual municipio se levantó seis kilómetros al oeste, en la costa norte de la bahía. Situado a 490 kilómetros de Anchorange, Valdez prosperó al calor del petróleo en la década de los 70, cuando se construyó el oleoducto.

Concluida días después la exploración en Príncipe Guillermo, Fidalgo retornó hacia el sur, donde finalmente advirtió la presencia de destacamentos balleneros rusos en la Rivera de Cook. Armados con fusiles y pistolas resistían como podían las acometidas de los indígenas, que unos días antes de su llegada habían matado a tres rusos. Fidalgo averiguó que pertenecían a una empresa de San Petersburgo establecida en Alaska desde hacía tres años. De mayo a finales de agosto se dedicaban a la pesca de nutrias, lobos marinos y ballenas. Y el resto del año lo empleaban cazando osos y ciervos para el comercio de pieles.

Fidalgo se topó el 15 de agosto con otro destacamento ruso con 200 marineros en la Isla Codia (Kodiak Island), asentado allí dese 1785. «Conseguidas todas las noticias relativas a los rusos como punto más esencial de mi comisión», pusieron rumbo al puerto de Nutka, pero un fuerte temporal les impidió atracar allí y continuaron hasta Monterrey primero y hasta el puerto de San Blas, después, donde llegaron el 13 de noviembre, nueve meses después del comienzo de la expedición. Nueve meses en los que el intrépido marinero sembró la costa occidental de Alaska de topónimos españoles. Sus esfuerzos, sin embargo, resultarían estériles, pues cuando aún no había concluido su viaje, en octubre de 790, España rubricaba la primera de las convenciones de Nutka, que en enero de 1794 culminaron con la renuncia al territorio en favor de Inglaterra y, en definitiva, al sueño del maltrecho imperio de mantener el dominio español de la costa oeste de América desde Alaska a Tierra de Fuego.

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Valdez, herencia de un leridano

La ciudad de Valdez, en Alaska debe su nombre a un leridano, Salvador Fidalgo. El marino español bautizó Puerto Valdez durante su expedición de 1791 por orden del virrey de Nueva España (bajo estas líneas, plano del teniente de navío Francisco de Elisa, que comandaba la expedición) para frenar el avance ruso en el territorio. Fidalgo se conformó con dar su nombre a un volcán, pero posteriormente George Vancouver rebautizó como Puerto Fidalgo, nombre que aún subsiste, que el marino leridano había bautizado cuatro años antes como Puerto Mazarredo, en memoria del teniente general de la Armada.

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«No vimos nada del legado español»

Alicia Sornosa (en la imagen), la primera mujer española en dar la vuelta al mundo en moto, llegó a Valdez en agosto de 2011. «Preguntamos por el legado español y nos interesamos por saber si quedaba algo de nuestra presencia allí, pero no vimos nada que nos recordara la herencia española», explica a LA RAZÓN. «Del antiguo pueblo de Valdez, que fue destruido, sólo quedan algunas maderas del muelle», cuenta. Sornosa, sin embargo, sí homenajeó la memoria española en Alaska en sus 76.000 kilómetros alrededor del mundo en su BMW. Bautizó a su moto como «Descubierta», una de las corbetas con las que arribó a estas costas Malaspina. «A Cordova no llegué, pues con la moto era difícil y había que ir en helicóptero o en barco», explica la aventurera.

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