Enfrentamiento

Kiko Rivera e Irene Rosales: del divorcio ejemplar a la batalla por la custodia

Nuevas parejas, abogados y una petición que lo cambia todo: la separación que prometía serenidad amenaza con terminar ante un juez

Kiko Rivera e Irene Rosales
Kiko Rivera e Irene RosalesGtres

El verano de 2025 selló el final de una de las historias más mediáticas del universo Pantoja. Kiko Rivera e Irene Rosales anunciaban, tras 13 años juntos, que emprendían caminos separados. El mensaje fue pulcro, casi pedagógico: decisión compartida, respeto intacto y prioridad absoluta para sus hijas, Ana y Carlota. Una ruptura "modélica" que aspiraba a blindar la intimidad familiar y evitar daños colaterales.

Siete meses después, el relato ha mutado. Aunque el DJ aseguró que no convertiría su separación en plató, concedió entrevistas donde abordó el proceso. Y lo que empezó como un acuerdo civilizado parece haberse tensado hasta el punto de amenazar con un litigio. Según ha trascendido, el último movimiento de Rivera -solicitar la custodia compartida- ha alterado el equilibrio previo, que contemplaba un régimen de visitas mientras las niñas continuaban viviendo con su madre en la antigua casa familiar de Castilleja de la Cuesta (Sevilla).

Ella, con Guillermo; él, con Lola

En paralelo, ambos han rehecho su vida. Rosales mantiene desde octubre una relación con el empresario sevillano Guillermo Famin; Rivera confirmó en diciembre su historia con la artista Lola García. En redes sociales, la narrativa es luminosa: planes en familia, complicidad con las pequeñas, integración natural. Pero fuera del encuadre digital, la temperatura parece otra. Hace unos días, la imagen de ambos recogiendo a las niñas del colegio proyectaba una frialdad que contrasta con los comunicados iniciales.

Irene Rosales y Guillermo
Irene Rosales y GuillermoInstagram

El director de Lecturas, Luis Pliego, lo verbalizó en El tiempo justo: el acuerdo amistoso que iba a tramitarse con un único abogado habría dado paso a una estrategia con letrados distintos y la posibilidad de terminar ante un juez. También recordó el punto de inflexión simbólico: cuando Rivera autorizó a su actual pareja a recoger a las niñas del colegio, un gesto que desató fricciones.

Kiko Rivera y Lola García
Kiko Rivera y Lola GarcíaInstagram

El trasfondo no es solo jurídico; es narrativo. La ruptura que se presentó sin terceros hoy convive con nuevas presencias. "Ahora hay tercera y cuarta persona", resumía Pliego. La cuestión es si la petición de custodia responde a una convicción paterna legítima o a un reajuste emocional derivado de las nuevas relaciones. Lo cierto es que el divorcio, de momento, ha dejado de ser una coreografía de cordialidad para convertirse en un pulso.

Entre comunicados y fotografías, la prioridad declarada sigue siendo la estabilidad de Ana y Carlota. Pero cuando el amor termina y empiezan los procedimientos, la ejemplaridad se pone a prueba. Y esta historia, que quiso escribirse en tono conciliador, amenaza con reescribirse en clave contenciosa.