Literatura
Luis Landero: «Siento cierto desarraigo intelectual: mi mundo se está descatalogando»
Reflexiona sobre la vida y el arte de contar historias en «Coloquio de invierno», el encuentro de siete personajes que se quedan aislados en un refugio de montaña durante una gran nevada
Luis Landero es un escritor de palabra sosegada y conversación paciente, que disfruta de la palabra y el placer que supone hablar sin el asedio de las horas. El novelista también es un autor benevolente y en «Coloquio de invierno» (Tusquets), su última novela, ha permitido que sus personajes se rediman a través de sus historias. Aislados en un refugio de montaña por una tormenta de nieve, sus protagonistas revelarán algunos secretos profundos que aposentan en su alma. Apoyándose en el recurso del relato enmarcado, «El Decamerón», «Las mil y una noches», el escritor brinda así un homenaje al viejo arte de contar historias.
Se formó escuchando historias orales.
Es que lo viví en mi infancia. Por eso la invención de esta historia ha sido tan fácil para mí. En mi familia todos eran campesinos. No había libros en casa. Para los que vivíamos en el campo o en un pueblo, la única forma de entretenernos era hablar. No se concebía otra manera. Entonces se hablaba. Cada uno contaba sus cosas y el corro se animaba porque, si uno contaba una cosa, otro recordaba otra. Era como echar leña al fuego. Un coloquio donde cada uno echaba su ramita. Así iba creciendo la conversación. La gente se inspira con lo que dicen los demás.
Ahí tuvo conciencia de las palabras.
Eso lo descubrí con la poesía. Con catorce o quince años empecé a leerla y me di cuenta de que las palabras de diario, las palabras que se utilizan todos los días, «yo voy soñando caminos de la tarde», por ejemplo, «caminos», «tarde», «soñar», son palabras comunes, pero en la poesía aparecían vestidas de fiesta. El poeta las ha cambiado. ¿Qué ha hecho? Es como un truco de magia. Las palabras sencillas se hacen poderosas. Eso es lo que me enseñó la poesía.
«Lo que se aprende de niño no se olvida nunca, se queda ahí para siempre, como los traumas»
¿Y qué aprendió de las historias orales?
Escuchaba las historias de mi abuela, que era analfabeta, pero era una biblioteca andante; andante y hablante. Hablaba y contaba muy bien. Lo había aprendido de sus mayores. Esto era una tradición muy rica. Pero en ese momento no era consciente del valor de las palabras, aunque sí de su belleza de un modo inconsciente, porque las palabras se pueden hilar y pueden crear belleza. Lo vemos todos los días. Hay gente que sabe contar las cosas con gracia.
¿Qué sacó de esa experiencia?
Era pequeño. Me quedaba con mi abuela porque mis padres iban al campo. Recuerdo que me cantaba retazos de canciones. Pero, más que lo que contaba, recuerdo su modo de hablar. Más la música que la letra. Su manera pausada, sus gestos, su suspense para crear expectación. Lo que mejor recuerdo es el ritmo de su voz, porque el lenguaje oral tiene su música, que es una música distinta al lenguaje escrito. Eso es lo que aprendí y lo que me acompaña como escritor. El lenguaje oral tiene esa gracia, tiene una sintaxis y unos quiebros. El lenguaje oral es más creativo que el escrito. Yo he tenido la fortuna de recibir esos dos legados, el lenguaje oral y popular y el lenguaje culto y escrito. Y cuando se consigue armonizar los dos, como Cervantes, Galdós, Valle, eso está lleno de vida, creatividad y sabiduría.
«Ha desaparecido el diálogo en la política española y ahora todo son insultos y descalificaciones»
No es poco...
Y también están los pasajes que me aprendí de memoria de «La vida es sueño», «Don Juan Tenorio»... Lo que se aprende de niño no se olvida. Se queda ahí para siempre, como los traumas. La memoria de ese tiempo es un archivo de variantes sintácticas, léxicas, de todo lo que, a la hora de escribir, a la hora de hablar, a la hora de pensar —porque se piensa con palabras, con el lenguaje—, sale. Ahora los colegios más progresistas no usan las pantallas. Se vuelven a aprender cosas de memoria, porque es un modo de ejercitar la inteligencia.
Su libro tiene aires de diálogo platónico. Uno cuenta su experiencia y, durante el coloquio, se aprende a través de esas historias.
