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La violencia de hijas hacia sus padres se acerca a la de los varones

Ya no es excepcional la agresión filio-parental de ellas hacia sus progenitores. Mientras años atrás, este tipo de violencia era protagonizada por los varones en un 70%, en la actualidad, la de ellas ya supone un 40% de las agresiones: un 33% más que antes. Son autoritarias en casa, pero dependientes con su novio

  • Una joven en la residencia Campus Unidos, en Brea del Tajo
    Una joven en la residencia Campus Unidos, en Brea del Tajo
Belén Tobalina Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

22 de octubre de 2017. 01:29h

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Belén Tobalina Madrid. 21/10/2017

Hasta hace unos años la violencia filio-parental era protagonizada en gran medida por ellos. Los porcentajes de los hijos que agredían a sus padres «era un 70 por ciento chicos y un 30% chicas». Hoy, en cambio, «estamos en un 60% ellos y un 40% ellas», según los datos facilitados por el psicólogo Javier Urra, presidente de honor de la Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filio-parental (Sevifip) y presidente de la Comisión Rectora del programa para padres e hijos en conflicto recURRA-GINSO, dirigido a hijos y progenitores en conflicto. Es decir, que la violencia ejercida por hijas menores hacia sus progenitores ha dejado ya de ser excepcional frente a la de los varones, al aumentar un 33,33 por ciento «en siete años respecto a la de ellos a nivel nacional».

«Este tipo de violencia va en aumento, categóricamente, y, además, empieza a una edad cada vez más corta. Es curioso que en el año 2016, la Fiscalía General del Estado concluyera que la delincuencia infanto-juvenil iba a menos, y, sin embargo, vaya a más la agresión hacia los padres y la violencia de género en estas edades».

Ya lo alertó hace unos meses el magistrado Florencio Izquierdo, del juzgado número 3 de Valencia: el aumento de violencia ejercida por hijas menores hacia sus padres se ha disparado a un 20 por ciento del total de este tipo de violencia intrafamiliar ascendente.

«El maltrato de hijas hacia sus padres ha dejado de ser excepcional como lo era hace algunos años», precisó el magistrado en relación a los casos registrados en Valencia, donde se registraron el año pasado 606 casos de violencia familiar ascendente, de los cuales 87 eran de menores de entre 12 y 14 años, 250 casos de menores de entre 14 y 16 años y 270 casos de menores de entre 16 y 18 años.

Pero, ¿a qué se debe? A pesar de que no se debe a un único factor, lo cierto es que «hay padres que no quieren o no saben imponer su autoridad. La legislación, a veces, no ayuda», afirma Urra. «La autoridad se ha diluido tanto en el caso de padres, como profesores o policías», añade este experto, que recuerda que «muchos padres se dejan chantajear por sus hijos y optan por intentar comprar a sus hijos».

También opina así Enrique García, director de Quality Psicólogos y profesor de Psicología de la Universidad Cardenal Cisneros: «La violencia filio-parental va en aumento. El problema que hay detrás es que no se están transmitiendo valores, el respeto a la autoridad... Además, no se está enseñando a los jóvenes a tolerar la frustración». Algo clave que ha de enseñarse desde bien pequeños para que puedan enfrentarse de forma positiva a las distintas situaciones –problemas y limitaciones– que se les presentarán a lo largo de la vida.

Esta incapacidad para tolerar la frustración provoca que «muchos jóvenes quieran lo que quieran y lo quieran ya. Y el problema es que nuestros hijos están aprendiendo a conseguir lo que quieren, primero desobedeciendo, después con muestras de rebeldía y finalmente por medio de la violencia», explica García.

Quizá esto explique por qué las denuncias por violencia filio-parental han pasado de 2.000 en 2006 a 10.000 una década después, según los datos de la popular Carmen Navarro, publicados el pasado mes de septiembre tras la Comisión de Sanidad y Servicios Sociales del Congreso en la que se dio el visto bueno para promover el estudio e investigación de la violencia filio-parental en España.

