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Alfonso Ussía

El conde de Manacor

La Razón
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He leído la «Carta Abierta al Rey» que firma mi viejo amigo Javier Jiménez-Ontiveros, con el que coincidí muchos años en ABC. La carta se ha publicado aquí, en La Razón, y es una solicitud de concesión de un título nobiliario a Rafael Nadal. El título nobiliario, además de un reconocimiento Real a un personaje excepcional, es un valor cultural. La concesión de un título depende exclusivamente de la voluntad del Rey, que no tiene que dar cuentas a nadie. Abundan los españoles con méritos sobrados para ingresar nominalmente en la nobleza, del mismo modo que existen nobles con un bagaje de deslealtades e indignidades merecedoras de una ejemplar revocación de sus títulos. Husmeo por el nordeste de España, me topo con la maravillosa ciudad de Barcelona, y ahí me encuentro con alguno de los que han mancillado su Grandeza de España colaborando con los destructores de España, lo cual carece de sentido.

No es acción recomendable pedir títulos al Rey, aunque en el caso de Rafael Nadal la petición esté plenamente justificada. Por otra parte, Jiménez-Ontiveros nada solicita para él, sino para un español rotundo y ejemplar que cuenta –porque se lo ha ganado a pulso–, con el cariño y la gratitud de millones de españoles. Se acumulan en Rafael Nadal los méritos deportivos y cívicos, siempre en beneficio del prestigio de España, para ingresar de lleno en la nobleza, que necesita de una renovación para no quedar estancada en la innecesariedad del mero esnobismo. Ahí están Rafael Nadal, y Plácido Domingo, y los empresarios que han creado decenas de miles de puestos de trabajo. Un título nobiliario es mucho más que un reclamo para reservar mesas en los restaurantes. Es una responsabilidad cultural, un depósito de la costumbre que exige lealtad, dignidad y ejemplaridad. Nadal lo tiene todo. Es la cima no superada de la Historia del deporte español. Si yo fuera el Rey, que por fortuna es pesadilla imposible, no lo dudaría. En el caso de Nadal, de Plácido Domingo, de los creadores de puestos de trabajo, de grandes médicos y científicos, que a Dios gracias, ahí están . El Rey no parece tan proclive a los reconocimientos nobiliarios como Don Juan Carlos I. No debe equivocarse. La concesión de un título nobiliario no hace a la Corona más vieja, sino más viva y pujante. En toda generación de españoles los hay que merecen situarse en los espacios de la nobleza como referencia de ejemplaridad y dignidad. Así, que jugando con la posible impertinencia, me permito figurarme al conde de Manacor, o marqués o duque. Y en el caso de Plácido Domingo, al conde de Igueldo, en recuerdo de sus raíces maternas donostiarras. Muchos militares, que han entregado toda su vida al brillante servicio por España y los españoles serían dignísimos miembros de la nobleza. Es más, mi propuesta al Rey va más allá de la concesión de un título a quienes lo merecen. Alcanza la posibilidad de revocar más de uno, cuyos actuales titulares han decepcionado y ensuciado a sus antepasados y humillado la confianza de quien los ennobleció. Intuyo una negativa influencia en la Corona contra la nobleza. Además, está establecida la concesión de títulos vitalicios, no hereditarios, que rebajarían el riesgo de herederos desleales. No es más moderna una Monarquía por no conceder nuevos títulos. Es, simplemente, más acomplejada. Al fin y al cabo, cuando el Rey concede un título nobiliario justo y merecido, premia a toda la sociedad.

En la Historia de España se han concedido títulos a héroes, grandes guerreros, benefactores y personajes ejemplares. La nobleza rústica tuvo que aceptar desde finales de siglo XIX a la nobleza empresarial o económica. Y también se ha ennoblecido a figurantes de la Historia, por endulzar cuernos, compartir lechos Reales o por hechos irrelevantes premiados por la exclusiva competencia del Rey. La concesión de un título no depende del Gobierno, ni del Parlamento, ni de la aprobación de los sindicatos. Se trata de una iniciativa personal del Rey, que asume la responsabilidad única de la concesión. Sería muy conveniente que el Rey abriera un poco el camino de la tradición del premio, del reconocimiento.

Lo hizo su padre, Don Juan Carlos I, con Cela, con Vargas Llosa, con Antonio Mingote, con políticos de la transición y con empresarios de honestidad probada. Lo hizo con un entrenador de fútbol. Bien merecen Rafael Nadal y Plácido Domingo, dos españoles universales, la dignidad nominal que sólo el Rey puede proporcionarles. Para mí, el conde de Manacor y el conde de Igueldo, inyección de méritos auténticos para una nobleza elegantemente anquilosada.