
Religión
Los empalaos de Valverde de la Vera: la tradición extrema que convierte el dolor en devoción
Cuando el reloj de la Plaza de España marca la medianoche del Jueves Santo, las empedradas calles de Valverde de la Vera, en Cáceres, son recorridas por unas figuras silenciosas y anónimas

En la comarca de La Vera, cada año se revive un rito que hunde sus raíces en la Edad Media, los Empalaos de Valverde de la Vera son un acto de penitencia personal que surge del cumplimiento de una promesa o "manda" hecha ante Dios.
Esta tradición, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional en 1980, transforma la noche en un via crucis viviente donde el sacrificio físico se convierte en una expresión de devoción extrema. Los penitentes, cuyo anonimato se preserva celosamente, recorren descalzos un camino de 14 estaciones, acompañados únicamente por el sonido de sus propios pasos y el leve tintineo de las "vilortas" (unas cintas con aros) que cuelgan de sus brazos.
El origen de esta práctica se remonta a los Hermanos de Disciplina, que más tarde se organizaron en la Cofradía de la Vera Cruz y Pasión de Cristo, documentada desde 1654 y formalizada en 1715. Aunque este tipo de ritos de mortificación estuvieron extendidos por España, hoy en día el de Valverde de la Vera es uno de los pocos que perdura, guardando relación con otras tradiciones como los Picaos de San Vicente de la Sonsierra.
Su ejecución es un acto íntimo y solemne, alejado de cualquier espectáculo, que convierte al penitente en un símbolo vivo del sufrimiento de Cristo.
La preparación, un ritual dentro del ritual
Horas antes de la medianoche, familiares y allegados preparan con calma y extremo cuidado los elementos para vestir al empalao. El proceso es meticuloso para evitar lesiones.
Sobre un torso desnudo, se colocan sogas de esparto que sujetarán firmemente un timón de arado de madera de castaño sobre los hombros, simbolizando la cruz. El atuendo se completa con una enagua blanca, un velo que cubre el rostro, sujeto con una corona de espinas, y dos espadas cruzadas en la espalda. Cada detalle tiene un profundo significado religioso.
El recorrido, que dura aproximadamente tres cuartos de hora, transcurre en el más absoluto silencio. El penitente va acompañado en todo momento por su "Cirineo", una figura que se oculta bajo una manta y cuyo único deber es alumbrar el camino con un farolillo y asistir al empalao si llegara a caer.
Uno de los momentos de mayor intensidad emocional y respeto ocurre cuando dos empalaos se cruzan en su camino: ambos se arrodillan el uno frente al otro antes de continuar.
Al término del vía crucis, el ritual no ha concluido, de vuelta al punto de partida, el empalao es desvestido con la misma premura y cuidado. Las sogas, que han inmovilizado brazos y torso, se retiran para recuperar la circulación sanguínea, a menudo aplicando friegas con alcohol de romero.
Es entonces cuando, liberado de su carga física y espiritual, el penitente se funde en un emotivo abrazo con sus seres queridos.
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