Elio Berhanyer: «Es la primera vez que soy viejo, vivo esa novedad»

Vive rodeado de cabezas romanas restauradas y de grandes cuadros de amigos y duerme con su gata «Negrita», ya vieja. «Creo que tiene tantos años como yo», me dice. La cabeza de Elio Berhanyer también es romana, como de César cordobés. Cabeza con un cerebro joven que se niega a reconocer que el resto del cuerpo tiene 84 años, y este no viajar al unísono de la mente y la carne le parece lo peor de envejecer, «porque mente joven en cuerpo viejo es una mala combinación». No oye bien, y le tengo que preguntar a gritos. No ve bien, y de su cuello cuelga una cadena con una pequeña lupa con la que juega mientras habla. Pero la lucidez apunta clara.

–Fue niño pobre, huérfano. ¿Todo lo que ha hecho después es una especie de venganza?

–Lo pasé muy mal, fui muy pobre, pobre de pasar frío, de dormir en parques, de no comer en una semana. Pero nunca pobre de pedir. Sí, en el triunfo siempre hay cierta revancha.

–Y de la pobreza a la alta costura, a codearse con la alta sociedad. ¿Se ha considerado parte de ella?

–No, yo sólo he sido un servidor de esa sociedad. Cuando llegas de la miseria a un mundo nuevo, y ves esas casas, y esas fincas, y esos lujos, te dices: ¿por qué no voy a vivir yo como uno de éstos? Y entonces quieres ser como ellos, y te compras un Rolls, y al rato te das cuenta que ése no es el camino de la felicidad y de que no has nacido para ser uno de ellos.

–Pobre, luego rico, después dicen que arruinado...¿Qué es ahora?

–He tenido altibajos. Ahora vivo sin lujos, pero confortablemente. Tengo lo necesario. Saber vivir con poco es la clave de casi todo.

Hay algo senequista en Elio. Fue analfabeto hasta los 14 años y ahora es doctor Honoris Causa por Harvad y tiene una cátedra de Moda en la Universidad de Córdoba. «Aprendo todos los días de todos, porque sobre todo soy un hombre curioso», reflexiona.

–¿Y qué ha aprendido?

–Muchas cosas. Sé que hay que tratar a los animales como personas y también que algunas personas merecen ser tratadas como alimañas. He llorado más por los animales que por las personas. He aprendido la importancia de la intuición. La sabiduría se adquiere de los demás, leyendo, escuchando, estudiando, pero la intuición es algo propio, tuyo, algo que no te ha dado nadie. Se tiene o no se tiene.

–Como la elegancia...

–Sí, también es algo que se tiene o no se tiene. No se puede enseñar. Es algo muy sutil, espiritual; es saber elegir, andar, un gesto, un don. El duque de Windsor era elegante. La Begum era elegante. Siempre digo que la elegancia la ponen ellas, yo sólo puedo vestirlas bien.

No es nostálgico, cree que cada momento tiene su belleza, pero recuerda sus largas noches con Ava Gardner, «y luego probarla vestidos a las siete de la mañana, por los rodajes, era un drama, porque habíamos estado hasta las tantas en Zambra, de flamencos, y ni ella ni yo estábamos para nada; es la mujer más guapa que he visto, pero Cyd Charisse tenía mejor cuerpo».

–Dice Diego Galán, que ha dirigido un documental sobre usted, que democratizó la moda...

–Es verdad. Empecé en la alta costura, pero cuando nos subieron los impuestos y el negocio decayó, Pedro Rodríguez, Pertegaz, Balenciaga, etc., no quisieron hacer prêt-à-porter. Yo, sí. Hice hasta uniformes.

–«Todo me fue bien hasta que me eché un socio», dijo hablando de la crisis de sus tiendas.

–Es verdad. En la sociedad que se creó con mi nombre yo no entraba en la gestión ni en la administración. Me fue mejor cuando me gestionaba y me administraba yo. Me vigilaba a mí mismo y todo iba bien.

No es verdad que haya vendido cuadros y joyas para sobrevivir. «Tengo todo menos lo que he regalado; me gustaron los coches antiguos, y los he vendido; era un lujo innecesario. Si tienes muchas cosas, las cosas acaban teniéndote a ti, y entonces dejas de ser libre». Confiesa que envejece mentalmente bien, «el cuerpo siente la edad, tengo la espalda echa polvo, pero mi cerebro no se lo cree; ahí se produce un desfase; no me importan las arrugas, sí los dolores; pero, en fin, es la primera vez que soy viejo, vivo esa novedad». Bebe vino tinto (en Córdoba, le ha entregado el premio al vino más elegante, mejor vestido, al «Pride de Paredinas», de Toro), ya no fuma, no tiene ningún miedo a la muerte y le hubiera gustado ser arquitecto: «La moda es la casa que llevamos puesta todo el día». Lamenta, eso sí, no poder hacer proyectos a largo plazo.