Carta desde Jerusalén (2)

La Razón
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Saul Bellow publicó en 1976 «Jerusalén, ida y vuelta», el libro de un viaje a Israel con el que no zanjó ninguna historia sino que dejó abierta todas las incógnitas. Muy recomendable para quien tenga interés, no sólo en el conflicto con los paletinos, sino en la sociedad israelí, y que acaba de publicar Debolsillo. En las últimas líneas recuerda que en las murallas de las ciudades de Oriente Medio «a veces se decoraban con los pellejos de los vencidos». Esto ya no se hace, o no se puede hacer. «Ahora bien –dice–, la ansiedad de matar por fines políticos sigue siendo tan aguda como siempre ha sido». Después de este libro, vinieron más guerras y más muertos y más odio y, claro, más integrismo. En aquel mismo año, a él le dieron el Nobel de Literatura. Bellow nació en Canadá, se crió en Estados Unidos y es de origen judío, de antepasados rusos. Es laico, lo que en esta tierra ayuda a no perder la cabeza en «minucias», siguiendo la expresión utilizada estos días por los que quieren entenderse con el vecino, incluso con el enemigo. En el libro, hay una parte especialmente premonitoria. Se trata de los rusos judíos, los que vaticinaba Mijail Agurski (autor de «La emigración soviética y el futuro de Israel», de 1975) que llegarían en masa y cambiarían el carácter de la sociedad isrelí. Y algo más: se equivocan, dice Agurski, los que piensan que la democracia salvará a Israel. Serán los valores tradicionales y religiosos aportados por los rusos.