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Filosofía

“Prefiero tener preguntas que no puedan ser respondidas a respuestas que no puedan ser cuestionadas.” ¿Sabes a qué Nobel pertenece esta frase?

Ganó el Nobel de Física en 1965 por su contribución al desarrollo de la electrodinámica cuántica… Aunque se hizo "popular" por la música.

Una de sus pasiones, los bongos ra mcguirera mcguire

Richard Phillips Feynman nació en 1918, en Nueva York, en el seno de una familia judía de origen humilde. Su padre, Melville, no era científico, pero sí un narrador apasionado de la naturaleza. Le enseñó algo que marcaría toda su vida: no basta con saber el nombre de las cosas, hay que entender cómo funcionan. Aquellas conversaciones infantiles, más que los libros de texto, sembraron en Feynman una actitud que nunca abandonaría: la curiosidad irreverente.

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Fue un niño que desmontaba radios para ver qué había dentro y un joven que resolvía problemas matemáticos por puro placer. Estudió en el MIT y luego en Princeton, donde empezó a destacar por una inteligencia poco convencional. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en el Proyecto Manhattan, contribuyendo al desarrollo de la bomba atómica en Los Álamos. Aquella experiencia le dejó una mezcla de orgullo científico y desasosiego moral que nunca terminó de resolverse del todo.

Tras la guerra se convirtió en uno de los físicos más influyentes del siglo XX. Su contribución más famosa fue la reformulación de la electrodinámica cuántica, el marco teórico que describe cómo interactúan la luz y la materia. Por ese trabajo recibió el Premio Nobel de Física en 1965. Sus diagramas, unos dibujos sencillos pero comprensibles, que representaban interacciones entre partículas, revolucionaron la forma de calcular procesos cuánticos y democratizaron cálculos que antes eran casi inabordables.

Su popularidad no se debió únicamente a sus descubrimientos, sino a su forma de pensar. Feynman desconfiaba del prestigio vacío y del lenguaje que impresiona pero no explica. Creía que la ciencia no era un conjunto de respuestas definitivas, sino un método para formular mejores preguntas.

Un ejemplo de ello fueron sus informes vinculados al desastre del Challenger, el transbordador espacial que explotó apenas 70 segundos después de su lanzamiento, en 1986. Fue él quien demostró que el material utilizado en las juntas se vuelve menos resistente en climas fríos y lo hizo con un experimento que todo el mundo comprendió, poniendo en evidencia la desconexión entre los ingenieros y ejecutivos de la NASA. Algo que cambió para siempre el futuro de la agencia. Feynman "simplemente" y ante las cámaras, sumergió una junta en agua helada para demostrar de forma sencilla el fallo técnico que había provocado la tragedia. Tenía esa capacidad rara de traducir lo complejo en algo tangible.

Ese mismo espíritu es el que lo llevó a afirmar: “Preferiría tener preguntas que no puedan ser respondidas antes que respuestas que no puedan ser cuestionadas". En el terreno científico, la frase es casi un manifiesto. La ciencia avanza porque nada está blindado. Toda teoría, incluso la más sólida, está abierta a revisión si aparecen nuevos datos. Una respuesta que no puede ser cuestionada deja de ser científica y se convierte en dogma. Para Feynman, el verdadero peligro no era la ignorancia, sino la ilusión de certeza.

Pero la frase va más allá del laboratorio. En la vida cotidiana también enfrentamos esa tensión entre seguridad y duda. Las respuestas incuestionables pueden ofrecer consuelo: simplifican el mundo, ordenan el caos, reducen la incertidumbre. Sin embargo, suelen tener un precio. Cuando dejamos de cuestionar, dejamos de aprender. Las preguntas sin respuesta, en cambio, pueden resultar incómodas. Nos obligan a convivir con la incertidumbre, a aceptar que no todo está bajo control. Pero también mantienen viva la curiosidad.

Feynman defendía el “placer de descubrir”, esa sensación de asombro ante lo que no sabemos todavía. Para él, vivir con preguntas abiertas no era una carencia, sino una forma más honesta de estar en el mundo. Prefería un universo lleno de incógnitas explorables a uno cerrado por certezas inamovibles.

En tiempos de sobreinformación y opiniones rotundas, su frase suena casi provocadora. Así, el mismo científico que ayudó a entender cómo interactúan los fotones y los electrones, también nos enseñó el futuro: tenemos acceso a casi todas las respuestas en la palma de la mano (léase un móvil), pero debemos estimular la capacidad de hacernos nuevas preguntas.