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Oliver Stone

Tiempo de lectura 4 min.

26 de junio de 2017. 22:18h

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Hay un hombre que empata el asesinato de John Fitzgerald Kennedy con los abdominales de Vladimir Putin. Responde al nombre de Oliver Stone. Hubo un tiempo en que dedicó sus afanes al cine. Concretamente a la ficción. Su JFK inauguró la posverdad mucho antes de que las hordas tuiteras masajearan el ego general con noticias cribadas por algoritmos. A Stone le disculpa la evidencia de que aquello, aquella basura, era ficción, pero su tesis relucía como un diamante en el escaparate de Tiffany & Co. A saber, que hay poderes ocultos, maniobras orquestales en la sombra y gente terrible, malísima, que gobierna y decide quién muere y quién mata, quién ríe y quién llora, quién pasa el cepillo al césped y quien retoza sobre la tumbona con un puro en los labios al mejor estilo del Ebenezer Scrooge ideado por Charles Dickens. Como Stone bien sabe, no hay Espíritu de la Navidad pasada, presente o futura, así que decidió que él y no otro ejercería el ingrato rol de sacudir conciencias. Un mesianismo similar al de Michael Moore, pero en su caso directamente entregado a los napoleoncitos de países con pulsiones antidemocráticas. Normal que de tanto creer en expedientes X y geopolítica cocinada en Mórdor acabara por enamorarse de Fidel Castro y glorificar a Chávez. Se había especializado en revolucionarios con fondo de armario nacionalista y nulo aprecio por los derechos humanos, el pluralismo y etc. Lo suyo era similar a las patochadas de un Ernesto Giménez Caballero o al Sartre maoísta pero, obvio, sin la involuntaria vis cómica del primero ni el talento del segundo para radiografiar el alma humana al tiempo que contemporizaba con uno de los tres grandes genocidas del siglo XX.

Cosas de la Guerra Fría y su muy demenciado trastorno bipolar, que parecía obligar a tomar partido por una serie de hijos de puta enfrentados y, a la postre, indistinguibles en su pasión por los campos de concentración, la tortura y las ejecuciones sumarísimas y en masa. Pues bien, estos días, en la televisión de EE UU Stone ha estrenado una serie de cuatro capítulos consagrada a entrevistar a Putin. Decir que estamos ante un ejercicio de periodismo viciado sería ingenuo. El publirreportaje que le ha regalado al siniestro ex agente del KGB raya en lo criminal. Por aburrido y, sobre todo, por infecto. Un continuo y fatigoso ejercicio de adoración que por momentos parece sorprender al propio Putin, asombrado por el fogueo con que dispara el yanqui.

Desde luego que así de fácil no se lo ponen los periodistas díscolos a los que de cuando en cuando, ya saben, toca pintar de verde plutonio. A Stone, en su viaje al fin de la noche, no le cabe la coartada de quebrantar el poder de los imperios coloniales y blablablá: no quedan. Stone, instalado en el siglo XXI y agasajado por tiranos de toda ralea, jamás podrá argüir el viscoso sonsonete del yo no sabía y del gulag me enteré por el telediario. En su caso patético, mendacidad y cinismo, ceguera e inmoralidad, cabalgan juntos. Qué tío.

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