Los del chándal

La Razón
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Hay visiones terroríficas, estremecedoras. Cuando el Real Madrid de Ramón Mendoza contrató al yugoslavo Prosinecky, se decía que lo más feo que podía verse en Madrid era un «Twingo» morado conducido por Prosinecky y con Rossy de Palma de copilota. Pero nada es superable en horror estético a la imagen de los tiranos en chándal. Ese chándal de Fidel Castro con los colores de la bandera de Cuba mordiéndose con el de Hugo Chávez luciendo la grímpola de Venezuela conforman una visión no apta para menores de dieciocho años. El chándal, que es prenda delictiva en el uso cotidiano, se puso de moda en las urbanizaciones de nuevos ricos de Madrid y alrededores. Las mujeres hacían la compra con chándal, abrigo de pieles y largos tacones. Se hicieron bromas al respecto. «Los señores de Tal, tienen el placer de invitar a los señores de Cual, a una cena… Señoras: chándal de noche. Señores: Chándal de gala con condecoraciones». De ahí se pasó al «jogging» con doberman o rotweiller de compañía. Esa zancada menguante, ese tono de preinfarto, ese chándal carmesí, ese desentendimiento entre el perro mordedor y el amo agonizante, dieron vida y color a las calles de las urbas. Y un día, el chándal, inesperadamente, fue adoptado por la Revolución cubana en la persona de Fidel Castro. Enfermó y cambió su uniforme de comandante en jefe por el de Juantorena en trance hospitalario. Previamente, Jesús Gil atemorizó a la humanidad acudiendo a su despacho de alcalde de Marbella con un chándal del Atlético de Madrid con la cremallera abierta hasta el ombligo. Pero lo de Castro fue peor. Y como el régimen comunista de los Castro es el inspirador de la llamada revolución bolivariana de Chávez, éste último le copió la idea, y ahí tenemos a los dos en La Habana, chandaleando mientras se reponen y haciéndonos añorar los televisores en blanco y negro.

Fidel anda malito y no es cosa de desear el dolor a nadie, incluido a quien tanto daño ha hecho. Y Chávez oculta su mal. A los dictadores les molesta sobremanera hacer públicas sus enfermedades. Dicen que ha sido operado en La Habana de un «absceso pélvico». Muy mal tiene que ir la revolución bolivariana cuando Chávez no ha encontrado en toda Venezuela a un cirujano capaz de extraerle con garantías un absceso pélvico. Ha preferido encomendarle su pelvis a otros. Está en su derecho, porque como las madres, pelvis sólo hay una. En lo que no tiene derecho es en enseñarnos su chándal con los colores de Venezuela enfrentado al de Fidel con los tonos cubanos. Los estadistas, sean demócratas o tiranos, asumen el deber de la estética. Los asesinos soviéticos eran elegantes y los asesinos nazis cuidaban hasta el máximo su vestimenta. Jamás Stalin, Lenin, Beria, Hitler, Himmler o Goebbels se habrían prestado a posar en chándal. Ellos procedían a cumplir con sus proyectos genocidas escrupulosamente vestidos o uniformados. El chándal impide el reconocimiento público. Un líder sorprendido en chándal está obligado, por respeto a la ciudadanía, a dimitir por impudor. Los gobernantes japoneses no se ponen chándal porque saben que de ser vistos de tal guisa, su obligación no descarta el suicidio público.

Esta pareja de tiranos petimetres no puede mantenerse en su empeño de torturarnos a quienes, distraídamente, abrimos las páginas de los periódicos o echamos un vistazo a los informativos de las cadenas de televisión. Sean tiranos en sus países, pero dejen en paz al resto del mundo. Tiranos y horteras. Lo peor.