Tour de Francia

Ciclismo

El ciclista de moda

Egan Bernal
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hay ciclistas que atraen miradas por sí solos y hacen que se hable de ellos aunque su palmarés todavía no diga que están entre los grandes. Hay que tener algo especial dentro para que eso suceda. Ser especial. Como Egan Bernal. Una especie de cometa o un eclipse solar de esos que, sabiendo que pasan pocas veces, que quizá son únicos en un centenar de años, es mejor aprovecharlos ahora, disfrutarlos. Un astro. Así se habla de él. De todo lo que va a ser.

A pocos les sucede que, en un segundo Tour, corriendo a la sombra del dorsal 1, el centro de todas las atenciones, se le denomine ya el predestinado a ganarlo, el futuro de este deporte. Y quién sabe, el vencedor ya de esta edición cuando la ronda gala llegue a París. Hay que ser especial. Y Egan Bernal no es un colombiano más arrastrado por esa moda que parece haber invadido a todos los equipos de querer tener uno en sus filas, o un producto importado por esa masa que ha vuelto a conquistar Europa como antaño. Ahora Egan es quien marca los ritmos. De quien todos hablan. Él es el ciclista de moda. Y no es de extrañar. A sus 22 años, esta temporada ya ha ganado la París-Niza y la Vuelta a Suiza, dos de las carreras World Tour más duras y exigentes del calendario. Todo en el equipo Ineos estaba preparado para llevarlo al Giro de Italia, la que iba a ser su primera grande como líder después de un primer Tour, el que corrió el año pasado, en el que impresionó convirtiéndose en la clave del triunfo apabullante del entonces Sky. No tuvieron que sujetarle entonces, leal. Pero pronto se pudo comprobar que Bernal está para mucho más que quedarse en ser un simple gregario.

El proyecto de Brailsford, el jefe del Ineos de vestirlo de rosa se truncó unos días antes. Bernal se cayó entrenando en Andorra, donde reside desde hace un año, y se rompió la clavícula. Parón obligado. Y al Tour. En realidad, es donde debe estar. Los mejores ciclistas deben medirse contra la mejor carrera del mundo, que este año está plagada de montañas por encima de los 2.000 metros, igual que en su Zipaquirá.

Ha llegado rápido a la ronda gala. Con 21 años, en 2018 debutó convirtiéndose en la sensación. «Cuando me dijeron que venía no podía creérmelo. No sabía ni siquiera si iba a ser capaz de terminarlo». Este año regresa con la estrategia del equipo aprendida. «Tenemos dos líderes, Thomas es el primero y yo la segunda opción. Estoy dispuesto a trabajar por él si lo necesita, no tengo problemas. Pero cuando haya una subida larga, si no tiene piernas, no le vas a esperar porque el equipo te diga que es el líder. Yo tengo que estar tranquilo». Calma. De eso atesora mucho Bernal a pesar de su juventud. Quienes le conocen, como Óscar Sevilla, amigo y compañero de horas sobre la bici en Colombia, destacan lo bien amueblada que tiene la cabeza. Sevilla lo sufre entrenando. A sus 42 años empieza a no poder seguirle. «Yo le llamo la Bestia, tiene un potencial increíble, no se lo había visto a nadie», dice sin dudar el sonriente niño albaceteño afincado feliz en Medellín.

Tiene algo especial. Pronto lo vieron en el Ineos, cuando hace dos años se lo arrebataron al Androni de Gianni Savio, que lo había descubierto gracias a unas pruebas de esfuerzo que Bernal se hizo en la sede de la UCI tras viajar a Europa para correr un mundial de MTB, que entonces practicaba. De eso tan solo hace cuatro años.

Savio echó un ojo a los números y automáticamente se puso a hacer los suyos. A redactar un contrato para quedarse con esa joya. Solo le duró dos años, un diamante así brilla tanto que es difícil no fijarse. «Si me pongo a pensar donde estaba en el 2015 no me lo creo», admite él, que en estas primeras etapas del Tour está corriendo de maravilla. Siempre bien colocado para evitar sobresaltos. Precoz. Como los cometas en el cielo. «Egan está preparado física y mentalmente para ganar el Tour y corre en el mejor equipo para aprender cómo se gana», dice Brailsford. Quizá aprender ya se le ha quedado corto.