Es una dialéctica. Se confrontan ideas. Se discuten historias. Es un aprendizaje. Dialogar es enriquecerse, aparte del placer que supone hablar y el entretenimiento que ofrece una buena conversación. Para eso, hay que tener la mente en marcha. Para hablar hace falta lentitud, porque hay que pensar y el pensamiento es lento. Conversar es un modo de hacer trabajar la inteligencia. Lo que se habla termina en la inteligencia, en la sensibilidad. Para eso hay que hablar despacio, no como los tertulianos de la televisión, que se están tirando los trastos a la cabeza y quitándose mutuamente la palabra en su disputa por el hueso de la razón. El diálogo es un modo de conocimiento.
¿Estamos perdiendo ese arte?
Creo que sí. Se ha empobrecido el diálogo y las relaciones sociales. Todos sabemos por qué: la televisión y los móviles. Cuando apareció la televisión, desaparecieron los corros de gente que se juntaban para hablar. Internet remató eso. Ahora, ¿cuántas horas diarias dedica la gente al móvil y a la televisión? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿De dónde se saca tiempo para hablar? Además de la falta de ocasiones para conversar, todo va tan rápido y existe tanto ruido que no hay tiempo para eso. ¿En qué ocasión se habla a lo largo del día si una persona dedica al móvil su tiempo libre? El nuevo entretenimiento y la diversión de la gente no es hablar, es el móvil.
«La gente va siendo consciente de que es manipulada por las pantallas y de que son tóxicas»
Para hablar se necesita escuchar, claro...
Saber escuchar es tan importante en la vida como saber contar. El verdadero conversador es el que sabe escuchar. En las tertulias, televisivas o no televisivas, cuando uno está hablando, los otros están pensando qué van a decir a continuación, no atienden a lo que está diciendo el que tiene el uso de la palabra. Son diálogos deshilvanados, porque lo que dice uno no concuerda ni está unido a lo que dice el que está a su lado. No es un diálogo. Cada uno trae su discurso aprendido. Además, no solo no se escucha, sino que el diálogo en la política española ha desaparecido completamente. En la Transición, la gente, los políticos, dialogaban. En el Congreso había debates. Ahora todo son descalificaciones, insultos, malos modos...
No siempre es así.
No, otra cosa es la gente de a pie, que se escucha más que los políticos. No estoy de acuerdo en absoluto con la idea de que tenemos los políticos que nos merecemos. El pueblo es mejor que los políticos. Si esa relación hostil y agresiva que tienen los políticos entre sí la tuviéramos los demás, con el taxista, en el supermercado, sería terrible. En la calle hay mejor rollo que en la política. Los políticos no escuchan y por eso la gente está encabronada.
«La memoria es muy novelera y remienda los destrozos con el hilo de la imaginación»
Y hay mucho proselitista, como dice en su libro.
Existe proselitismo, sobre todo por las ideas políticas. Hay personas que tienen una idea de la política y la sacan en conversaciones privadas y, bueno, ya se sabe cómo pueden acabar las conversaciones familiares... Se pueden romper relaciones, porque el mundo de la política es el mundo de las creencias, no el de las ideas.
Lentitud, reflexión... Esas cualidades no están de moda...
Nos estamos, con perdón, agilipollando. Yo soy el primero que soy adicto al móvil. Me he dado cuenta de que, sin querer, estoy la tarde con él, en lugar de pasear o ver una película o leer. Ahí es donde comprendí hasta qué punto es adictivo. Alguien decía que es la heroína del siglo XXI y, aunque es un poco exagerado, no va muy descaminado. Hay que ver hasta qué punto pervierte las cualidades. Pervierte la lentitud, pervierte la soledad, pervierte la ensoñación, pervierte la imaginación, pervierte la concentración y pervierte todas las mejores cualidades que hay en el ser humano.
¿Tiene la impresión de que se está dejando atrás una época?
