Client Challenge

Espacio Misterio

¿Existen los vampiros psíquicos?

La Golden Dawn ayuda a identificar si podemos ser víctimas de un drenaje de fuerza vital

Vampirismo psíquico o cansancio
Vampirismo psíquico o cansancioEspacio Misterio

Dentro del amplio inventario de lo inexplicable, pocos fenómenos resultan tan habituales y, al mismo tiempo, tan profundamente destructivos como el llamado vampirismo psíquico. No se trata aquí de criaturas nocturnas ni de colmillos manchados de sangre, sino de una anomalía energética descrita por múltiples corrientes esotéricas y por ciertas aproximaciones al estudio de la psique humana. Hablamos de individuos que, de manera consciente o no, parecen absorber la vitalidad de quienes los rodean, dejando a su paso cansancio extremo, niebla mental y una inquietante sensación de vacío interior. La ciencia académica suele clasificar estos episodios como estrés acumulado o relaciones interpersonales disfuncionales, pero quienes han sentido este drenaje en carne propia saben que esas categorías no alcanzan a explicar la intensidad ni la persistencia del fenómeno. ¿Cabe la posibilidad de que estemos ante un intercambio energético real, ajeno a los instrumentos de medición convencionales?

Client Challenge

En la exploración de estas fuerzas que operan fuera del foco oficial, pocos nombres resultan tan influyentes como el de Dion Fortune. La reconocida ocultista, vinculada a la Golden Dawn, no se limitó a especular, sino que abordó el problema de forma sistemática en su obra Análisis de la naturaleza de un ataque psíquico. En ella, describió una realidad que la ciencia moderna ha preferido ignorar. Fortune fue una de las primeras en sostener que el agotamiento tras ciertas interacciones no es fruto de la sugestión, sino la consecuencia de una alteración concreta en el plano astral. Según sus investigaciones, existirían parásitos de naturaleza no física que se adhieren al aura humana para extraer energía vital, comportándose como auténticos depredadores invisibles dentro de un ecosistema que no percibimos, pero que condiciona profundamente nuestra existencia. ¿Estamos ante una fauna oculta cuya mera hipótesis resulta demasiado incómoda para el relato académico dominante?

Lo más perturbador de las tesis de Fortune no es solo la existencia de estas entidades externas, sino su advertencia acerca del vampirismo psíquico involuntario. Según la autora, personas muy cercanas —parejas, familiares, amistades— pueden convertirse en auténticos sumideros energéticos sin ser conscientes de ello. El desgaste que provocan puede ser tan intenso que la víctima comienza a manifestar síntomas físicos tangibles, debilitándose progresivamente hasta caer en estados graves de enfermedad o, en situaciones extremas, en la muerte. La pregunta que se desprende de esta idea es demoledora: si el afecto y la intimidad pueden actuar como canales para este drenaje, ¿cómo distinguir el amor del peligro sin condenarnos al aislamiento?

Ante un escenario así, la protección deja de ser una cuestión de creencias y se convierte en un asunto de supervivencia psíquica. Fortune y otros investigadores del ámbito paranormal coinciden en que el primer paso es identificar el vínculo —el cordón invisible— que conecta al vampiro con su fuente de energía. Allí donde la psicología tradicional hablaría de dependencia emocional, el estudio de lo oculto describe una transferencia energética real que deja marcas en el cuerpo sutil. Se mencionan técnicas de sellado del aura y la necesidad de preservar una coherencia emocional que impida a estos parásitos —sean entidades o personas— encontrar una grieta por la que alimentarse. Sin embargo, la ausencia de protocolos oficiales para este tipo de agresiones nos sitúa en una posición de absoluta indefensión frente a un fenómeno que no reconoce límites físicos ni legales.

Otro elemento clave del blindaje psíquico es la gestión de las emociones. El vampiro prospera allí donde hay culpa, compasión desbordada o ira sostenida; emociones que funcionan como llaves maestras. Aprender a detectar el descenso brusco de nuestra energía tras interactuar con determinadas personas resulta esencial. Aun así, las instituciones de salud mental rara vez contemplan la posibilidad de agentes parasitarios operando en planos no materiales. Esto nos obliga a preguntarnos si la verdad oficial está eludiendo deliberadamente una amenaza real simplemente porque no puede cuantificarse ni observarse en un laboratorio. Si la energía no se crea ni se destruye, sino que se transforma, ¿dónde acaba exactamente la que perdemos tras una conversación aparentemente trivial?

En última instancia, defenderse del vampirismo psíquico exige una combinación delicada de escepticismo y apertura hacia lo invisible. Desde el empleo de elementos conductores como el agua salada para eliminar residuos energéticos, hasta el silencio consciente como forma de refugio, las estrategias son diversas, pero ninguna resulta eficaz si se desconoce la naturaleza del atacante.

Este fenómeno nos obliga a replantear no solo nuestras relaciones, sino también nuestra concepción del ser humano. Si aceptamos que somos algo más que un conjunto de órganos y procesos químicos, debemos aceptar también la existencia de depredadores adaptados a esa dimensión sutil. El discurso oficial insiste en que estamos solos dentro de nuestra mente, pero las crónicas de la Golden Dawn y los testimonios de innumerables afectados sugieren que formamos parte de una cadena alimenticia mucho más compleja y sombría. ¿Es el agotamiento crónico que define a la sociedad contemporánea una simple consecuencia del estrés… o estamos ante una epidemia silenciosa de vampirismo psíquico que nadie se atreve a nombrar?