Sociedad
El Santo Potajero llena de tradición y sabor las calles de La Bañeza (León)
Los niños de la Cofradía Nuestra Señora de las Angustias y Soledad pujan a un pequeño Nazareno en una procesión de Interés Turístico Provincial que reparte más de 4.500 raciones de potaje
La Cofradía Nuestra Señora de las Angustias y Soledad de La Bañeza, arropada por miles de personas que llenaron las calles, entonaron un Miércoles Santo más el cántico “Santo potajero, lléname el puchero; llénamelo más, que está por la mitad”, para revivir una de las tradiciones más entrañables y peculiares de la Semana Santa leonesa, la del ‘Santo Potajero’, que llenó de tradición y sabor la localidad.
Los niños protagonistas de la procesión, con la pequeña imagen del Nazareno a sus hombros, partieron, como cada año, de la capilla de Nuestra Señora de las Angustias y la Soledad para recorrer las calles que la separan de la iglesia de El Salvador y, finalmente, regresar al lugar de origen, donde los asistentes se agolpaban a la espera de recibir el tradicional potaje de garbanzos y arroz, que además se acompaña de pan, porretas, pastas y naranjas.
Para la elaboración de las aproximadamente 4.500 raciones que se repartieron de forma gratuita, la Cofradía emplea cada año unos 325 kilos de garbanzos, 80 de arroz, 300 de bacalao, 120 de porretas, 15 kilos de pimentón y otros tantos de ajos, así como 160 litros de aceite, 50 kilos de pastas, 400 de naranjas y 300 barras de pan.
El acto está declarado de Interés Turístico Provincial y en esta edición contó con la participación del delegado territorial de la Junta, Eduardo Diego, y el vicepresidente primero de la Diputación de León y encargado de Productos de León, Roberto Aller, que, acompañados del alcalde de La Bañeza, Javier Carrera, presidieron la comitiva institucional presente en la procesión, además de ser los encargados de repartir las primeras raciones.
El origen de la tradición se remonta al siglo XVII, cuando se creó la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad, que repartía un caldo exclusivamente a los presos pobres de la cárcel. La Cofradía se encargaba de asumir los gastos y, en el supuesto de que no tuviera fondos, era el juez de la entidad el encargado de pagar de su bolsillo el desembolso que generara el potaje. Además, el juez debía desplazarse a la cárcel para contar el número exacto de comensales y preparar así la cantidad necesaria. Posteriormente se amplió el reparto a doce pobres de la localidad, que debían estar confesados y comulgados para recibir el potaje.