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Nominalismos

Tiempo de lectura 4 min.

10 de junio de 2017. 23:43h

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José Jiménez Lozano 10/6/2017

El hecho es que, en estas fechas concretas, entiendo de lo que ocurre en el país bastante menos que hace quince días, y esto me ocurre con frecuencia desde hace algunos años. Por razones profesionales coincidía yo semanalmente con uno o dos de mis antiguos catedráticos de Derecho y les preguntaba irónicamente si era que algunos principios de éste ya habían caducado o no, pero me respondían que me esperase un poco y lo vería más claramente. Y ya entonces eran mucho más escépticos que yo sobre la deriva de los asuntos jurídicos y políticos. Y lo he recordado, por ejemplo, a propósito de esta ventolera de peligrosa intención de vindicta de la corrupción a la que se echa carnaza cada día, llevándose por delante la figura de la «imputación» que ha desaparecido, y el entierro práctico de la figura de «la presunción de inocencia». Y añadamos, a esto, las dudas sobre el recto ejercicio de su potestad por parte de todo juez o magistrado que no arremeta contra aquéllos a quienes se les señala por lo que se llama la opinión pública. Extraordinariamente reseñada ésta por escuchas ilegales o legales cuyo contenido se filtra y luego es explicitada públicamente por toda clase de gentes en ello interesadas, que instruyen juicio, dictan sentencia y guardan memoria como antaño se hacía con los sambenitos en las iglesias y las lobillas sobre el vestido. Desde los tiempos del malsín o de la ley de Lynch al del garantismo procesal hay un trecho largo y difícil, pero que no se puede afirmar que sea irreversible, de manera que la mínima debilidad en la defensa de esa distancia liquida rápidamente el edificio legal del Estado del Derecho o Estado que se ha dado leyes para la defensa del individuo frente a él mismo. Porque la experiencia muestra que malsinismo y linchamiento han conservado siempre un placer criminal para las masas que son agitadas y sacadas de sus casillas para el socavamiento y derribo, no ya de una situación de democracia, sino de una convivencia civilizada simplemente.

Pero la discusión de asuntos tan serios sacada a la calle nos muestra que la democracia entre nosotros siempre produce más filósofos, juristas, economistas y politólogos que príncipes hay en la Arabia Saudita, y hace tiempo que nos estamos encontrando con una tropa de gente de esta alta graduación en todos los saberes, que conoce los secretos de los sumarios, espía a media España por vía visual, auditiva o escrita, y atemoriza a la otra media con lo que así averigua. Es decir, que el claro presupuesto, sin el cual no hay democracia y que es la vigencia del Derecho encomendada a los jueces, es suplantado por el poder fáctico absoluto del que más vocee en la calle en una perpetua feria, y por cualquier banal motivo, o por ninguno.

Y hasta se habla de traición o de vender los comadreos y las opiniones por hechos, en este mundo nuestro que oscila entre el drama y el «vaudeville»; y la traición de secretos que podría sonar a algo terrible, ya es asunto que, como decía Mr. Philby, el distinguido espía británico que vendió los secretos de su país a los soviéticos, en estos tiempos ya sólo se toman en serio en las tragedias de Shakespeare. Porque, aunque el traicionado invoque los códigos del honor y de unas viejas «mores», éstas ya están totalmente obsoletas para las nuevas generaciones políticas, que han evolucionado bastante y como poco ofrecen la impresión de estar un poquito más liberadas de toda moral y hasta de la historia, y parecen más inclinadas y dispuestas a la excitante aventura de inventarse otra moral y otra historia más rentables. Y se nos dice que, ante el movimiento perpetuo del mundo, se produce una demanda social, que en nombre de los pueblos y otros abstractos por el estilo, exigen unos cuantos eximios y nominalistas caballeros, asegurándonos que ellos, además, pueden traer el progreso, la extinta modernidad y hasta la mismísima justicia en el bolsillo.

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