
Alquiler
Un jubilado de 78 años, 600 euros de pensión y un piso compartido: "Llevo haciéndolo ya seis años, entre los dos damos pagado un alquiler"
El encarecimiento sostenido del mercado inmobiliario en España obliga a personas mayores con ingresos mínimos a recurrir a fórmulas de cohabitación para no quedarse fuera del circuito residencial

Miguel Ángel cumplió 78 años instalado en una rutina que jamás imaginó para su retiro.
Con una pensión mensual que apenas roza los 600 euros, este vecino de Castellón lleva seis ejercicios completos compartiendo techo con otra persona para poder hacer frente a un recibo del alquiler que, de otro modo, resultaría inasumible para cualquiera de los dos por separado.
"Llevo haciéndolo ya seis años, entre los dos damos pagado un alquiler", explica con naturalidad en una intervención concedida a la Ser, dejando entrever que la supervivencia económica en la tercera edad ha dejado de ser un asunto de pareja o de familia para convertirse en una cuestión de pura aritmética doméstica.
Los números que manejan las estadísticas oficiales dibujan un escenario cada vez más asfixiante. En enero de 2026, la pensión media en la provincia se sitúa en torno a los 1.234 euros, una cifra que ya implica destinar cerca del sesenta por ciento de esos ingresos a cubrir una renta media de setecientos euros.
Sin embargo, para perfiles como el de Miguel Ángel, cuya prestación está por debajo de la mitad de ese promedio, el margen de maniobra es nulo. El testimonio del jubilado no es una anécdota aislada en su círculo cercano; según relató, varios de sus amigos atraviesan idéntico calvario y se han visto empujados a alquilar habitaciones por importes que rondan los 350 euros, cediendo así la intimidad del hogar completo a cambio de un techo asequible.
El espejismo del "coliving" para una generación atrapada por los precios
Mientras la realidad empuja a los mayores a compartir cocina y baño por necesidad, el mercado ha encontrado una manera elegante de revestir esta precariedad.
En el centro de Castellón no es extraño toparse con anuncios que comercializan bajo el anglicismo "coliving" lo que en esencia son viviendas masificadas.
Un ejemplo palpable mencionado en la información de la Ser describe un inmueble de ocho dormitorios y únicamente cuatro cuartos de baño donde cada inquilino debe abonar más de cuatrocientos euros al mes por el derecho a usar una alcoba privada, quedando el resto de estancias sujetas a un uso comunal.
Esta evolución del mercado desdibuja la línea entre la emancipación juvenil y la vulnerabilidad sobrevenida de la tercera edad.
Miguel Ángel y su compañero de piso representan una tendencia creciente que desmonta el mito de la vejez patrimonialmente segura.
Su situación evidencia que el incremento desbocado del precio del metro cuadrado no solo expulsa a los jóvenes de las ciudades, sino que está reconfigurando los últimos años de vida de miles de pensionistas, obligados a estrechar lazos con desconocidos para no engrosar las listas de espera de los servicios sociales o, peor aún, caer en la exclusión residencial.
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