martes, 27 junio 2017
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Un maestro recordado por sus valores

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Una inolvidable amistad de respeto y compañerismo era la que me unía a Iván, con el que tantas veces compartí cartel. Estuve presente en muchas tardes muy importantes para él, desde su primera tarde en Bogotá, en la que fui su padrino de confirmación de alternativa, hasta su última tarde en Bilbao. Pero también vivimos juntos otras de sus tardes gloriosas en Madrid y Sevilla. Ante todo era un torero que irradiaba un gran verdad y que consiguió cosas muy importantes en el toreo, aunque desgraciadamente todavía le quedaban muchas por conseguir. El toreo, en ocasiones es así de duro y de cruel. Por eso, sólo unas horas después de la trágica noticia, me encuentro desolado. Que un compañero pierda la vida ejerciendo su profesión, es algo que a todos los toreros nos deja terriblemente consternados. Fue el mensaje de un amigo el que me alertó de la gravísima cogida, pero en esos momentos de incertidumbre te aferras a la esperanza y el optimismo. Hasta que varios minutos después, preocupándome por el estado de Iván a través de los medios de comunicación, me enteré del irreparable desenlace. Ha sido un golpe durísimo para todos, Iván siempre fue un torero respetado por sus valores. En un día como hoy me apena muchísimo su pérdida y el dolor que estará sufriendo su familia. Pero también, hoy me entristece más que nunca que cuando no salen las cosas en la plaza los toreros seamos los primeros señalados e increpados, sin saber o sin darse cuenta de que los que nos ponemos delante de la cara del toro, somos los únicos que sufrimos las verdaderas consecuencias de esta profesión. Porque nosotros, aparte del toro, somos los verdaderos protagonistas de esta fiesta, los que nos jugamos la vida cada tarde y a los que en tantas ocasiones se nos falta el respeto. Y al decir esto, me estoy refiriendo a todo el entorno del toreo y, cuando digo todo, es todo. No sólo me refiero a ciertos sectores de la afición, sino especialmente a aquellos que incluso viviendo del toro, parecen no darse cuenta de que los que realmente nos jugamos la vida somos nosotros, los toreros.

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