Determinación
Luis Astolfi: la serenidad de un campeón ante el desafío de la ELA
Ejemplo de elegancia en la pista y de entereza fuera de ella, es uno de los jinetes más influyentes del deporte ecuestre español
En la misma pista donde aprendió a montar con apenas once años, Luis Astolfi volvió a escuchar su nombre entre aplausos. El Real Club Pineda, junto al Ayuntamiento de Sevilla y el Instituto Municipal de Deportes, le rindió homenaje tras la celebración del Gran Premio Ciudad de Sevilla. Fue un acto sobrio, cargado de memoria y gratitud, en el que se proyectaron imágenes de una vida consagrada al salto ecuestre: cuatro Juegos Olímpicos (Los Ángeles 1984, Seúl 1988, Barcelona 1992 y Sídney 2000), títulos nacionales y Copas del Rey.
La emoción no era solo deportiva. Tres meses después, el jinete sevillano comparte una noticia que hasta entonces había mantenido en la esfera íntima: padece esclerosis lateral amiotrófica (ELA). "La gente no lo sabe, pero tengo ELA; mientras pueda, voy a seguir montando", ha confesado este fin de semana con la serenidad que le ha caracterizado siempre. Fiel a su carácter, lo ha comunicado con una determinación tranquila, casi natural, ante la adversidad.
Una vida a caballo
Nacido en Sevilla en 1958, sexto de catorce hermanos, Astolfi creció en una familia vinculada al aceite y a la tradición ecuestre. Se licenció en Derecho, aunque nunca ejerció, y pronto comprendió que su vocación estaba en la pista. A los 18 años competía ya en el circuito internacional. Su progresión fue constante, conforme a una ética de trabajo inflexible y una técnica depurada que lo convirtieron en uno de los grandes referentes del salto español contemporáneo.
En Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 firmó un cuarto puesto que aún hoy se recuerda como uno de los momentos más brillantes del equipo español. Viajó, compitió y se formó en las mejores cuadras europeas, pero siempre regresó a Sevilla. "Montar en Pineda es como estar en mi paraíso terrenal", comentó en su homenaje. En la frase cabe una biografía entera.
Tras dejar la alta competición, se volcó en la crianza, la promoción de concursos y la formación de jóvenes jinetes. Su magisterio es técnico, pero también moral. Disciplina, respeto al caballo y constancia. Su círculo próximo habla de un hombre poco dado al ruido y más inclinado al trabajo que a la ostentación social.
La amistad con la Infanta Elena
En el homenaje de noviembre fue la Infanta Elena quien le entregó el Giraldillo de honor. La primogénita de los Reyes Juan Carlos y Sofía comparte con Astolfi la pasión por la hípica y una amistad que se remonta a los años ochenta. El gesto sintetizó décadas de complicidad. Se habló de un noviazgo discreto, jamás confirmado oficialmente. El tiempo decantó aquella historia en una relación de lealtad. "Tengo con ella una amistad entrañable de toda la vida y mucha complicidad", ha explicado el jinete. Cuando coinciden en concurso, él la asesora; ella, amazona aplicada, escucha. "Es muy buena alumna".
Astolfi se casó con la empresaria Isabel Flórez en 1990. La pareja se conocía desde que eran niños e Isabel se marchó a vivir a Holanda junto al jinete durante el tiempo que él tuvo que entrenar allí. "Yo salía con un chico cuando era muy jovencita y él siempre bromeaba y me decía: ‘Bueno, ¿cuándo vas a dejar a tu novio?’. A los diecinueve volví a estar libre y a los veintitantos empezamos a salir juntos", comentaba Isabel en una entrevista hace más de 15 años en Sevilla Press. Del matrimonio, disuelto en 2012, nacieron sus dos hijos, Luis y Marina.
"Lo que pueda pasar, habrá que adaptarse"
El jinete afronta hoy la ELA con la misma serenidad con la que encaró los recorridos más exigentes. Nota el habla algo más lenta, un brazo debilitado por un accidente previo, pero insiste en que no siente dolor y que el trabajo le anima. "No soy una persona de comerme el coco. Lo que pueda pasar, habrá que adaptarse", afirma.
Mientras pueda, seguirá montando y enseñando. Seguirá entrando en la pista con esa mezcla de elegancia y firmeza que lo distinguió en Los Ángeles, en Seúl, en Barcelona y en Sídney.
El homenaje en Sevilla no fue una despedida, sino un reconocimiento en vida. La ciudad que le vio crecer y a la que siempre vuelve lo celebró como a uno de los suyos. Y él, fiel a su estilo, respondió con gratitud y trabajo. Frente a la enfermedad, mantiene intacta la esencia que lo definió como deportista y la convicción de que cada salto, por difícil que parezca, se afronta mirando de frente.