Política
ERC, lejos de "recoser" sus fracturas internas
Junqueras suma victorias políticas mientras el partido sigue dividido por la financiación, los pactos y la estrategia
Cuando Oriol Junqueras revalidó su liderazgo al frente de Esquerra Republicana en el congreso de diciembre de 2024, lo hizo con un objetivo político muy concreto: reconstruir la unidad interna de un partido exhausto tras tiempo de enfrentamientos soterrados, derrotas electorales y pérdida de influencia institucional. El proceso congresual había expuesto sin ambages una ERC partida, con una confrontación abierta entre junqueristas, roviristas y sectores emergentes como Foc Nou, todos ellos atravesados por un debate de fondo sobre la estrategia, el liderazgo y la relación con el poder.
Un año largo después, el balance ofrece una paradoja evidente. ERC parece hoy más fuerte hacia fuera, con capacidad de condicionar al Gobierno central y al Govern de la Generalitat como no lo hacía desde hace tiempo. Pero hacia dentro, las costuras siguen abiertas. Desde un punto de vista estrictamente político, Junqueras ha logrado anotar varias victorias relevantes. El acuerdo de financiación pactado con el Ejecutivo central, presentado por la dirección como un modelo “singular”, ha permitido a ERC situarse en el centro del debate territorial del Estado. A ello se suma el avance en el traspaso de Rodalies, con la constitución inminente de la empresa mixta que debe gestionar el servicio ferroviario.
Estos movimientos refuerzan la imagen de una ERC pragmática, capaz de traducir su influencia parlamentaria en acuerdos concretos, y explican por qué el partido empieza a mostrar signos de recuperación en algunas encuestas. En un escenario de fragmentación del independentismo, Esquerra vuelve a ocupar una posición central. Sin embargo, ese fortalecimiento externo no se ha traducido en cohesión interna.
Una facción contra el gran acuerdo
Una división se ha visibilizado precisamente con el acuerdo de financiación. El Colectiu ERC Primer d’Octubre, uno de los sectores más críticos con la dirección y abiertamente contrario a los pactos con el PSC, ha irrumpido con un comunicado que cuestiona de raíz el relato oficial del partido. Este colectivo —que intentó concurrir al proceso interno sin lograr las firmas necesarias— acusa a la cúpula de Junqueras de haber rebajado deliberadamente las expectativas y de haber presentado a la militancia un escenario que no se corresponde con el resultado final. A su juicio, el modelo pactado no supone una ruptura con el régimen común ni se aproxima a un concierto económico real, ya que la recaudación y el control efectivo siguen en manos del Estado.
La crítica no es solo técnica, sino política. El comunicado impugna el principal argumento con el que ERC justificó su apoyo a la investidura de Salvador Illa y reclama incluso una consulta interna que reabra el debate estratégico. Este discurso coincide casi punto por punto con el que sostiene Junts per Catalunya.
El debate estratégico
Más allá de la financiación, ERC sigue atrapada en un debate de fondo no resuelto desde el congreso. Por un lado, figuras como Gabriel Rufián y Joan Tardà defienden un giro decidido hacia la izquierda, con alianzas estables con otras fuerzas nacionalistas o soberanistas —CUP, Comuns, BNG, Compromís— y con la prioridad puesta en el eje social antes que en el estrictamente nacional.
Frente a esta visión, un sector significativo del partido teme que ese camino diluya la marca ERC, convirtiéndola en un actor más de un espacio de izquierdas amplio, pero desdibujado en su función de representación del independentismo. Para estos críticos, Esquerra debe seguir siendo un partido independentista de izquierdas, no una izquierda que ocasionalmente habla de independencia.
En este debate, Rufián se ha convertido en una figura especialmente controvertida. Su estilo personal, su autonomía discursiva, el uso habitual del castellano y la escasa centralidad del discurso independentista en sus intervenciones generan recelos en amplios sectores del partido, que lo perciben como un verso libre cuya lealtad orgánica a ERC no siempre es evidente.
A todo ello se suman los conflictos en las federaciones territoriales, donde la prometida “pax junquerista” ha naufragado. La crisis de la federación de Barcelona, con la dimisión en bloque de buena parte de su dirección, ha supuesto un desafío directo a la estrategia impulsada desde la cúpula nacional y, en particular, al liderazgo de Elisenda Alamany. Tarragona y Girona han vivido episodios similares, con derrotas de candidatos afines a la dirección y acusaciones cruzadas que evidencian que la fractura ya no se articula solo entre junqueristas y roviristas, sino entre oficialistas y críticos de un modelo de partido cada vez más centralizado y orientado a la alianza con PSC y Comuns.
Oriol Junqueras ha logrado devolver a ERC relevancia institucional y capacidad de influencia. Pero la promesa de “recoser” el partido sigue pendiente. El liderazgo se consolida hacia fuera, mientras hacia dentro siguen existiendo dudas sobre el rumbo estratégico, la relación con el PSC y el equilibrio entre izquierda e independentismo.