Vidas extraordinarias
Gorgo de Esparta, la mujer de Leónidas que gobernó entre reyes
Heródoto mencionaba a muy pocas mujeres en sus crónicas, y cuando lo hacía, era porque habían dejado una huella lo suficientemente profunda como para no poder ignorarlas. Ella fue una de estas "excepciones"
Había una pregunta que una mujer ateniense le formuló un día a Gorgo de Esparta. ¿Por qué eran las espartanas las únicas que mandaban sobre los hombres? La respuesta fue tan directa como lapidaria, «porque somos las únicas que damos a luz a hombres». Esa frase, recogida por Plutarco siglos después, nos habla de una mujer muy particular, con la actitud y resiliencia adecuada para el convulso contexto político que vivió.
Hija del rey Cleómenes I de Esparta, Gorgo nació hacia el 506 a.C. Su nombre aparece en los escritos de Heródoto, el historiador griego, lo que ya de por sí resulta extraordinario. Heródoto mencionaba a muy pocas mujeres en sus crónicas, y cuando lo hacía, era porque habían dejado una huella lo suficientemente profunda como para no poder ignorarlas. Gorgo fue una de ellas. Creció en un entorno radicalmente distinto al que conocían la mayor parte de las mujeres del mundo griego, donde la agencia femenina era considerablemente más limitada. Las espartanas, en cambio, recibían una educación que combinaba el rigor intelectual con el entrenamiento físico. Música, literatura, matemáticas, danza, equitación y competición atlética formaban parte de un currículo que, según algunos estudiosos, superaba incluso al de los varones. La lógica era tan pragmática como admirable. Si una madre era fuerte, sus hijos lo serían también.
Un carácter único forjado desde muy joven
Esa fortaleza quedó demostrada mucho antes de que Gorgo alcanzara la adolescencia. Con apenas ocho o nueve años, acompañó a su padre a una audiencia donde el embajador Aristágoras intentaba convencer a Cleómenes de apoyar la revuelta jonia contra Persia. Mientras los adultos deliberaban, fue la niña quien percibió la trampa. Instó a su padre a rechazar la propuesta de soborno, y Cleómenes la escuchó. La posterior intervención ateniense en esa revuelta atrajo la furia de Persia sobre toda Grecia. No en vano se decía, con cierta ironía, que era más fácil engañar a treinta mil atenienses que a una sola niña espartana.
Tras la muerte de Cleómenes en el 489 a.C., Gorgo contrajo matrimonio con Leónidas, futuro rey de Esparta y héroe inmortal de las Termópilas, gran conocido en la cultura pop a través del cómic y celuloide titulado «300». La unión tenía más de cálculo político que de romance. Él era su tío paterno, y cuando ascendió al trono rondaba los cincuenta años, mientras ella apenas superaba los dieciocho. Pero si el matrimonio nació de la conveniencia, la relación que los unió fue de mutuo respeto. Leónidas consultaba a Gorgo y la escuchaba. En Esparta, eso no se consideró como una excepción.
El episodio que mejor ilustra su agudeza intelectual de Gorgo tuvo lugar durante los años previos a las Guerras Médicas. Demarato, antiguo rey espartano exiliado en la corte persa, quiso advertir a su ciudad de que Jerjes I preparaba una invasión. Para burlar la vigilancia enemiga, grabó el mensaje directamente sobre madera y cubrió la tablilla de cera, dejándola aparentemente en blanco. Cuando el extraño objeto llegó a Esparta, nadie supo interpretarlo, al tratarse aparentemente de una tablilla de escritura vacía. Nadie, excepto Gorgo. Fue ella quien sugirió raspar la cera para descubrir lo que ocultaba. El mensaje se reveló al fondo de la cera y fue transmitido al resto de ciudades griegas, para que pudieran prepararse para la guerra. Por este acto, Gorgo es considerada hoy la primera criptoanalista de la historia cuyo nombre ha llegado hasta nosotros.
Búscate un hombre que te quiera
Poco después, Leónidas marchó hacia las Termópilas, en batalla contra los persos. Sabía que no regresaría. Antes de partir, Gorgo le preguntó qué debía hacer y su marido le contestó una respuesta breve, «cásate con un buen hombre que te trate bien, dale hijos y vive una buena vida». Gorgo tenía alrededor de veintiséis años cuando enviudó, y seguramente éste fue uno de los pocos consejos que el rey de Esparta diese a su mujer. Crió sola a su hijo Plístarco, que llegaría a ser también rey de Esparta. Así se completaba una línea dinástica en la que Gorgo fue el eje invisible. Hija de un rey, esposa de otro y madre de un tercero.
Heródoto la registró con admiración y Plutarco la citó como ejemplo. Pocas figuras del mundo antiguo dejaron una huella tan profunda desde un lugar tan discreto. Porque había una pregunta que una mujer ateniense le formuló un día, y Gorgo la respondió con la misma serenidad con la que había descifrado tablillas, aconsejado a reyes y criado a uno. «Porque somos las únicas que damos a luz a hombres». Hija, esposa y madre de reyes, ella se encargó de demostrarlo.