
Feria del Café 2026
David de Miranda conquista Manizales y se lleva la catedral
El onubense se alza triunfador de la 71ª edición con una faena inolvidable en medio de una feria marcada por la lluvia, la falta de bravura y la incertidumbre del toreo en Colombia

Ayer concluyó la Feria de Manizales 2025, que se vivió bajo un cielo que no se quiso despejar. La lluvia fue parte del paisaje durante los siete días del ciclo, como si el agua hubiese querido poner a prueba no solo a los toreros, sino también al público, al toro y al toreo mismo. Fueron varios los festejos que coquetearon con la suspensión y, sin embargo, ninguna se suspendió. Eso ya es un triunfo. Porque mientras los elementos y la política anuncian tiempos oscuros para la tauromaquia colombiana, la afición manizaleña volvió a llenar su plaza. Día tras día. Lloviera o tronara.
En ese contexto, David de Miranda no solo debutó en Manizales: la hizo suya. Fue el 6 de enero, en la segunda de feria, cuando la feria cambió de tono. Frente a “Serrano”, un toro de Santa Bárbara con calidad medida y fondo agradecido, el torero de Huelva firmó una faena templada, estructurada y profunda, que conectó con el público desde el pulso, no desde la pirotecnia. Hubo lectura, suavidad, firmeza y, sobre todo, un respeto absoluto al ritmo del toro. El pasodoble “Feria de Manizales” rompió justo cuando la faena entraba en su momento de máxima expresión. La estocada fue certera, y el palco concedió las dos orejas. Al toro también se le premió con la vuelta al ruedo. A partir de ahí, el nombre de David de Miranda ya no se fue.
Por esa faena recibió los dos máximos galardones del ciclo: la Réplica de la Catedral de Manizales —el premio oficial al mejor torero de la feria— y el galardón "El voceador de prensa", concedido por el diario La Patria. Un debut con sabor a consagración, y que lo sitúa como una de las figuras con mayor proyección de cara a la temporda 2026.
Ese mismo día, además, se reconoció la que fue la mejor corrida del serial: la de Santa Bárbara, con toros serios, nobles y agradecidos, que dieron opciones a todos los actuantes. En una feria marcada por la falta de raza generalizada, ese encierro brilló por contraste.
Tardes de verdad
Más allá de las cifras, la feria estuvo atravesada por una constante: la voluntad de los toreros frente a la adversidad. Muchos no encontraron el toro ideal. Algunos, como Juan de Castilla,Juan Sebastián Hernández y José Arcila, pusieron el cuerpo incluso por encima del sentido común. Hernández fue herido de gravedad en la primera corrida. Juan de Castilla, en un gesto que la plaza no olvidará, se jugó la vida por salvar a su banderillero y fue corneado brutalmente en el muslo derecho, y sufrió la fractura de la tibia y el peroné de la pierna izquierda. José Arcila, herido, volvió al ruedo antes de pasar por el quirófano. Esa entrega, aunque no se contabilice en trofeos, fue una constante.
David Galván fue el primer gran nombre que sonó fuerte. En la inaugural, con una corrida complicada de Mondoñedo y bajo una lluvia intermitente, se impuso al ganado y a la tarde con una faena cargada de temple, cabeza y entrega. Cortó dos orejas de peso, y no necesitó más para reafirmar el sitio que ya se había ganado en años anteriores. Luis Bolívar, torero nacional, volvió a demostrar por qué su nombre se pronuncia con respeto en su tierra: dos orejas y una tarde seria, de torero que manda y cuida, incluso cuando el toro no ayuda.
La revelación fue Marco Pérez. El joven salmantino, en doble comparecencia (una como sustituto de Talavante, otra en cartel titular), demostró cabeza, madurez y una sorprendente capacidad de adaptación. Cortó dos orejas a “Fogón”, de Juan Bernardo Caicedo (premiado con la vuelta al ruedo), y mostró oficio incluso cuando el toro no ofrecía opciones. La feria lo confirmó como un nombre a seguir de cerca.
En esa misma tarde, Daniel Luque firmó una faena medida, honda y mandona, frente a uno de los pocos toros de clase real del ciclo. Fue un ejercicio de claridad y sentido del temple. Las dos orejas no fueron un regalo, fueron la consecuencia de una faena sobria, precisa y bien rematada. Aun sin rotundidad general, Borja Jiménez fue otro de los toreros que dejó una gran impresión: le tocó el toro más completo de su corrida, y lo cuajó con cabeza fría y muñeca templada.
Lo que el agua no borró
La quinta de feria fue el bache. Cartel de relumbrón, plaza llena y ninguna historia que contar. Rincón, Ortega y Castella chocaron contra la mansedumbre de un encierro inservible. Las figuras lo intentaron todo, pero no hubo manera de cambiar el signo de la tarde. El clima respetó, pero el toro no apareció. Fue la gran decepción del serial.
La última tarde, sin embargo, fue una despedida con carácter. Bajo un aguacero incesante, Sebastián Castella firmó una de las actuaciones más poderosas —y emocionantes— del ciclo. Al cuarto toro, que salió con malas intenciones, lo fue metiendo en la faena sin violencia, con inteligencia. Lo enceló. Lo educó. Lo convenció. Cuando el tendido se puso en pie, el francés tenía al toro, a la plaza y a la feria en la mano. Falló con la espada, pero no hizo falta más para saber que allí había algo grande. Fue, quizá, la faena más emocional de la feria. Porque fue contra todo.
Premios y sombras
Emerson Pineda, torero de plata, fue reconocido como mejor subalterno del serial. Olga Casado, novillera española, dejó la mejor carta de presentación del escalafón menor y se llevó el galardón a mejor novillera, tras una actuación limpia, seria y expresiva.
Y todo esto ocurrió mientras en el ambiente pesaba la amenaza de una ley antitaurina en Colombia. La feria se celebró porque aún la ley lo permite, pero se sabe que el margen se acorta. El Ministerio de Cultura está trabajando en unas reglamentaciones que, de aprobarse, harían inviable la lidia tal como la conocemos. En ese contexto, cada pase, cada paseíllo, cada ovación adquirió un valor especial. Como si cada tarde fuera la última.
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