Malditas divas: Joan Crawford por Lluís Fernández

El estrellato. Nadie amaba más el triunfo y la pasión que despierta en los fans una gran estrella que Joan Crawford. La reina de Hollywood. Una actriz que deseaba sobre todas las cosas ser amada por su público.
Greta Garbo vivía en la duda permanente. Bette Davis quería controlar su carrera. Joan Crawford deseaba agradar a todo el mundo. Ahí residía su poder, en su perseverancia para gustar, convertirse en espectáculo y permanecer en el estrellato más que ningún otro mito de Hollywood.
Joan Crawford era transparente. Se mostraba con el deseo a flor de piel, idéntica a sí misma, porque en las estrellas de cine no hay separación entre personaje y persona. Es el público el que acaba identificando a la diva con unos papeles que la determinan. Y Joan Crawford era una mujer dominante, ambiciosa y temperamental, que ansiaba lograr una vida propia sin preocuparse de los medios. Por eso tantas mujeres se identificaron con ella.
Pronto fue la imagen de la Metro. Adrian le diseñó espectaculares trajes de noche que la transformaron en un ensueño divino, realzando su masculinidad con inmensas hombreras. Su cara ansiosa la enmarcaban dos cejas gordas y curvadas, como dos paréntesis, reforzando así su imagen de mujer dura e indestructible. Perfecta para decir con vehemencia: «Quiero extender las manos y tomarlo todo».
Por «Alma en suplicio» (1945), un melodrama modélico que ha sido utilizado por Almodóvar en múltiples ocasiones como recurso de supervivencia fílmica, consiguió el Oscar. Allí está la Joan Crawford dadivosa y abnegada, capaz de cualquier sacrificio por su hija. Como lo está en «Johnny Guitar» (1954), en la mítica escena «Lie to me»: «Miénteme, dime que me has esperado todos estos años». Escena romántica sólo comparable con «Tócala de nuevo, Sam», de «Casablanca».
En contraste con estos papeles de mujer dura pero dispuesta a todo por amor, el personaje que más ha cuajado en la percepción de Joan Crawford como una mujer fría e interesada es Crystal Allen, la ladrona de maridos que vende esmalte de uñas color «rojo jungla», en «Mujeres» (1939). Su carácter autoritario y su obsesión por la limpieza la convirtieron en una madre execrable. Su hija adoptiva exorcizó su infernal infancia en «Mommie Dearest», que la retrataba como un monstruo. Tan monstruosa como en «¿Qué fue de Baby Jane?», junto a su enemiga Bette Davis.