
Opinión
Corrupción y crecimiento: el coste invisible de una gobernanza deficiente
Un aumento de la corrupción reduce la inversión y el crecimiento del PIB. Por ello, el verdadero desafío es fortalecer los mecanismos de control, mejorar la transparencia y reforzar la calidad institucional

La coincidencia temporal de nuevos juicios por corrupción en España no solo reabre un debate político, sino que obliga a reconsiderar sus efectos económicos de largo alcance. La corrupción no es únicamente un problema ético o institucional: constituye un lastre estructural para el crecimiento.
La literatura económica ha documentado de forma consistente esta relación, un aumento de la corrupción reduce significativamente la inversión y, con ello, el crecimiento del PIB. Estudios del Banco Mundial y del FMI han confirmado que los países con mayores niveles de corrupción presentan menores tasas de crecimiento sostenido y una asignación menos eficiente de los recursos.
La corrupción actúa como un impuesto oculto que distorsiona los incentivos: penaliza a las empresas más productivas, favorece la captura regulatoria y desvía recursos hacia actividades rentistas. Esto reduce la competencia efectiva y deteriora la calidad institucional, elemento clave del crecimiento a largo plazo. Pero su impacto no termina ahí. Existe también una relación negativa entre corrupción e innovación. La evidencia empírica sugiere que entornos corruptos desalientan la inversión en I+D, ya que incrementan la incertidumbre y reducen la protección efectiva de los derechos de propiedad. En consecuencia, los países con mayores niveles de corrupción tienden a quedar rezagados en sectores tecnológicos y en la transición hacia economías basadas en el conocimiento. Además, la corrupción erosiona la confianza social, un activo intangible fundamental, ya que ésta facilita la cooperación y reduce los costes de transacción.
España no es una excepción. La reiteración de casos judiciales tiene un coste reputacional que afecta a la inversión extranjera y a la credibilidad institucional. A ello se suma un problema estructural de productividad lo que refleja debilidades persistentes en el entorno institucional y empresarial, existiendo "un considerable margen de mejora" en algunos capítulos muy relevantes del gasto público, tal como señala el Banco de España. Una gobernanza deficiente no solo erosiona la confianza, sino también la eficiencia del uso de los recursos colectivos
Más allá de las responsabilidades individuales, el verdadero desafío es sistémico: fortalecer los mecanismos de control, mejorar la transparencia y reforzar la calidad institucional. Porque, en última instancia, la corrupción no solo empobrece las arcas públicas; empobrece el potencial de crecimiento, innovación y prosperidad de un país.
Álvaro Hidalgo Vega, catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la UCLM y presidente de la Fundación Weber✕
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