El Oscar rompe las cadenas

«12 años de esclavitud», de Steve McQueen, cuenta con bastantes papeletas para hacerse con la estatuilla a la mejor película. Las quinielas así lo ratifican. Se ha convertido, además, en cinta de visionado obligatorio en las escuelas de EE UU. Cuarón, por «Gravity», podría convertirse en el mejor director

«12 años de esclavitud», de Steve McQueen, cuenta con bastantes papeletas para hacerse con la estatuilla a la mejor película.

¿Por qué «12 años de esclavitud» parece la candidata con más posibilidades de llevarse el Oscar a la mejor película? «Her» es demasiado original. «El lobo de Wall Street» demasiado agresiva. «Nebraska» demasiado pequeña. «Gravity» demasiado técnica. Su única rival seria es «La gran estafa americana», una cinta que ha caído muy bien a la crítica americana, aunque es en exceso errática y derivativa para que pase la prueba de algodón, y su relevancia es limitada. Y, ojo al dato, justo unos días antes de la ceremonia, el filme de Steve McQueen acaba de recibir el espaldarazo definitivo, la legitimidad sociocultural que una película de sus pretensiones necesitaba para asegurarse el puesto de caballo ganador: ha sido elegida por la Asociación Nacional de Escuelas Públicas de Estados Unidos para formar parte del currículum pedagógico de los estudiantes de Enseñanza Secundaria. Se distribuirán copias del filme, de las memorias de Solomon Northurp en las que se basa y de una guía de estudio por los institutos de todo el país. Los alumnos verán, claro, una versión censurada, sin las escenas más escabrosas de un filme que ha sido calificado con la temida R, lo que significa, en términos norteamericanos, que es «no recomendada para menores de 18 años».

Sin maquillajes ni cirugías

A la serie «Raíces» y la novela «La cabaña del tío Tom» se añade, pues, la cinta de McQueen, nueva unidad didáctica para que los adolescentes norteamericanos conozcan la barbarie de la esclavitud sin maquillajes ni cirugías estéticas. En algunos institutos sureños el tema aún se trata de forma sesgada, como si la Guerra Civil sólo hubiera sido provocada por motivos políticos y/o económicos, cuando en verdad se desató con la esclavitud como fuego que prende la mecha. El hito de convertirse en material escolar obligatorio es, sin lugar a dudas, un éxito absoluto para McQueen, ex videoartista británico residente en Ámsterdam que se ha arriesgado a hurgar en una de las más sangrantes heridas de la Historia americana desde una perspectiva foránea. Por mucho que McQueen haya declarado ser descendiente de esclavos africanos, los norteamericanos podrían haberse tomado su película como un verdadero desafío, y podrían haberla castigado con la indiferencia. Y han hecho precisamente todo lo contrario: la respuesta de la crítica ha sido abrumadoramente positiva.

Quizá después de «Django desencadenado», en la que Quentin Tarantino mordía rabioso en la misma herida con su ingeniosa, genial desmesura, Hollywood necesitaba un acercamiento al tema mucho más seco y descarnado, y, sobre todo, envuelto en esa aura de «qualité», de cine de prestigio, que «12 años de esclavitud» luce orgullosa como una marca de nacimiento. En un magnífico artículo publicado en la revista digital «Salon», el bloguero Chauncey DeVega define la experiencia de ser miembro de la diáspora negra y ver la película en una sala llena de blancos como «intensamente íntima»: «Es aún más intensa e íntima cuando es el cuerpo de un negro el que resulta mutilado, violado y maltratado por los blancos en una pantalla, y los espectadores blancos y negros, como sociedad pero también como comunidad, no se han enfrentado colectivamente al sentido de semejante crimen histórico o a sus ecos en el presente». En resumen, el filme reafirma al público negro en su condición de raza machacada por la Supremacía Blanca, que sigue manifestando su hostilidad en la voz tiránica del Tea Party, y refuerza el sentimiento de culpa del público blanco de corte liberal, que sufre retrospectivamente el papel de verdugo y que comprueba hasta qué punto la América actual fue levantada sobre un charco de sangre y opresión. Por eso la importancia de «12 años de esclavitud» como ejercicio de revisionismo histórico encuentra sus paradójicas resonancias en la América de la era Obama. Chauncey DeVega es crítico con lo que considera políticas demasiado prudentes en materia racial del primer presidente afroamericano, pero pone de manifiesto que la xenofobia sigue siendo el combustible de los republicanos al atacar cualquier iniciativa progresista de Obama. A grandes rasgos, la América post-lucha por los derechos civiles es aún un territorio con evidentes desigualdades raciales. La cuestión es que, aunque la mayoría de los votantes de la Academia de Hollywood sean de la vieja guardia conservadora, es posible que vean «12 años de esclavitud» como una posibilidad de limpiar su conciencia.

