Efemérides
José Tomás, tres décadas después: el día en que México consagró al torero eterno
El 10 de diciembre de 1995, un joven madrileño dio el paso definitivo en la capital mexicana y comenzó a escribir, a su manera, una de las trayectorias más radicales y fascinantes de la tauromaquia contemporánea

Treinta años han pasado desde que José Tomás se doctoró como matador de toros en la Monumental Plaza México, pero el eco de aquella tarde aún retumba. No por los trofeos —que no hubo—, ni por un triunfo rotundo, sino por lo que empezó a configurarse allí: una forma de estar en la plaza basada en la autenticidad, el riesgo y el silencio. Ese día comenzó algo que no ha terminado.
Fue el 10 de diciembre de 1995. Frente a un toro de Xajay, marcado con el número 283 y de 500 kilos, llamado "Mariachi", el torero de Galapagar selló con sangre y temple una de las alternativas más recordadas de las últimas décadas. La ceremonia tuvo como padrino a Manolo Mejía y como testigo a Jorge Gutiérrez, que sustituyó a David Silveti. En los chiqueros esperaban toros de Xajay, Teófilo Gómez y un sobrero de Garfias. El escenario no podía ser más imponente. Y la actuación, más determinante.
Con el capote, José Tomás ya dio señales de lo que vendría: un toreo apretado, sin concesiones, muy cerca del límite. El brindis fue para su padre. Luego vino la muleta, el peligro y la herida. Su primer toro le exigió paciencia; el segundo, le dio una cornada en el escroto. El viento, la embestida incierta y la voluntad férrea se mezclaron en una faena en la que no hubo red de seguridad. Terminó en la enfermería, pero se fue por su propio pie, con la ovación del público mexicano atronando la plaza.
Días después, ya recuperado, reconocía: "Le planté cara desde los primeros lances, pero era un toro reservón, sin clase. Le insistí, y se me vino encima". No se quejaba. Nunca lo ha hecho. La suya es una carrera hecha más de gestos que de palabras, más de silencios que de entrevistas. Y quizás por eso, cada tarde suya parece multiplicarse.
Que su alternativa fuese en México no fue una anécdota, sino una decisión cargada de coherencia. Aquel país le acogió cuando apenas era un novillero más, con pocos contratos y mucha necesidad. Allí toreó más de veinte festejos en un solo año, con el apoyo de ganaderos como José Chafick y bajo la tutela de Antonio Corbacho. Desde entonces, México quedó grabado en su biografía como un segundo hogar. Y su alternativa allí fue una forma de devolver el gesto.
Esa coherencia ha marcado toda su carrera. Desde sus primeras tardes en Valdemorillo o Benidorm hasta su eclosión en Las Ventas, José Tomás ha construido una trayectoria sin atajos. Reapareció cuando quiso, se retiró cuando le pareció necesario. Ha vetado retransmisiones, ha evitado entrevistas, ha reducido al mínimo su exposición pública. Y, paradójicamente, ha generado una expectación inigualable.
En tres décadas ha sumado apenas 475 corridas, con larguísimos silencios entre temporadas. Pero cuando ha toreado, ha arrastrado multitudes. En 2007 volvió en Barcelona como si el tiempo no hubiera pasado. En 2009 cortó siete orejas en Madrid en dos tardes. En 2010, la cornada de Aguascalientes —con sección de la vena femoral y peligro de muerte— puso su vida en pausa, pero también multiplicó su leyenda.
A José Tomás se le ha llamado "el torero de la pureza", "el último romántico", "el místico del toreo". Pero ninguno de esos títulos le define completamente. Su estilo no es nostalgia ni clasicismo: es una ética del cuerpo y del gesto, una entrega sin condiciones, una concepción del toreo como expresión cultural elevada, que no admite ruido ni espectáculo fácil. Es un artista que ha hecho de su independencia una bandera.
Hoy, a los cincuenta años, y con su última tarde en Alicante ya lejana (7 de agosto de 2022), su figura sigue viva en el imaginario de la afición. No hay noticias oficiales, ni anuncios. Pero los rumores no cesan. ¿Volverá? ¿Se vestirá de luces una vez más? En el caso de José Tomás, cada ausencia es un acontecimiento, y cada regreso, una conmoción.
Treinta años después de aquella alternativa en la Plaza México, la historia no se ha cerrado. Porque José Tomás no es pasado, ni siquiera presente: es posibilidad. Un torero que no se parece a nadie. Un mito que se niega a comportarse como tal. Y un nombre que seguirá llenando titulares aunque nunca vuelva a torear.