Y en Barcelona ayer no pasaba nada

Se respiraba el aburrimiento de la ciudad satisfecha. Coinciden dos corrientes: turismo de masas e independentismo de élite.

El despliegue de los Mossos en el centro de Barcelona tiene más que ver con la amenaza yihadista que con el referéndum
El despliegue de los Mossos en el centro de Barcelona tiene más que ver con la amenaza yihadista que con el referéndum

Se respiraba el aburrimiento de la ciudad satisfecha. Coinciden dos corrientes: turismo de masas e independentismo de élite.

Nueve de la mañana. Me encuentro a una vecina parada en el portal, con una bolsa apoyada en los pies. Me dice que va a echar las cenizas de su hijo al mar. Su hijo se ha suicidado hace unos días y va a esparcirlas «por Mataró o por ahí», me dice.

Me hubiera gustado empezar esta crónica de otra manera, pero se ha interpuesto el principio de realidad de manera implacable. Hay vida –también muerte– más allá del Gran Acontecimiento sobre el que los mesías nacionalistas se empeñan hacernos ver como única realidad posible. Pero incluso en Cataluña la vida ordinaria sigue su curso sin cumplir los designios del nacionalismo, que es el único sistema de pensamiento (sic) que persiste en uniformar a las personas con sus banderas y estandartes desde la cuna hasta la cama del hospital.

Empezaremos, pues, de la manera clásica: Barcelona amaneció tranquila, como un día cualquiera, despreciando el futuro de ilusión colectiva que sus dirigentes le tienen preparado. Pero Barcelona nunca es lo que parece, incluso cuando lo que parece se aproxima a lo que es, la cursilería inherente al sofisticadísimo nacionalismo catalán lo convierte todo, hasta lo más aberrante, en un juego de niños. Y de eso se trata, de niños.

Lo de los colegios abiertos –hasta las 6 de la mañana de hoy– con actividades extraescolares en las que participan padres y alumnos hay que verlo de cerca y puede que resuma todo lo que es y significa el «proceso». Me paro en la puerta de la Escola Cervantes, en Ciutat Vella. Son las diez de la mañana y niños, progenitores y profesores parece que desayunan y, de paso, exhiben su organización: los cacaolats en su sitio, los zumos en otros; las galletas, aquí; las magdalenas, allí. Megáfono en mano, una madre dice: «¡Luego, asamblea en el comedor!». Cuando los niños echan en el cubo correcto el tetrabrik del zumo, siempre hay algún papá que los felicita con un entusiasmo desmedido: «Molt bé!». Hay un civismo empalagoso, no apto para gente del montón.

En el Instituto Miquel Tarradell, en el Raval, hay música en la puerta, una orquesta invita a la gente a que baile, así, por las buenas, y probando suerte se atreven con un pasodoble, palabras mayores: «Suspiros de España». ¡Eso no se hace! ¡Maldita sea! Con eso no se juega, pero juegan como niños. El papel de los niños en este asunto no es excepcional y viene de lejos, de la extensa red de centros de «esplai» inspirados en el escultismo pero con el sello imborrable del catalanismo, con mucha influencia católica y muy cuidado por el pujolismo de derechas y de izquierdas.

Es tan importante el papel de los niños, que hasta los propios padres son como niños y los políticos nacionalistas, también. Ahí están Junqueras, Romeva o Anna Gabriel: niños a los que nunca les dijeron no. Por lo tanto, esos niños y adolescentes ya saben lo que es ser ocupado por España y puede que queden traumatizados –Dios no lo quiera– de por vida. Ese es el mensaje y el chantaje.

Para quien no la conozca, en Barcelona ayer no pasaba nada, se respiraba un cierto aburrimiento sabático de ciudad satisfecha que sólo esperaba la hora de comer y previsible incluso en sus desmelenes. Estaban los que vinieron a ver a los Rolling Stones –que podían haber hecho lo mismo en Pristina, Kosovo– y se tomaban su capuccino en la Rambla de Cataluña, frente a la asediada Consejería de Economía ya limpia, gente madura con su pelo blanco con mechas ocultos tras las reglamentarias Ray Ban y la lengua fuera, pero sólo es puro fogueo. Por su parte, los independentistas se han refugiado en un lamento utópico, de manual de autoayuda: queremos un mundo mejor –sin españoles– de reminiscencia a «Un mundo feliz» de Huxley.

En Barcelona coinciden en el tiempo dos corrientes que lo falsean todo: el turismo de masas y el independentismo de elite. Un turismo «cool» y un independentismo también distante, es decir, no agrario y de poca raigambre carlista y excursionista. El resultado es la creación de un mundo paralelo bajo el cual sobrevive el resto de ciudadanos. Gente sin grandes certezas, pero gente adulta. Ciudadanos que se apartan del entusiasmo colectivo. El periodista Manuel Chaves Nogales escribió ¡en febrero de 1936! tras un viaje a aquella Barcelona prerrevolucionaria: «En ninguna región de España se sabe lo que es el entusiasmo popular si no es en Cataluña. Desgraciadamente, en el resto de España no hay ningún gran motivo de entusiasmo...». Es el entusiasmo, añade, que «da a las ciudades como a las aldeas un aspecto indubitable de pueblo feliz». He ahí la cuestión.

A las doce de la mañana se reunieron en la Plaza de Sant Jaume unas trescientas personas con banderas españolas y unas consignas poco trabajadas, todo hay que decirlo. Pero eso no es lo importante. Competían en minoría sobre todo con los turistas que a esas horas llenaban con sus paseos en bici en grupo, porque con los nacionalistas catalanes es imposible estar a su nivel. Gritaban algo nerviosos –la falta de costumbre–, daban vivas a España, a la Guardia Civil, a Cataluña, a España y a Cataluña a la vez intercambiando idiomas –baldía buena voluntad– y luego el «soy español, español, español»..., que evidencia la poca elaboración de los ritos del españolismo, en comparación con el nacionalismo catalán que ha llegado a cotas de perfección monstruosas. De hecho, en Barcelona ayer no pasaba nada, pero todo parecía pautado por el marco mental que ha convertido a una de las ciudades más prósperas y aburridas del mundo civilizado –la democracia era eso– en un territorio asediado por los fantasmas de la historia.