Después de la radicalidad de trabajos como «Hunger» y «Shame», McQueen ha firmado su película más clásica y accesible. Es cierto que algunas de las torturas que el capataz que interpreta Michael Fassbender inflige al protagonista y a la que convierte en su humillada amante son brutalmente explícitas. Sabemos que McQueen no acostumbra a tirar la piedra y esconder la mano cuando se trata de mostrar al cuerpo y sus martirios. Pero «12 años de esclavitud» tiene el aura de respetabilidad de la Historia, la violencia está integrada en su discurso ético, es algo que denunciar. Los académicos pueden decodificar sus osadías, lo que no ha ocurrido con «El lobo de Wall Street», que tiene todas las de perder (o casi: es sensato pensar que Leonardo DiCaprio está por encima de Chiwetel Ejofor en las quinielas como mejor actor) precisamente porque los excesos politoxicómanos de sus antihéroes y su agresivo sarcasmo pueden confundirse con la celebración de una ética salvaje e inmoral.

Una odisea espacial memorable

Tal vez la candidatura más reñida será la de mejor director. Los críticos americanos, en su mayoría, han dado su bendición al filme de McQueen, pero están más divididos cuando se trata de escoger entre él y Alfonso Cuarón. Ocurrió algo parecido el año en que competían «En tierra hostil» y «Avatar». Todos dábamos por hecho que la ambición visual del trabajo de Cameron, materializada en el impresionante desarrollo de la tecnología 3D, iba a ser premiada por la Academia, pero a la hora de la verdad fue Kathryn Bigelow la que se llevó el gato al agua. Cuarón ha invertido cinco años de su vida en «Gravity», ha inventado soluciones técnicas sobre la marcha para lograr sumergirnos en su memorable odisea en el espacio, pero es posible que la Academia aplauda la innegable magnificencia visual de su película atiborrándola de Oscar menores y apostando por la austeridad neoclásica de McQueen. Bigelow fue la primera directora que ganó un Oscar, McQueen sería el primer director afroamericano ganador de un Oscar.

El año pasado la Casa Blanca organizó un pase de «Lincoln» y «El lado bueno de las cosas», pero la deferencia presidencial no influyó en la carrera hacia los Oscar. Este año hizo lo mismo con el «biopic» de Nelson Mandela, pero a «12 años de esclavitud» no le dio cancha. Uno de los productores del filme se apresuró a declarar al «Hollywood Reporter» que la Casa Blanca solamente invitaba a películas distribuidas por Harvey Weinstein, generoso donante de la campaña de los demócratas. La Casa Blanca se apresuró a emitir un comunicado que, sin referirse directamente a la película de McQueen, ratificaba que las proyecciones de cine de estreno seguirían celebrándose en «chez Obama». Que el presidente reelecto haya preferido mantenerse al margen de «12 años de esclavitud» dice mucho de lo inflamable del material que maneja, y de lo peliagudo que lo tiene Obama para tomar posición explícitamente sobre un tema que deja al electorado blanco más blanco aún.