lunes, 01 mayo 2017
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Los grandes «excéntricos» ingleses toman las librerías

  • Las editoriales recuperan los mejores autores de la rareza británica

BARCELONA- Los ingleses son tan educados que no hay ni uno loco, nunca, si acaso excéntricos. En realidad, están como una cabra, pero una cabra culta, aristocrática y con tanto tiempo libre, que son capaces de hacer cosas tan raras como dormir con jirafas y que quede poético. Lord Byron, por ejemplo, enterró a su perro Boatswain en el altar mayor de la  abadía de Newstead. Ningún familiar del perro vino a visitarlo, quizá no eran religiosos, pero el poeta se quedó tan pancho.

Una larga tradición
La tradición de estos estetas ingleses con un tornillo suelto es larga y tiene entre sus miembros a grandes escritores. Algunos consiguieron que su excentricidad sepultase su gran talento. Este es el caso de Lord Berners, cuyo nombre real era Gerald Tywhitt-Wilson. En su legendaria mansión de Faringdon, porque lo que diferencia a un loco de un excéntrico es que el segundo vive en una mansión,  se dedicó a pintar de colores a palomas domésticas, tomaba el té con una jirafa que supongo le daba la razón en todo lo que le decía y se paseaba por su jardín con una cotorra con un bombín tan grande que parecía que el sombrero se movía solo. El personaje era tan divertido que su médico se negaba a cobrarle porque su compañía era la bomba.

La editorial La Bestia Equilátera recupera «El Camello», una de sus mejores novelas. En una vicaría de un pueblo de la campiña inglesa, el pastor se despierta una mañana y encuentra un camello en la puerta. La aparición del animal conmocionará a todo el pueblo, y más cuando empiece a robar abrigos de pieles, desenterrar perros muertos y recoger orquídeas de un invernadero. La novela es una joya que enamoró a gente como Dalí y Dalí era uno de esos que se ponen huevos en la cabeza, así que tampoco es muy extraño. «Nunca he buscado explicarme a mí mismo por qué me gustan ciertas cosas. Debo recordar que soy un victoriano, y los buenos victorianos nunca analizaban sus motivos», afirmaba este lord que fascinó de Nancy Mitford a Evelyn Waugh.

Otro excéntrico sin motivos, pero a la inversa, más concéntrico que excéntrico, fue Logan Pearsall Smith. Representa la figura del señorito finolis para que el barro mancha y las mujeres huelen y prefiere encerrarse en casa a ensimismarse con la belleza de las palabras. Pasaba largas temporadas en su casa del barrio londinense de Chelsea. Luego pasaba otros meses en su mansión, sí, otra mansión, en la campiña para ver florecer las buddelias. Perfeccionista, maniático, el súmmum de la elegancia, aseguraba que el sexo y la religión eran placeres absurdos y como los decadentes creía que la vida era una vulgaridad burguesa y que para eso tenía a los criados. La editorial Trabe publica «Todas las trivialidades», una colección de sus apuntes, reflexiones y aforismos que no tienen desperdicio. «No soy un simple pensador, una criatura de sueños e imaginaciones. Pago facturas, envío caartas, compro cordones nuevos para mis botas y se los pongo. Y cuando salgo a que me corten el pelo lo hago con el férreo rostro de los Césares y Napoleones cuyas pisadas hacen temblar la tierra», escribe con ironía Smith.

Aunque los reyes de la excentricidad son la familia Sitwell, liderados por Edith que en «Excéntricos ingleses» (Lumen) pone sobre la pista de los personajes más raros de toda Inglaterra de principios del siglo XX. Ella era una mujer desgarbada, de 1.83 metros de altura, que andaba siempre encorvada, vistiendo túnicas llenas de color que hacían creer a todo el mundo que era una cacatúa gigante. Como murió en 1964 no se puede comprobar ahora si era o no una cacatúa. Su padre, sir George, era un jardinero brillante que mataba a las avispas a disparos. Le gustaban tanto los libros que tenía siete librerías en casa y sólo un lavabo. Al menos no leía en el lavabo. Lo que sí hacía era pintar a sus vacas con arábicos chinos para que tuviesen mejor aspecto. Está claro que los animales odian a los excéntricos.

La lista de escritores ingleses con ciertas peculiaridades es larguísima, de Julian Maclaren Ross, ese borracho encantador, del que Lumen recuperó «De amor y hambre» a humoristas como F. Anstey o Max Beerbohm.

 

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