En busca de un discurso victimista

En la supuesta unidad del soberanismo se ha abierto una grieta que intenta rellenarse estos días con el aquaplast del buenismo y las apelaciones genéricas de libertad.

En la supuesta unidad del soberanismo se ha abierto una grieta que intenta rellenarse estos días con el aquaplast del buenismo y las apelaciones genéricas de libertad.

El catalanismo se reunió un vez más en Barcelona este sábado para uno de sus característicos picnics que tan habituales van a ser seguramente en los próximos meses. Se vio lo de siempre: megafonía, pantallas, banderas, eslóganes, pancartas y sofismas de todo tipo. Ni hubo más ni menos gente que las otras veces. El único cambio notable fue el de mensaje; en lugar de preponderar la palabra «independencia» esta vez, a lo largo y ancho de toda la manifestación, predominaba la palabra «libertad». El fiasco de la tan cacareada independencia ha sido un batacazo tan hondo y formidable que todos aquellos que aseguraban hace cuatro días que ni iban a dar ni un paso atrás, miraban ahora hacia otro lado. Ni que decir que a Carme Forcadell no se le vio el pelo por la manifestación. Pregunté entre los asistentes si la echaban de menos, añadiendo que detectaba un cambio claro de mensaje, y ni tan siquiera en eso fueron capaces de ponerse de acuerdo para responderme. Unos decían que sí, como cosa supuestamente positiva, y otros lo negaban con argumentos tan enrevesados que se perdían erráticamente en la tercera frase.

Lo que sí quedaba claro es que en la supuesta unidad del soberanismo (por llamarlo de una manera compasiva) se ha abierto una grieta que intenta rellenarse estos días con el aquaplast del buenismo y las apelaciones genéricas de libertad. Esa grieta, no nos engañemos, es puramente superficial; debida únicamente a su primer gran choque frontal con la realidad. Pero si rascamos más fondo siguen ahí, enganchadas en el meollo de las creencias de este colectivo, las tres mismas mentiras básicas que han alimentado desde siempre el supremacismo xenófobo del catalanismo. La primera es que el resto de España nos roba. La segunda es que el Gobierno central nos prohíbe votar. La tercera es que el resto de España es menos democrática que Cataluña produciendo presos políticos como si esto no fuera un Estado de Derecho. No importa que la Unión Europea, Amnistía Internacional y el resto del mundo acreditadamente civilizado les hayan demostrado repetidamente que no es así. Lo único que les queda después del descalabro de la operación Puigdemont son esas falacias y se siguen reuniendo en torno a ellas con la lamentable convicción de que si las repiten mucho, muy fuerte y muy deprisa, sin dejar hablar a nadie, alguien les dirá algún día que sí. Cuando, como paisano suyo, les recuerdo que el territorio catalán recauda para la caja fiscal común 27 mil millones y recibe quince mil, me miran sonrientes por un momento, como si fuera uno de los suyos; pero cuando añado que Madrid recauda 60 mil y sólo recibe once mil, me miran como si fuera un facha y evitan seguir hablando conmigo. Hay que ver de qué manera veloz la simple mención estadística cambia nuestra aura.

Por tanto, me da la sensación que las manifestaciones seguirán aquí casi como una cosa puramente estacional. Se agradece que sean pacíficas, con la placidez de una tarde de sábado en la que se va al cine; sólo que la película de fantasía se desarrolla al aire libre. Esta vez, ni siquiera al final, hubo incidentes grotescos de patizambos tumultos, lo que es deseable. Puestos a pedir, podrían trasladar este tipo de convocatorias a los domingos por la tarde. Al fin y al cabo, es la tarde más tonta de la semana, con lo que afectaría menos al tráfico e iría la misma gente que va a todas (es decir, los que guardan la «Vicime» en el paragüero de casa prestos a que caigan las primeras gotas de catalanismo supuestamente popular). Este sábado, a las siete y media estaba todo finiquitado; los catalanes somos gente de disfrutar domingo de plácida digestión.

Lo que queda por definirse es en cuál dirección arrancará ahora el discurso victimista. La libertad está muy bien, pero nos sirve a todos para nuestras ideas particulares. También pueden reivindicarla aquellos a los que no se le deja salir en TV3. Lo preocupante es ese terreno de falacias al que el catalanismo parece que no quiere renunciar por mucho que la realidad internacional se lo esté mostrando constantemente. Partiendo de esa base, se escoja el discurso que se escoja, será un discurso viciado desde su origen. Y si pretenden, como ha sucedido recientemente, que esas falacias pasen por encima de los únicos terrenos comunes que teníamos la mayoría de los catalanes hasta hace bien poco (la democracia y el proyecto de unión con Europa) volverán el fracaso y el conflicto a esta región. Al menos, esta vez no hubo tétrico fuego de velas y sí luz de móviles. La luz de la Ilustración siempre superará desde el punto de vista práctico, moral, intelectual y viario a los fanáticos fuegos de la Edad Media.