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Literatura

Un (in)completo diálogo epistolar entre poetas

Empúries publica en un libro las cartas cruzadas entre Salvador Espriu y Joan Vinyoli

El poeta Salvador Espriu La Razón

Los epistolarios tienen la virtud de que nos permiten mirar por el ojo de la cerradura y poder escuchar conversaciones privadas, en ocasiones, en exceso. Pero también no son pocas las veces que estas cartas, por muy privadas que sean, tienen una dimensión diferente porque son literatura, buena literatura. Eso es lo que sucede con un volumen que acaba de publicar Empúries bajo el cuidado de Natàlia Juan y Georgina Torra. Bajo el atractivo título de «No et molestis a contestar-me» se nos invita a saber más de la amistad entre dos figuras imponentes de la poesía catalana como son Salvador Espriu y Joan Vinyoli.

Por desgracia, el libro no es una mirada completa a estas dos voces porque una de ellas se encargó de ponérselo difícil a sus biógrafos futuros. Salvador Espriu se preocupó de destruir la correspondencia privada que recibió a lo largo de su vida, incluyendo la de Vinyoli. Esa ausencia queda de alguna manera compensada con los borradores conservados de algunas de las misivas que Vinyoli remitió al autor de «La pell de brau». De esta manera, el lector tiene en estas páginas cuarenta cartas de Espriu a Vinyoli, ocho de Espriu a Teresa Sastre –esposa de Vinyoli– y solamente siete de Vinyoli a Espriu.

Cabe decir que ambos poetas eran conscientes de que serían en el futuro material de estudio. Eso hizo que, en el caso de Vinyoli, pusiera al final de su vida orden a su imprescindible archivo, hoy conservado en la Universitat de Girona, algo diametralmente opuesto a lo que llevó a cabo Espriu.

Ambos se conocieron en 1935 cuando eran un par de veinteañeros y coincidieron en la casa del poeta Òscar Samsó. Sin embargo, Vinyoli ya había oído hablar de Espriu. Eso hace que la primera carta de la que se tiene noticia, hoy desaparecida, sea solicitando al poeta de Sinera un ejemplar de «Ariadna al laberint grotesc», pero Esrpiu aún no disponía de ejemplares.

Un par de años más tarde fue Vinyoli quien le hizo llegar a Esrpriu «Primer desenllaç», su primer libro de versos. Salvador Espriu valoraba en una carta que su hermana había valorado el libro por tener un instinto «fuera del oficio».

Quien fuera uno de los nombres imprescindibles en la vida y la obra de Espriu, como fue el mallorquín Bartomeu Rosselló-Pòrcel. Su prematura muerte fue un gran impacto para el poeta y no dudó en transmitir su sentimiento a Vinyoli cuando este le envió su pésame: «Era un noi generós, bondadós, intel·ligentíssim, cultíssim. I, si repasses bé els seus versos, veuràs que ha estat (és i serà, almenys per a nosaltres, veritat, amic Vinyoli?) un magnífic poeta».

Por cierto, Rosselló-Pòrcel acaba convirtiéndose en una pieza importante para entender el interés que Espriu sintió por la poesía de Vinyoli. Como dicen las responsables de la edición, es la admiración hacia «poetas elegidos». De hecho, Espriu identificó en Vinyoli algunas características propias de Rosselló-Pòrcel, como un «léxico esencial» y «l’abrandament», es decir, ese poner al fuego propio de la mejor poesía. De todas formas, el fallecimiento de Rosselló-Pòrcel también desembocó, en el caso de Espriu, en un giro en su propia obra literaria, al abandonar la prosa para dedicarse íntegramente a la poesía, como demostrará en 1946 con la publicación de «Cementiri de Sinera», un título imprescindible en producción lírica.

Todo ello son algunos ejemplos de los caminos por donde transcurre un epistolario que contiene parte de la pequeña gran historia de la literatura catalana, una puerta a que indaguemos en la poesía de estos dos autores.

Una de las muchas virtudes que tiene este libro es que nos ayuda a saber cómo se ayudaban los dos poetas, cómo se intercambiaban opiniones respecto a lo que tenían en aquellos momentos en sus respectivas mesas de trabajo. Entre 1947 y 1959, Vinyoli y Espriu trabajan a destajo y las cartas hacen visible que durante las últimas fases de producción se apoyaba el uno al otro. Tal vez era también una manera de salir de lo que consideraban como un «aislamiento» porque ambos se sentían solos en ese mundo cultural.