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No, la maestra de tus hijos no tiene dos meses de vacaciones

Carta abierta de una profesora

  • Nam Hoang on Unsplash
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Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

03 de agosto de 2018. 06:46h

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Yolanda Quiralte.  Madrid. 8/8/2018

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Acabamos de entrar en agosto, mes relacionado con el periodo vacacional por antonomasia. Todo el mundo sale disparado de las urbes dirección playa/montaña, con la máxima esperanza de desconectar del ruido ensordecedor del estrés laboral. Sí, lo hacen, no vayan a engañarme que una tiene ojitos, lee las redes sociales y ha elaborado un mini estudio de mercado sumando los cartelitos con distintos fondos que la gente se ha dignado a colgar en Facebook. En contrapartida, están los que ya han vuelto de sus paraísos particulares y... los maestros, esos seres maquiavélicos y desvergonzados que no renuncian a sus sesenta días de vacaciones veraniegas ni aunque al cuñado de turno le dé un parraque nervioso cada vez que intenta denostarles en las cenas, tinto de verano en mano (observen que solo he puesto una coma en toda la oración. Está hecho adrede. Sé poner más, pero he decidido causarles la misma sensación de asfixia que le da al «cuñado» alegando que ¡¡cómo es posible que los docentes disfruten de dos meses de descanso absoluto tirados a la bartola sin mover ni una pestañita!!).

No me digan que no han estado nunca en una situación semejante porque no me lo creo. De hecho, juraría que no hay nada más enriquecedor que acorralar al maestro de turno, bien sea familiar, amigo o conocido y berrearle la jeta que tiene por ese motivo. Solo por este, ¿eh? Porque al cuñado no le gustan los niños, o sí, pero poco. Es más, cuánto más lejos están, más le gustan, especialmente si están en el colegio, esa especie de «guardaniños» donde deberían pasar la vida recluidos hasta la adolescencia con horarios espartanos, o no mucho mejor, con horarios de adultos, que para eso han venido a este mundo, a saber que es duro y que hay que trabajar como cosacos.

Pues mire usted, «cuñado», me cae mal, y le juro que como maestra intento evitarle en todas las comidas/cenas y momentos donde veo que la vena se le dispara. Sé que es difícil de comprender porque en efecto, es posible que disfrutemos de más días de vacaciones que el resto de los trabajadores de este país. No se crea que soy tonta y no me doy cuenta. También entiendo que trabajar en una mina es muchísimo más duro. La demagogia no suele ir con nosotros, más bien al contrario. Como tenemos poco tiempo y millones de cosas que hacer, entre ellas formar a sus hijos, solemos ser directos.

Comenzaré derribando un mito ancestral: los maestros NO tenemos dos meses de vacaciones en verano. Se lo juro. NO los tenemos. En el mes de julio estamos al servicio de la administración y de la dirección del centro. En ese mes se realizan muchas, muchísimas acciones que hacen que en septiembre estemos preparados para recibir a sus vástagos. Además, muchos de nosotros somos tribunales en las oposiciones o nos presentamos a ellas, formamos parte de comisiones de trabajo dentro y fuera de los colegios (sí, esas que montan una biblioteca escolar a cuarenta grados, esas que limpian el colegio de arriba abajo, esas que hacen remodelaciones en los patios, esas que se reúnen hasta que se deshidratan ante la ausencia de aires acondicionados en las aulas y en cualquier parte de la escuela...).

En fin, que somos unos sacrificados de la vida, solo que usted no quiere darse cuenta por muy jocosa que sea mi intención. Sí, cuñado, sé que en la oficina/fábrica/despacho/tienda, etc, su existencia también es muy dura, y créame, me solidarizo con usted, es más, ojalá tuviera dos meses de vacaciones. A mí las mejoras de su vida laboral no iban a causarme urticaria, al contrario, me alegraría mucho porque eso significaría que usted, padre o madre de las criaturas que vienen a mi colegio, podría pasar mucho más tiempo con sus hijos, cosa que, dicha sea de paso, ellos están deseando hacer.

Me pregunto qué sucedería si las familias y los docentes trabajáramos en equipo para lograr objetivos como la conciliación de la vida familiar y laboral (utopía dónde las haya en esta patria nuestra), mejoras en los patios e infraestructuras de los centros escolares, conseguir motivar a los niños, hacer que lean, que disfruten del proceso de aprendizaje, que consigan convertirse en personas con criterio propio, reflexivas y respetuosas con su entorno, empáticas...

Y hablando de empatía, téngala conmigo. No me critique por mis supuestas vacaciones. Alégrese de ellas de la misma forma que yo me alegro cuando veo que su hijo aprende, avanza, consigue superar un reto. Los docentes no somos el enemigo a batir para demostrar que el sistema educativo de nuestro país flaquea por todos los lados. Trabajemos juntos para alcanzar una ley educativa que represente a todos los estamentos que componen nuestra comunidad, colaboremos para que sus hijos, mis alumnos sean niños felices porque eso hará que se conviertan en adultos maravillosos.

Nada más que decirte, cuñado, hasta voy a tutearte. Anda, sírveme uno de tus tintos de verano con mucho hielo, si es posible, y tramemos juntos cómo disfrutar de la familia, del calor, de los niños y sobre todo, del verano. Septiembre... no está tan lejos y te alegrará encontrarme descansada y recuperada.

Yolanda Quiralte Gómez

Maestra de Educación Especial

Logopeda en U.E.C.I.L (Unidad Específica de Comunicación y Lenguaje)

Escritora.

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