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Sergio del Molino: «El Goya pesimista ha manchado nuestra mirada sobre la historia de España»
El escritor recupera la figura de Rosario Weiss, discípula de Goya y artista olvidada, en su novela «La hija»
Sergio del Molino ha dedicado su libro más extenso a recuperar la memoria olvidada de Rosario Weiss. Una artista, discípula del último Francisco de Goya, pero el Goya sordo, genial y pesimista de las «Pinturas negras». «Ella muere joven y su desgracia tiene que ver con su historia truncada. La historia de una pintora que no llega a ser, en la que está todo, pero en potencia». El escritor rescata su nombre y demuestra también que la relación entre maestro y aprendiz fue un camino de doble dirección. «Intento cuadrar la relación entre ellos. No solo la influencia que Goya tuvo en ella, algo evidente, sino la influencia que ella ejerció en él. La presencia de Rosario es determinante para entender al Goya más viejo, el de la Quinta del Sordo en adelante».
Para comprender su declaración hay que tener presente quién era en ese momento Goya. «La sordera supone un cambio en su mentalidad. Es más frágil y se fija en cosas en las que no había reparado antes, como la gente que sufre, los pobres, la represión. Le conmueve la fragilidad humana, las víctimas. Visita las ruinas de Zaragoza. Es una ciudad devastada, muerta de hambre. En el camino de vuelta a Madrid ve esas escenas de cuerpos apilados, de empalamientos... Eso le transforma. Le provoca estrés postraumático. Es el momento de los desastres de la guerra. Sin embargo, en el exilio, Goya vuelve a celebrar la vida, vuelve a ser vitalista, vuelve a ser juguetón, vuelve a mirar con cariño y ternura todo. Y ahí está la influencia de ella».
Sergio del Molino comenta que «este Goya de Burdeos no es en el que nos fijamos, sino en el otro, terrible y pesimista. Ese Goya nos ha manchado la mirada sobre España. Miramos nuestra historia a través de este Goya. Todas las miradas posteriores, desde los del 98, el propio Ortega hasta los intelectuales de posguerra, han mirado la España fatalista que creó Goya. Estaban mirando las “Pinturas negras”».
Historia en blanco y negro
Por eso asegura que quizá ha llegado la hora de «ponerse delante de ellas y cuestionarse si nos están contando un cliché sobre la decadencia o nos cuentan otra cosa. Hay indicios suficientes para concluir que estas obras tienen otro significado y que este significado tiene que ver con la intimidad del pintor y el descubrimiento de una paternidad, la presencia de un amor, que es Leocadia, y, también, la presencia de Rosario. Si cambiamos ese cliché, a lo mejor Goya ya no resulta tan determinante en la forma en la que ennegrecemos la historia de España».
Para el escritor, el silencio que siempre ha rodeado el nombre de Rosario Weiss proviene del hijo de Goya, Javier. «Por eso, ella tarda en aparecer en los estudios sobre Goya. Las primeras biografías del pintor están dictadas en buena medida por Javier y sus amigos, los Madrazo y el círculo de pintores románticos que comparten con él la voluntad de silenciar a Rosario. Él niega a los biógrafos franceses los nombres de Leocadia y Rosario. Por eso Leocadia siempre aparece como ama de llaves».
Pero esa tradición, legada por costumbre y asentada por el tiempo, no es en absoluta cierta. A pesar de que no existe documentación que explique la relación entre ellas y Goya, existen indicios claros de quiénes eran: «Moratín, en las cartas que manda desde Burdeos, se refiere a Leocadia como la mujer de Goya con una total naturalidad. Asegura que pasó una tarde con Goya, su mujer y la niña. Y lo asegura tranquilamente». En esta compleja baraja de rumores, decires y posibilidades, sobresale la posibilidad de que Rosario Weiss fuera hija del pintor, algo que todavía está sin confirmar, pero que tiene bastantes probabilidades de que sea cierto. «Ella se presentaba y todo el mundo la conocía como la hija de Goya. Es Javier de Goya el que niega eso».
Un cuadro polémico
De Rosario Weiss ha sobrevivido un catálogo de doscientos dibujos y varios óleos. El más importante se conserva en el Museo del Prado, pero, como adelanta el escritor, todavía quedan por conocer 20 o 30 que están documentados, pero que no han aparecido por ningún sitio. Y aquí surge un cuadro polémico: «La lechera de Burdeos», atribuido a Goya, aunque con interrogantes. «Su mano está en el óleo, pero no se sabe hasta qué punto. De hecho, no sería nada descabellado que cambiaran la cartela del Prado y le atribuyeran una autoría conjunta. Pero no creo que la obra fuera suya exclusivamente. Tenía 13 años y no tenía capacidad para hacer ese cuadro».
Rosario Weiss estuvo en Francia, acudió a una academia de pintura en Burdeos, pero después regresó a España. Y ese fue, probablemente, un error. «Estoy convencido de que debería haberse quedado en Francia. Fue un error regresar. Allí le hubiera ido mejor. Pero también es verdad que no tenían redes de apoyo allí. Leocadia y ella estaban perdidas. En Madrid podían sobrevivir. Francia era la aventura».
Pero el libro de Sergio del Molino va más allá. También es el retrato de una época y de una España. «En aquel momento, perdimos no el tren, pero sí una estación. Si se revisa la historia de Francia, la parte de la Revolución también tiene momentos muy reaccionarios, momentos dictatoriales, de retroceso absoluto y de evidente violencia política. No es muy distinta su historia a la de España. Lo que distingue las dos historias es la mirada de Goya. Las Pinturas negras son una fuente de reflexión sobre España y, a la vez, una fuente de autoengaño. Nos llevan a confusión sobre el sentido trágico de la historia de España. Si no tuviéramos a Goya, igual veríamos que nuestra historia es similar a la de otros países europeos. Pero como está Goya ahí, con ese duelo a garrotazos, esos aquelarres y ese pesimismo, nos sumimos en un fatalismo, en la pérdida del tren de la historia, pero ese tren, aunque fuera a trompicones, acabó llegando».