La tengo. Siento cierto desarraigo intelectual. Las mejores cosas que he recibido y he aprendido provienen, sobre todo, de la civilización occidental, de los griegos para acá. Ese es mi mundo. Montaigne. Shakespeare. Cervantes. Schopenhauer. La novela del siglo XIX. Todo eso se está emborronando, desdibujando. Ese es mi mundo. Pero es un mundo que se está descatalogando. Todo se rinde a la actualidad. Ahora vale más una chorrada que la Revolución Francesa. Al menos, parece que en este país se lee bastante. Eso te da un motivo de esperanza, porque la gente, de algún modo, va siendo consciente de hasta qué punto está siendo manipulada por las pantallas, como los fumadores antes con la nicotina. Se está viendo que son un producto tóxico, porque de algún modo lo son, sobre todo por el daño mental que hacen. Confío en que haya un renacimiento del conocimiento y se reduzca el tiempo que se dedica a vivir pendiente de las pantallas. Vivimos cautivos de ellas, de la actualidad, de la prisa, del ruido.
«Hay que saber ser benévolo al final de la vida y hay que saber reconciliarse con uno mismo»
¿La literatura es un antídoto?
Por supuesto, porque ahí entran en juego la imaginación y, junto a ella, el conocimiento, la intuición y las demás facultades intelectuales. En una historia existen ideas, filosofía, hay de todo. Las humanidades están ahí. La literatura es el patio de vecindad de las humanidades. Ahí resuenan la filosofía y la historia. Sobre todo cuando se cuenta una narración bien, porque mejora la relación con el lenguaje y eso es fundamental para una buena higiene mental.
¿Su literatura ha ido derivando a las ideas?
No, yo soy narrador; lo que pasa es que las ideas pueden salir, y más si, como es este el caso, hablan los personajes. No solamente somos narradores: todos somos también filósofos, porque todos pensamos y expresamos nuestras ideas.
Sus personajes hacen balance de la vida.
Es un poco inevitable a cierta edad, aunque eso también puede suceder a los cuarenta años, cuando tus esperanzas declinan y sabes que los sueños que tuviste durante la juventud ya no los vas a cumplir. Lo mejor es no hacer balance, pero si tu conciencia te lo pide y te lo exige, puede ser cruda la cosa, porque te das cuenta de todos los sueños incumplidos por negligencia, pereza, porque no fuiste audaz o valiente. Ahí cada uno se convierte en juez de sí mismo, pero hay que saber ser benévolo con uno mismo, sobre todo al final de la vida. Hay que saber reconciliarse con uno mismo. A veces duelen los arrepentimientos. Son heridas que no cierran... Si yo hubiera hecho, si yo hubiera dicho eso...
«Soportar la carga del existir, el tedio, es tremendo porque ahí está el para qué vivir y cuál es el sentido de la vida»
¿Hasta qué punto la memoria es una invención?
La memoria es muy novelera. No recuerdas las cosas fielmente, porque el olvido causa destrozos y rotos en la memoria. Eso se remienda y el hilo que se emplea es la imaginación. En los rotos de la memoria, los remiendos son imaginarios. Así es la memoria. Es lo que tiene de estupendo. Creemos que la memoria es infalible y que las cosas fueron como las recordamos. Pero no es cierto. La memoria es un mecanismo muy rudimentario, porque no recordamos apenas nada de lo que nos ha sucedido. ¿Qué hiciste cuando tenía veintiséis años? ¿Qué hice yo cuando tenía cuarenta y ocho? No me acuerdo. Lo hemos olvidado todo. La memoria solo registra una mínima parte. Pero, cuidado, si ponemos a trabajar la memoria, como hace Marcel Proust, y ponemos todos los sentidos, empiezan a aflorar cosas. La memoria hay que currársela.
La paz cansa y termina aburriendo, se dice en su libro.
La monotonía cansa. Lo decía Schopenhauer. La primera misión del hombre es sobrevivir, luchar por la supervivencia. Cuando se lucha por la supervivencia, el único proyecto de vida es ese. No hay más. Pero una vez conseguido eso, viene el tedio de vivir. Soportar la carga del existir, el tedio, es tremendo, porque ahí está también el para qué vivir. ¿Cuál es el sentido de la vida? Mientras luchas por la supervivencia, no hay problemas. Una vez que pasa, ya tienes que ir al psicoanalista. La vida hay que aceptarla. El asunto está en no pedirle a la vida más de lo que la vida te puede dar, pero normalmente no ocurre eso.
¿El tedio no está conduciendo al abismo?
Eso ya es otra historia. En cuestiones de política, me pregunto cómo algunos mandatarios han podido llegar a esto. ¿Cómo pueden estar ahí? ¿Cómo Trump puede ser el gran señor del mundo? ¿Cómo hemos llegado a esto?