En el caso de ellas, García considera que «cada vez es más habitual que tomen como referencia un modelo machista».

«Al principio –prosigue– es violencia verbal, consiguen así lo que quieren o esta postura no tiene consecuencias negativas por lo que después pasan a tirar y romper objetos, un teléfono móvil, un jarrón, y si no se les contiene pueden derivar en algunos casos a ejercer la violencia física».

Lo curioso, destaca Urra, es que «hay chicas que son muy machistas y, sin embargo, muy dependientes de su pareja. Eso no se entiende. En casa son terriblemente independientes, imponen su autoridad, son machistas, insolidarias... y, en cambio, con el novio se hacen dependientes».

El caso «tipo» de violencia ejercida por las hijas bien podría ser el de una chica de 16 años que cuida su cuerpo, no se siente muy vinculada con los padres, desprecia a la madre, se relaciona con gente de más edad que ella, y tiene descontrol de horarios. Pero también hay casos de hijas que presentan algún trastorno de alimentación, por ejemplo, por lo que su problema psicológico deriva en este tipo de actos, explica Urra.

Ante esta escalada de violencia, que en el caso de ellas suele ser «más emocional que física y que es terriblemente machacante», los padres, prosigue el experto, «pueden acudir a un centro como Campos Unidos en la Comunidad de Madrid, o el de Cataluña, Comunidad Valenciana o País Vasco, o denunciar. Si acuden a Fiscalía el juez determinará si mandan o no a la joven a un reformatorio».

En el caso de los centros terapéuticos como el de Campus Unidos (900 65 65 65), en Brea del Tajo (Comunidad de Madrid), hay un mes y medio de espera. Cuando acude la familia «exploramos a los niños y a los padres y, tras hacerles la evaluación correspondiente, se determina si es un caso de ambulatorio al que tendrán que acudir una vez a la semana –para darles pautas– o residencial. En este segundo caso, ingresan sin móvil, ni ordenador, ni porros, ni alcohol y sí se hacen analíticas», precisa Urra.

Se trata de instaurar un orden, por lo que se les levanta a las siete de la mañana, tiene cuatro horas y media de clase, realizan actividades deportivas, hacen terapia de grupo, etcétera. Eso, los jóvenes. En el caso de los progenitores, acuden a terapias en grupo en Madrid y una vez al mes van al centro para que, con ayuda de un psicólogo, se ensamblen las relaciones de padres e hijos. A medida que el hijo mejora, al principio saldrá unas horas, después, su salida será de un día. El tratamiento terapéutico suele concluir «de media a los 10 meses y medio. Después se realiza un seguimiento durante el año posteriori a su salida. Con este método se logra en Campus Unidos un 70% de casos de éxito al año.

El tipo de familia varía: «El 45 por ciento de las familias son biparentales y el 49 por ciento monoparentales. Dentro de estas últimas, el 78 por ciento lo son por separación o divorcio, el 13 por ciento por soltería y el 9 por ciento por viudedad. El seis por ciento restante son familias reconstituidas», precisa el ex Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid respecto a los datos de Campos Unidos, un programa que se inició hace ya siete años y en el que trabajan educadores, psiquiatras, terapeutas ocupacionales, psicólogos, etcétera.

«El máximo de jóvenes que podemos tener es 96, que son los que tenemos exactamente», precisa. Preguntamos al experto qué caso o qué situación le ha llamado más la atención, y explica que «siempre que les pregunta a los hijos si creen que sus padres les quieren al principio callan y luego dicen ‘‘no sé’’, mientras que los padres afirman ‘‘sí, bueno a su manera’’. Es decir, quieren quererse tanto hijos como padres, el problema es que no saben cómo». «He visto llorar a todos los progenitores y a casi todos los hijos», concluye el experto.

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