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La próxima semana...hablaremos del Gobierno

La Razón
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Pedro Sánchez ha hecho su discurso de investidura. Diálogo,Gobierno de cambio, entendimiento, dignificar al adversario, fueron las palabras más usadas para trufar un discurso con contenidos en el que la emoción brilló por su ausencia. El líder socialista dijo todo lo que quería decir relatando de forma detallada su acuerdo con Ciudadanos, pero en su tono se denotaba un cierto complejo de inferioridad. El líder socialista sabe que no tiene los votos suficientes y lo verbalizó. Quizás en demasiadas ocasiones.

Por eso, durante hora y media, Sánchez subió a la tribuna del Congreso y en lugar de realizar el discurso más importante de su vida política dedicó una buena parte de su tiempo para pedir, casi mendigar, los votos de Podemos como única fórmula de llevar adelante su programa. Sánchez reclamó un Gobierno de cambio, pero con un gazapo, descubrir su debilidad al adversario. De ahí, las risas y los regocijos, en algunos momentos cínicos, de la bancada morada. Los excesivos llamamientos de Sánchez a sumarse al gobierno del cambio le dejaban a los pies de los caballos. Sánchez fue a por lana y salió trasquilado. Quiso poner a Podemos contra las cuerdas declarándole culpable del fracaso de su propuesta de gobierno y de perpetuar al gobierno de Rajoy, y acabó pidiendo árnica reclamando unos votos que sabe que no tendrá.

Sin embargo, el secretario general del PSOE sí que estuvo solvente en la exposición de su programa. Dicen sus oponentes que fue superficial, pero superficial siempre es el primer discurso del candidato porque es en la réplica y contra réplica cuando empieza el verdadero debate. Hoy sus «cara a cara» con Rajoy, Iglesias y Rivera serán el verdadero día D hora H, que como en las películas que evocan la Segunda Guerra Mundial, ya sabemos el resultado final.

Sánchez marcó las líneas maestras de su acuerdo con C’s con algún «lapsus» sobre la supresión de las Diputaciones Provinciales. Empleo, desigualdad, recuperación justa, regeneración democrática, corrupción, Unión Europea y Cataluña, con reforma constitucional incluida conformaron una línea argumental que se completó con continuas críticas a los últimos cuatro años del Gobierno de Mariano Rajoy. También dedicó demasiado tiempo a criticar al pasado cuando su papel en la tribuna debería ser marcar la hoja de ruta del futuro. Se pareció más en estos momentos a un discurso de un líder opositor que a un líder que asume su investidura. Lo poco agrada y lo mucho cansa.

El candidato trató de poner una guinda a su discurso. Para Sánchez, el cambio no puede esperar y emplazaba a sus señorías a darle apoyo para empezar «la próxima semana». El recurso retórico no cuajó porque, volvemos al principio, le faltó la emoción y un cierto gracejo. En los pasillos del congreso no tardó en salir la guasa recordando a los «grandes» Tip y Coll que nos obsequiaban, años ha, con su humor desinhibido acabando sus intervenciones con esta guisa «la próxima semana... hablaremos del Gobierno».

Después de oír al líder socialista, lo más seguro es que la semana que viene hablaremos del Gobierno. Del de verdad. Hasta ahora hemos toreado vaquillas, la próxima semana se toreará realmente al morlaco. Sánchez debe hoy hacer un esfuerzo en no aparecer como un candidato débil y no acusar a los demás de sus propios fracasos. Sabe que va a perder porque no tiene los votos, pero no lo debe demostrar. El 20-D se le daba por amortizado y en estos dos meses largos ha hecho movimientos que le han permitido tomar la iniciativa. No puede dilapidar este capital en este round, que a buen seguro no será el último, porque en este país la semana que viene seguiremos hablando del Gobierno.