Europa

Estados Unidos

Eje hispano alemán por José María Marco

La Razón
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Hace algo más de diez años, a los españoles nos interesaba acercarnos a unos EEUU que encabezaban el crecimiento mundial y querían seguir siendo la principal potencia del mundo. La situación requería también posiciones propias en una Europa que había decidido enfrascarse en sí misma y rechazar las reformas económicas que por entonces el Gobierno español ya había puesto en marcha.

Hoy la situación es muy distinta. Estados Unidos se está retirando de Europa y, en general, de Oriente Medio. También ha emprendido una vía económica propia, en la que tiene prioridad el gasto gubernamental y la proclamación de la guerra de clases por el presidente, un papel llamativo en la historia de Norteamérica. Cerca de la Casa Blanca, en el FMI, reina una presidenta francesa que hace poco tiempo reprochaba a los alemanes trabajar demasiado y consumir poco, y que ahora ha decidido augurar a los europeos –y muy en particular a los españoles– unos años angustiosos: entre líneas, queda insinuada la recomendación de una política económica «a la Obama».
En la UE la situación es más variada. En Francia, las reformas prometidas por Sarkozy están paralizadas y si en las próximas elecciones gana, como puede ocurrir, el candidato socialista, la decadencia de nuestro vecino llegará a ser imparable. Es estupendo que cubramos a los altos mandatarios franceses de toda clase de toisones y abalorios. También haremos bien en no seguir su ejemplo. Alemania, bajo la dirección de Merkel, sigue dispuesta a mantener el liderazgo que le corresponde como principal economía de la eurozona. Por lo sustancial, sus recomendaciones se reducen a tres: reformas del mercado laboral destinadas a que los empresarios dejen de aborrecer la perspectiva de contratar a algún empleado; una mayor integración europea para salvar la moneda única… y la negativa total, que ha vuelto a expresar en la reunión de Davos, a financiar con dinero público más alegrías como las que nos han conducido a la ruinosa crisis de deuda en la que nos encontramos. Merkel está sometida a una presión total para que cambie su política. En parte, al Gobierno español le convendría que tal cosa ocurriera, pero también deberíamos tener en cuenta que eso no debe ser pretexto para postergar o reducir unas reformas imprescindibles. Además, a los españoles nos interesa ahora aliarnos con los alemanes. Han hecho reformas que nos pueden servir de modelo y se niegan a seguir un modelo económico cuyas consecuencias conocemos de sobra. Cuando los políticos hablan de estimular la economía, siempre hay que andarse con cuidado: 5.400.000 parados dan buena fe de ello. Por eso vale la pena estar al lado de Merkel. En el plano internacional, lo más recomendable para volver de verdad al corazón de Europa es, hoy por hoy, una relación –por no decir un eje– sólido y leal con Alemania.