Estreno
Crítica de "Historias del buen valle": un western en construcción ★★★★ 1/2
Dirección y guion: José Luis Guerín. Intervienen: los habitantes del barrio de Vallbona. Música: Anahit Simonian. Fotografía: Alicia Almiñana. España, 2025. Duración: 122 minutos.
Más allá de la autopista, parece erigirse un poblado comanche. El riachuelo y las vías del tren lo separan de la gran urbe, pero a lo lejos, de noche, las luces desenfocadas de las farolas, el brillo de la televisión en las ventanas, las siluetas que imaginamos, configuran una pequeña comunidad de resistencia, como en un viejo western proyectado hacia el futuro. El barrio de Vallbona, que limita al norte de Barcelona con el de Torre Baró, que no está ni tan lejos del cementerio de Collserola ni tan cerca de las ruinas de la fábrica de cemento que da la bienvenida a los coches que llegan desde la Costa Brava, es, en cierto modo, una prolongación del Barrio Chino de “En construcción”.
En “Historias del buen valle” el viaje de José Luis Guerín se cierra: del centro a la periferia habla de gente desplazada, emigrantes y empáticos, precarios y dignos, representantes palmarios de una multiculturalidad que no necesita de manifiestos ni de subvenciones para existir, que ha encontrado en la orilla de un río el lugar para compartir su luz, su amor y su amistad, con el sol reflejándose en el agua como en una película de Renoir.
¿Embellecer Vallbona? No más que Pedro Costa con el barrio de Fontainhas de “En la habitación de Vanda”. El dormitorio de Vanda, auténtico foro de debate del barrio, parecía iluminado como un cuadro de Caravaggio. El proyecto de Costa y el de Guerín no son tan distintos: entre dos años y medio y tres de trabajo, una total y absoluta inmersión en un espacio, una generosidad infinita en la mirada. Aunque el tono sea diametralmente opuesto, la cámara se compromete con una realidad en permanente mutación. La materia del documental se moldea como si pudiera alimentar también el plano de la ficción: la verdad de los testimonios y los gestos parece inventada para la imaginación del cine.
Antes hablábamos del western. Inevitable citar el momento de comunión colectiva, cuando en un funeral cantan “Red River Valley”. Sabemos del espíritu fordiano del cine de Guerín (“Innisfree” como la prueba más obvia de ello), pero aquí lo que destaca es el vínculo con el género, con el mito de la conquista del territorio y la manera de habitarlo desde la convivencia y la solidaridad. Hablaríamos, claro, de un Ford crepuscular, en la que los enemigos son simplemente aquellos que no dejan vivir en paz a los que se merecen un cielo azul y perder la mirada en el horizonte.
La simpatía de Guerín siempre estará con los que desafían a un sistema que se ha obstinado en dar la espalda a los desfavorecidos: de ahí que el hermoso final de la película también le dé sentido a su condición de “work in progress”, a un trabajo en curso que es el de la vida misma resistiéndose a ser dominada, siempre dejando su huella -una colchoneta, los restos de un picnic o de una cita, el recuerdo del griterío en la orilla- a pesar de la amenaza de la ley.
Lo mejor:
Su compromiso ético con la realidad y con la gente que la habita.
Lo peor:
A veces es demasiado utópica, puede dar la impresión de dar una visión en exceso idealizada del barrio.